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Domingo, 5 de febrero de 2006
La inglesa y nuestro continente
Entrevista a Jean Franco
Se trata de una de las personalidades cruciales en la relación entre la literatura hispanoamericana y el primer mundo: sus libros, desde los años sesenta, han venido creando en buena medida la imagen que Europa se formó de América Latina. No duda en considerar a Vallejo el poeta más importante de Hispanoamérica.

A sus ochenta años, su cuerpo menudo despide energía. Luego de ofrecernos una copa de vino y antes de que podamos reaccionar empuja una mesa pesadísima sin ayuda y pone los pies encima. No extraña que Borges alguna vez le haya dicho: "Usted no parece muy inglesa". Fue una fundadora, porque sus libros crearon en buena medida la imagen que Europa se formó de América Latina en la década de 1960, durante los años del boom literario. Hoy algunos de esos títulos son obligatorios en las bibliografías universitarias; y con La dialéctica de la poesía y el silencio, por ejemplo, inauguró una nueva manera de estudiar a César Vallejo. Le preguntamos en qué década vivió en México. "No contestaré eso porque no quiero que sepan mi edad", responde con coquetería.

¿Cómo se inició su amor por Latinoamérica?
Yo vivía en México y allí Arreola tenía una puesta en escena de poesía, desde Quevedo hasta los modernos. Entonces me entusiasmé mucho porque el ambiente cultural era muy lindo, antes de que México se transforme en una megalópolis. Todo el mundo se encontraba en el centro, se veía a Diego Rivera, Octavio Paz, etc. Luego volví a Inglaterra y estudié Español en la Universidad de Londres. Era la década del cincuenta y un historiador muy famoso me preguntó una vez si existía la literatura latinoamericana. Cuando el duque de Edimburgo visitó América Latina y se decidió fomentar los estudios, se fundaron algunos centros de estudio y me eligieron para que enseñe literatura latinoamericana porque era la única que sabía algo de eso, al menos los nombres. Entonces fue un proceso de educarme a mí misma. Tuve que inventar por mí misma una especie de esquema porque no tenía antecedentes. Y me contrataron para escribir un libro: La cultura moderna de América Latina. Empecé a enseñar y tuve la suerte de que en ese momento empezó el boom, que se vio más en Europa que en América Latina. El boom estaba en París y en Londres, allí estaban Cortázar, Fuentes y Vargas Llosa, y García Márquez vivía en Barcelona. Todos pasaban por Londres y en mi casa recibía a todo el mundo. Aprendí literatura conociéndolos.

En su libro Historia de la literatura hispanoamericana usted dice que a Vallejo "suele considerársele como el mejor poeta hispanoamericano". ¿A qué se debe ese juicio?
Para mí es el poeta más innovador, sorprendentemente innovador. Al lado de Vallejo muchos otros poetas me parecen muy conservadores. Neruda es más convencional; él se consideraba revolucionario pero en realidad el revolucionario era Vallejo, en términos artísticos y en su visión del sujeto. La subjetividad en Vallejo es una cosa tremendamente precaria; Neruda en cambio piensa que el yo es yo, es una cosa evidente. Nunca cuestiona ese yo.

¿A qué se debe la pobre calidad de las narraciones de Vallejo?
No hay que subestimar el ambiente del momento. Entonces todos estaban con el realismo socialista y yo creo que él experimentaba con sus narraciones y el teatro, pero eso fue un momento muy corto en su trayectoria, dos o tres años. Él tenía dos caras: una la del escritor social, digamos, y la otra con la que escribía las cosas más íntimas.

¿En ese contexto debemos entender la admiración irresponsable que Neruda sentía por el dictador Stalin?
Neruda es bastante problemático en eso. Si uno lee su supuesta autobiografía, escrita por su mujer y otra persona, algunas cosas no tienen pies ni cabeza. Una de las cosas que no era muy clara ni muy franca era sus relaciones con China y la Unión Soviética. Escribía sus elogios a los rusos pero después, cuando en 1956 cayó el culto de la personalidad y todo lo de Hungría, él dijo que solamente era poeta, que no entendía nada de esas cosas. Yo creo que eso no es cierto, que él sabía muy bien lo que había hecho pero quería deshacerse de ese pasado.

Utopía y antiutopía
En Declinación y caída de la ciudad letrada usted dice que "la literatura es la protagonista del drama de pérdida y descalabro de América Latina". ¿Por qué tiene ese protagonismo?

Porque la literatura se había propuesto ser intérprete de la vida social. Además cuando se produce la pérdida de lo utópico eso aparece como un drama dentro de la literatura. Por ejemplo, en Cien años de soledad, que termina en una ruina que no puede repetir su historia. Las novelas de Onetti y algunas cosas de Cortázar pueden ser entendidas como antiutópicas o que captan esa pérdida de lo utópico. Otros autores, como Borges, nunca pretendieron pronunciarse sobre la sociedad, su interés estaba en otras cosas.

Usted escribió que uno de los méritos de Vargas Llosa es que su realismo es mucho más denso que el tradicional.
Escribí eso hace mucho. Sobre todo lo logra en sus dos primeras novelas, donde hay una trama mucho más densa, necesaria para dar cuenta de países como el Perú, con distintas capas de realidad. No digo lo mismo de sus últimas novelas.

¿A treinta años del boom cómo percibe el lector europeo y norteamericano la literatura de Latinoamérica?
Hay dos cosas bastante nocivas: una es identificar todo como realismo mágico y la otra es que se han quedado fijados en ciertas figuras como García Márquez y Carlos Fuentes, y muchas cosas han pasado después de estos autores, muchas generaciones que pueden ser tan interesantes como ellos. Pero eso no se ve muy bien en Estados Unidos.

¿Qué autor posterior al boom le parece tan interesante como García Márquez?
Hay muchos. Se ha diversificado el panorama. Por ejemplo, hay escritores como Fernando Vallejo y escritoras como Diamela Eltit, que tiene una novela maravillosa que se llama Mano de obra. O un escritor extraordinario como Bolaño. Hace poco New York University tuvo un encuentro de escritores y llegaron quince argentinos, todos excelentes.

Los ojos sobre la CVR
¿Qué está trabajando ahora?
Estoy trabajando sobre el informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación. En una conferencia que daré en Oregon voy a hablar de la denuncia que aparece al principio del informe, sobre el insulto racial como algo que precede a la tortura, y de allí pasaré a comentar lo que llamo la "racionalización de la discriminación", cuyo ejemplo máximo es el señor Mario Vargas Llosa, sobre todo en su informe sobre Uchuraccay y luego en su libro La utopía arcaica. Lo arcaico, un grupo ajeno a la modernidad, sirve como una forma de discriminación que supone una especie de ser moderno, racional, que no cree en lo mágico religioso y que en realidad es el ser que se llama Vargas Llosa. Yo creo que uno de los documentos más importantes que han salido en los últimos años es el informe de la Comisión de la Verdad. Para mí es el mejor documento de las muchas comisiones de la verdad en todo el mundo, con un análisis cuidadoso y ojalá que llegue a tener algún efecto. Es un trabajo de suma importancia. La seriedad con que plantea los problemas éticos... y las recomendaciones finales.

Una obra literaria puede ser una herramienta valiosa para las ciencias sociales, pero por otro lado, ¿usted cree que en la academia norteamericana hay una tendencia a valorar la calidad de una obra por su contenido social?
Hay varias tendencias. Hay la tendencia opuesta: leer muy estrechamente una obra literaria sin pensar que podría tener impacto social, y sí puede. Por otro lado hay lecturas sociológicas, hay lecturas ingenuas, hay muchas formas de leer. Hay muchas obras cuya calidad no depende de su representación de la vida social, por ejemplo la obra de Borges. Yo soy ecléctica y prefiero estar abierta a todas las posibilidades.



Camilo Torres y Ulises Gonzales



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