Max: 26.5 Min: 21.5
Dólar C: 3,240 V: 3,340
Euro C: 3,937 V: 3,960
Publicidad - Redacción
 
Domingo, 12 de febrero de 2006
Toda la sangre
La narrativa peruana y la violencia política

Mientras elabora una antología de relatos peruanos sobre las décadas de la violencia política (selección que aparecerá en la editorial Matalamanga en la segunda mitad del año), el crítico cultural Gustavo Faverón Patriau nos entrega una breve reflexión sobre el tema.
Un dato cruel: quizá la primera obra narrativa sobre nuestra violencia política de los ochentas y noventas la escribió quien sería luego uno de sus más lamentables actores, Hildebrando Pérez Huarancca, el líder senderista que dirigió, en 1983, el asesinato de sesenta y nueve campesinos en Lucanamarca. "Es de Vilcanchos, es profesor que anda por aquí, la gente conoce, es alto, flaco, mestizo, estaba con pasamontañas", dice sobre él un testigo en el Informe final de la CVR. En 1980, semanas antes de los primeros atentados de Sendero, Pérez Huarancca publicó Los ilegítimos, un grupo de relatos que dice mucho acerca del estado de ánimo que abismó a tantos hacia la locura violentista.
Suele decirse que, entre un acontecimiento colectivamente devastador, y acaso traumático, y el momento en que una sociedad se vuelve capaz de hablar sobre él, deben transcurrir los varios años de la introspección, la reelaboración íntima del trauma que precede a la capacidad de construir un discurso o de arriesgar una interpretación. Es interesante preguntarnos por qué, ante la desbordada ubicuidad de la violencia política que sufrió el Perú, sobre todo, entre 1980 y mediados de la década siguiente, la literatura peruana reaccionó con tanta rapidez (ya en 1982 había narraciones que recogían el tema y le empezaban a dar un tratamiento estético), y cómo es que, en los años posteriores, nuestras letras nunca se quedaron mudas ante la desolación y la muerte. ¿En qué momento ocurrió nuestro tránsito? ¿Cuándo pasamos del asombro ante la devastación a la elaboración y la búsqueda explicativa?

¿OBRA DE ESPECTADORES?
Es arriesgado conjeturar, pero es necesario: cabe decir, por ejemplo, que la experiencia socialmente traumática no puede ser percibida como tal mientras no haya un hecho traumático individual. En ese caso, sólo caerán dentro del principio de la teoría del trauma los discursos surgidos (o impracticables) en el lado de las víctimas y, acaso, incluso, en el lado de los victimarios. Quizá la vasta mayoría de la intelectualidad peruana, encargada de pensar la violencia, no fue su víctima directa, o no en un grado que desarticulara su capacidad de reflexión. Nuestra narrativa sobre la violencia política, entonces, sería en gran medida obra de espectadores situados en los márgenes del escenario, con un pie dentro y uno fuera. Eso, vale observar, no atenúa su dificultad: exentos en gran medida de una carga testimonial (que, sin embargo, sobrevive en una minoría de los textos), muchos de los cuentos y novelas referidos al tema se vuelven el terreno de una lucha ideológica, se ven atravesados de valores políticos, de complejos y enfrentados puntos de vista sobre la legitimidad o la ilegitimidad de la subversión, la moralidad o la inmoralidad de la respuesta estatal, la victimización a dos fuegos de la población civil, la validez de unos ideales sociales transformativos cuestionados por el desenfreno real de la actividad subversiva, y sobre la validez, también, de una estructura estatal capaz de transformarse en máquina aniquiladora. En cierta medida, en paralelo a la infernal batalla del campo y la ciudad, nuestra narrativa diseñó esta otra batalla de ideas y papel, en la que los bandos, por fortuna, no fueron dos, sino muchos, acaso uno distinto en cada cual de los doscientos cuentos y las más de cincuenta novelas (según cuentas del profesor Mark Cox) que han propuesto otras tantas representaciones del problema.
Lo cierto es que, desde que Fernando Ampuero publicara, en 1982, su cuento El departamento, un alegato contra el peligro homicida escondido en el aparato represor estatal, la multiplicación de puntos de vista ha sido incesante. Han sobrevenido luego un puñado de novelas cruciales y polémicas: Lituma en los Andes, de Vargas Llosa, la más célebre, es la más discutida, a raíz de su afán de caracterizar a la sociedad andina en términos arcaizantes, y porque busca el origen del problema entre sus víctimas antes que entre quienes han propiciado, desde el poder, las condiciones sociales de su aparición. Menos parciales han sido las aproximaciones de Alonso Cueto, desde los relatos de Pálido cielo hasta su novela La hora azul, en la que ha inaugurado el tema de la transmisión de la culpa burguesa en tiempos postraumáticos, y las de Luis Nieto Degregori, quien ha revisado los mecanismos del desencanto y el desasosiego en las juventudes andinas plegadas a Sendero en sus años iniciales (La joven que subió al cielo) y ha vuelto sobre temas afines en varios otros relatos. Escritores de la generación del cincuenta, como Oswaldo Reynoso y Miguel Gutiérrez -aunque el segundo ha escrito una novela monumental sobre las estructuras que darían lugar a la violencia-, y posteriores, como Guillermo Niño de Guzmán, o José de Piérola, han dedicado breves pero agudos relatos a la representación específica del tema. Otros, como Guillermo Thorndike, César Hildebrandt o Víctor Andrés Ponce, han estructurado sus novelas a partir de una experiencia periodística previa, dotándolas así de una centralidad informativa que muchas veces ha desequilibrado sus posibilidades estéticas.

DESDE EL ANDE
Óscar Colchado ha escrito quizá la obra central en el intento de explicar las formas de comprensión de la violencia desde un marco cultural andino, Rosa Cuchillo, y en ese terreno lo han acompañado escritores disímiles constantemente atraídos por el asunto: Dante Castro le ha dedicado varias colecciones de cuentos, logrando, entre otros, un relato de gran patetismo titulado "La guerra del arcángel San Gabriel"; Juan Alberto Osorio ha dado al tema un cariz de reflexión existencialista en los relatos de El hijo mayor; Zein Zorrilla ha lidiado con estos tópicos en más de un texto, y entre ellos es destacable uno sobre la inestabilidad de las relaciones interpersonales en un marco de desequilibrio social: "Arrasados", cuento de su libro Siete rosas de hierro; Enrique Rosas Paravicino también prefiere mirar la violencia en sus reverberaciones privadas, en cuentos como "Por la puerta del viento", que cierra su libro Ciudad apocalíptica. También han asumido el reto de contar la violencia en sus escenarios más extremos, observando el objeto narrado desde atalayas andinas, escritores como Félix Huamán Cabrera, Julián Pérez, Mario Guevara, Sócrates Zuzunaga, Alfredo Pita, e incluso limeños como Carlos Thorne, Walter Ventosilla y Pilar Dughi. En esa línea, Julio Ortega elaboró una nouvelle que es una suerte de épica de la supervivencia moral, Adiós, Ayacucho, que recobra un hálito cercano al de Manuel Scorza pero lo dota de un humor más negro, que tiene mucho de diablada y carnaval.

PROLIFERACIÓN DE POÉTICAS
Un humor distinto se ha generado en cierta narrativa limeña, una lejanía desmitificadora que es visible en "Rock in the Andes", de Fernando Iwasaki, y "El muro de Berlín", la nouvelle de Rodolfo Hinostroza que forma parte de sus Cuentos del extremo occidente. Considerados en conjunto al lado de narraciones como las de Sergio Galarza ("Abel" y "Velas", incluidas en La soledad de los aviones) o los cuentos que Daniel Alarcón ha reunido en War by Candlelight, esas narraciones parecen señalar nuevos accesos al asunto: la ironía como profilaxis y distanciamiento, en los dos primeros; la introspección sentimental, en Galarza; la reconstrucción de los escenarios de la violencia como actividad antropológica, en Alarcón (un peruano criado en Estados Unidos y que vivió un año en barrios marginales limeños para auscultar y descubrir las historias que habría de narrar, casi al modo de un etnógrafo).
Una cualidad deseable anida en esa proliferación de poéticas: la narrativa peruana parece estar venciendo el peligro de hallar un lenguaje unívoco y cerrado, una clave segura y ritual, formulaica, para hablar de los años de la violencia política. En la multiplicación de las miradas y la divergencia de los lenguajes, paradójicamente atribuibles a la quebrazón interna de nuestra nación, siempre fragmentaria y dividida, late también el pulso de una sociedad que, en efecto, está sobreviviendo, y es capaz de seguir señalando, desde su literatura, los vacíos y las inequidades que deberemos aprender a solucionar si no queremos que estas páginas se materialicen y salten a la realidad para golpearnos en la cara nuevamente, en un futuro.
Y nuestros políticos, ¿aprenderán a leer, alguna vez, estas historias?



Gustavo Faverón Patriau



¿Cree Ud, que deben costar las normas legales?
4 Envíe su opinión


Copyright Empresa Editora El Comercio S.A.
Derechos reservados
Contáctenos

Edición impresa