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Domingo, 5 de marzo de 2006
La decadencia del imperio americano

Por Alfredo Bryce Echenique, escritor
"Naturalmente la economía de Estados Unidos es muy poderosa, pero la fórmula norteamericana para articular un orden económico global ya no ejerce la influencia de que gozó"



Es sorprendente constatar cómo ha cambiado el panorama global. Estados Unidos, sea cual sea su grado de popularidad, ha sido capaz de fijar la agenda internacional, controlar el rumbo de la política exterior global y utilizar sus numerosos métodos y recursos de poder para imponer su voluntad al resto del mundo a lo largo de los últimos cinco años. Por grande que haya sido el fracaso norteamericano en Iraq o incluso en Afganistán, no se ha alzado obstáculo alguno de importancia en el camino emprendido por Estados Unidos en su ejercicio unilateral del poder.

Pero todo ha cambiado y lo ha hecho tan solo a los pocos meses de la victoria electoral de George W. Bush hace poco más de un año. Factores de orden interno han pesado sin duda en gran medida en el menguante poder del presidente: la deficiente gestión del huracán Katrina, el rechazo de sus planes de privatización de la seguridad social y los escándalos políticos a altos niveles en el seno de su propio partido. Resulta irónico que los fracasos de Bush en casa, bastante discretos en comparación con la magnitud de los sufridos en el exterior, hayan desempeñado un papel bastante más importante a la hora de hacer saltar el espeso muro de protección tras el cual se refugió Bush desde los acontecimientos del 11-S. El presidente ha dejado de ser inmune a las críticas o ataques tras un período de cuatro años a lo largo del cual escasos críticos --incluida la prensa de su país-- se han atrevido a cuestionar o a desafiarle a él o a sus políticas. Estados Unidos, al fin y al cabo, 'estaba en guerra'.

Pero el caso es que los fracasos en el ámbito interno abrieron las críticas a la política exterior, e Iraq se ha convertido en el talón de Aquiles de Bush. Mientras la victoria disculpa todos los errores, el fracaso abre la puerta a la crítica, la reconsideración y la atribución de responsabilidades. Los expertos en política exterior y la mayoría de los observadores fuera de Estados Unidos han comprendido sin duda el deterioro de la posición norteamericana en Iraq hace ya más de un año, mientras que la opinión pública estadounidense no ha empezado a comprender la magnitud del fracaso hasta fechas bastante recientes. El goteo incesante de víctimas entre las filas de los soldados americanos en Iraq y las revelaciones sobre los informes falsos de los servicios de inteligencia sobre las armas de destrucción masiva han herido y afectado al presidente. El apoyo a Bush se sitúa actualmente a niveles bastante bajos y constituye un factor que debilita al mismo tiempo sus iniciativas políticas en el extranjero. El proyecto neocon de permanente y continuada expansión del poder y hegemonía mundial estadounidense se ha desmoronado.

Los objetivos neoconservadores en Iraq constituyen actualmente una burla: creación de un gobierno proestadounidense en Iraq y de bases militares estadounidenses también en torno al país, creación de un nuevo centro de poder estadounidense en Oriente Medio, desarrollo de la capacidad de defensa ante posibles amenazas de derribo de aviones norteamericanos en Irán y Siria, fomento de democracias norteamericanas en la región, apertura de relaciones diplomáticas entre Iraq e Israel y construcción de un oleoducto entre ambos países, control norteamericano de la producción petrolífera iraquí y de su economía liberada... En pocas palabras: asistimos al final del sueño de un Oriente Medio rehecho según los designios norteamericanos.

Estados Unidos, uno de los países más nacionalistas y patrióticos del mundo, demuestra una pasmosa ceguera hacia otros nacionalismos. Sin embargo, es un hecho que las fuerzas y tendencias nacionalistas --que suelen adoptar un todo antinorteamericano-- constituyen una fuerza y motor principal en la mayoría de las áreas del planeta. Decenas de países --ya sea de forma abierta u oculta-- actúan para bloquear la estrategia norteamericana allí donde pueden. Europa no ha ocultado su rechazo a apoyar la mayoría de los planes norteamericanos en Oriente Medio e incluso la OTÁN, en el curso de su labor de mantenimiento de la paz en Afganistán, ha declarado su carácter independiente respecto del control estadounidense. Hace poco más de un año era elevada la posibilidad de un ataque norteamericano contra Irán, pero hoy el panorama ya no es el mismo. Rusia y China mantienen estrechas relaciones con Irán y al ir de la mano han imposibilitado que Washington presionara a este país en determinado grado o que las Naciones Unidas le aplicaran sanciones. Incluso India, que valora y aprecia sus lazos con Washington, no abandonará a Irán en manos de Estados Unidos. La cuestión de Iraq ha debilitado tanto a este país --desde el punto político y militar-- que una opción bélica estadounidense contra el régimen iraní ya no es posible por más que el gobierno de Teherán se radicalice. Resulta irónico que Irán se haya convertido en el país extranjero más poderoso en Iraq después de Estados Unidos. La administración Bush se ha visto obligada a volver sus ojos a los europeos --a los que dilatadamente apartó en este empeño-- para que lo ayuden a convencer a Teherán de que modifique su política nuclear. Y Washington, tras años de retórica sobre Irán como miembro del 'eje del mal', se ha visto obligado ahora a negociar directamente con Teherán, aun en ausencia de relaciones diplomáticas.

Estados Unidos sigue viéndose respaldado por una serie de dictadores pro norteamericanos del mundo árabe que no obstante temen la hostilidad de su propia ciudadanía contra los planes norteamericanos, ciudadanía que --de momento-- mantiene la boca callada por efecto de la mordaza de los distintos regímenes. Cuando se dan tímidos pasos hacia una mayor apertura política en un limitado número de países árabes --Jordania, Egipto y otros-- los islamistas se convierten en los principales beneficiarios. La administración Bush empieza ahora a evolucionar en lo concerniente al grado de cordura y sensatez de su política 'democratizadora' del mundo musulmán.

El derrocamiento del régimen de Assad en Siria ha estado varios años en el punto de mira, pero Washington está perdiendo su capacidad de intimidar incluso a este frágil gobierno: Asad ha recibido el apoyo de la mayoría de sus vecinos árabes, incluso de aquellos que no simpatizan con él. Siria continúa siendo presionada pero Asad probablemente ya no se enfrenta a su derribo del poder.

Pakistán ha actuado con habilidad al proclamar su enérgico apoyo a Estados Unidos en su guerra contra el terrorismo pero, en último término, su colaboración resulta limitada y las fuerzas islámicas radicales en el seno de Pakistán siguen siendo poderosas. Estados Unidos ni siquiera se halla en condiciones de impedir que los servicios secretos pakistaníes presten su ayuda a elementos talibanes o afines a ellos en Afganistán. De hecho, tras derribar al régimen talibán y declarar enemigo al imán Mulá hace más de cuatro años, Estados Unidos se ve ahora obligado a negociar calladamente con él a través de canales secretos a fin de restablecer la ley y el orden en el país.

La propia China está llevando a cabo un juego extraordinariamente sagaz. Aunque numerosos elementos conservadores de Washington advierten a propósito del 'peligroso rearme militar de China', la realidad indica que Washington necesita desesperadamente la colaboración de Beijing en el intento de conseguir que Corea del Norte deje de poseer armamento nuclear. Aunque hace tan solo un par de años que se habló de un posible ataque norteamericano a Corea del Norte, la cuestión es hoy agua pasada. La diplomacia es el único recurso que le queda a Estados Unidos de forma que en la actualidad solo puede recurrir a una estrecha colaboración con otros países de la región: China, Corea del Sur, Rusia y Japón. Entre tanto, la economía estadounidense depende de forma creciente de China, pues Beijing posee una masa ingente de deuda norteamericana. O sea que a Washington no le queda más remedio que hacer gala de una gran prudencia en sus relaciones con Beijing.

En América Latina, un país tras otro han rechazado el dominio estadounidense sobre la OEA, oponiéndose al candidato de Washington para la presidencia de la organización; una nueva generación de líderes hostil al neoliberalismo de Washington gobierna en Argentina, Chile y Brasil y Bolivia, mientras que en Venezuela el populista y demagogo Chávez se burla abiertamente de la debilidad estadounidense en Latinoamérica.

En consecuencia, Estados Unidos ya no cuenta con el respeto --incluso el temor-- de la mayor parte del mundo. Evidentemente, el poderío militar norteamericano no tiene rival. Pero, a menos que se desate una guerra real y efectiva en el campo de batalla, las fuerzas armadas norteamericanas apenas pueden remediar los efectos de los reveses propios del terreno diplomático. Naturalmente la economía de Estados Unidos es muy poderosa, pero la fórmula norteamericana para articular un orden económico global ya no ejerce la influencia de que gozó.

Las aspiraciones de Washington a instaurar un fuerte y sólido mundo unipolar han dejado de ser realistas. Es cierto que Estados Unidos sigue sin rival de carácter global, pero ya no puede actuar de forma independiente, y menos a medida que el poder e incluso el respeto de que gozaba Bush se han ido desvaneciendo. Estados Unidos desempeñará siempre un constructivo y juicioso papel en la política y estrategia mundiales. Sea como fuere, a ojos de quienes consideran que un mundo multilateral es más razonable y provechoso que un mundo unilateral, este cambio de sentido en la dirección de la marcha es positivo.

ALFREDO BRYCE ECHENIQUE. GANADOR DEL PREMIO PLANETA EN EL 2002 POR "EL HUERTO DE MI AMADA"
EXCLUSIVO PARA EL COMERCIO EN EL PERÚ.






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