Domingo, 14 de mayo de 2006
Vargas Llosa, el amor y el exilio
Mario Vargas Llosa
Travesuras de la niña mala
Lima, Alfaguara, 2006
375 pp.

Quien crea que Travesuras de la niña mala es un mero divertimento, como parece insinuar su alegre título, se equivoca de plano. La nueva ficción de largo aliento de Mario Vargas Llosa no aspira a tener la envergadura y el calado de sus dos novelas anteriores, pero, a diferencia de estas, no tiene que lidiar con personajes históricos sino con los que emergen de su imaginación y sus recuerdos. Y, en esa perspectiva, aunque sus pretensiones sean menores, lo cierto es que ha logrado una obra digna de figurar entre lo mejor que ha escrito.

Su sencillez resulta engañosa, pues en esta ocasión Vargas Llosa narra de manera simple y directa, sin recurrir a malabares técnicos (nada de yuxtaposiciones de voces ni de parlamentos incluidos en la corriente de la narración, sino, por el contrario, marcados de manera ortodoxa) o a rupturas espacio-temporales, a los que era tan proclive su estilo. El capítulo inicial, titulado "Las chilenitas", podría pasar por una estupenda muestra del género breve. Pero estamos ante un novelista nato y los capítulos siguientes, aunque transcurren en escenarios y periodos distintos, configuran una historia global cuya acción progresa y se despliega gracias al sutil tramado de los vasos comunicantes. La galería de personajes es memorable, empezando por la "niña mala", extraordinaria a la hora de combinar erotismo, malicia y desamparo.

Desde luego, a estas alturas de su carrera, Vargas Llosa es un novelista consumado, que sabe cómo potenciar una historia y graduar sus efectos con mano maestra. ¡Qué tal capacidad para renovarse y sorprender en cada capítulo! Al comenzar la lectura, se tiene la impresión de un déjà vu: Vargas Llosa vuelve a recorrer las calles de Miraflores, el balneario familiar y tranquilo de su adolescencia, que evocó tan bien en Los cachorros y La tía Julia y el escribidor. Sin embargo, tan pronto como cierra ese episodio inaugural, el narrador le imprime a su historia un giro imprevisto, encabalgando un desarrollo en espiral que hará evolucionar la trama a lo largo de cuarenta años y ciudades tan diversas como Lima, París, Londres, Tokio y Madrid. En ese sentido, la novela cuenta con el atractivo adicional de aludir a la experiencia personal del autor, quien emigró a París para cumplir su sueño de convertirse en escritor, y, más tarde, se trasladó al swinging London de la década prodigiosa de los sesentas.

Vargas Llosa ha conseguido una amalgama perfecta entre lo que pertenece a su biografía y lo que corresponde a su imaginación. Más allá de las especulaciones que suscita la misteriosa dedicatoria del volumen (no debe extrañarnos que sea un ardid destinado a exacerbar la curiosidad de lectores chismosos), lo interesante es que por primera vez el escritor peruano se atreve a novelar sobre su juventud en París y Londres, entremezclando personajes ficticios con otros reales. El retrato de su amigo Paúl Escobar no sólo es entrañable sino que da pie para que trace una visión de las guerrillas de los años sesenta, ahondando en el fervor revolucionario de los jóvenes latinoamericanos que abrigaron la utopía de izquierda y que quisieron hacer la revolución a semejanza de la de los barbudos cubanos de Sierra Maestra.

Las desventuras del protagonista (un traductor, acaso un guiño dirigido a Luis Loayza), provocadas por un amour fou que roza lo trágico, tienen una envoltura de humor que dota a la historia de una frescura -que no posee, por ejemplo, una novela más densa como El paraíso en la otra esquina, donde no siempre se evita el riesgo de que la abundante información lastre el fluir de la trama- y un encanto insuperables. Pero esta obra es mucho más que una novela divertida: es una historia de exilio y desarraigo, en la que también se reflexiona sobre el destino del Perú y su devenir político-social a través de casi medio siglo. La tensión entre los amantes deja entrever las tremendas diferencias que atenazan a una sociedad convulsionada, en la que una población marginada por la pobreza ansía emigrar al extranjero para procurarse una vida más digna.

Travesuras de la niña mala es una novela de amor, deliciosa y conmovedora, con un tono impecable y una prosa sobria, diáfana, muy fluida. El genio de Vargas Llosa queda patente en su notable habilidad para dosificar la intensidad de la historia y cambiar de registro, en un constante vaivén entre la verdad y las apariencias que simula los avances y repliegues del juego amoroso. Así, una historia que parece ligera y risueña, va ganando un espesor dramático sin perder sus matices de humor, y consigue revelar esa condición ambigua de la existencia que la hace tan detestable como maravillosa.



Guillermo Niño de Guzmán



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