Juan Paredes Castro, editor central de opinión y política
Dentro de un formato más inclinado a la exposición que al debate, el encuentro de anoche entre los candidatos Alan García y Ollanta Humala fue mucho mejor aprovechado por el primero que por el segundo, que irónicamente hizo todo lo posible para que ese formato prevaleciera.
En términos estrictamente de objetivos de audiencia, García manejó un discurso dirigido a afirmar la ventaja que le lleva a Humala en las encuestas y a convencer a más de un grueso voto de indecisos todavía incrédulos de un eventual gobierno suyo que la alternativa aprista es viable y confiable.
Humala, en cambio, retornó a su prédica radical y agresiva de la primera vuelta, con lo cual volvió a reencontrarse con los sentimientos de sus votantes ya conquistados, perdiendo la oportunidad de ir en busca de quienes, no habiendo sufragado por él, podían estar dispuestos a alinearse en sus ideas.
El candidato de UPP estaba obligado a dominar el formato de debate que había contribuido él mismo a establecer; es decir, a adueñarse de cada tema en el estilo que le viniese en gana, combinando, por ejemplo, más allá de los diagnósticos de la realidad nacional sobradamente conocidos, las críticas al régimen de García con planteamientos de gobierno concretos.
A propósito, estos terminaron quedándole cortos frente a los expuestos por García con el vuelo de discurso que le caracteriza.
Fue notorio en todo momento cuán restringidos eran los minutos del debate para el candidato del Apra, que sin duda hubiera deseado que este fuera libre en su temática y muy amplio en el uso del tiempo. ¿Por qué los negociadores de las condiciones del debate por parte del Apra acabaron cediendo tanto a favor de las exigencias humalistas? Es algo que García y su entorno tendrán que explicar, empezando por reconocer que este corría el riesgo de ser llevado al juego de un Humala realmente impredecible.
En síntesis, el candidato aprista abrió el abanico de sus ideas y propuestas a un perfil de futuro gobierno suyo, que uno podría discutir pero a la vez aceptar que, efectivamente, lo tiene. Humala se encerró demasiado en su descalificación del Estado vigente, sin otra alternativa de solución que su refundación, vía reforma constitucional, aunque si llega al gobierno no estaría en sus manos manejar.
Quizá lo más rescatable en su exposición de anoche fue su coincidencia con García en el compromiso de enfrentar la grave exclusión social, sobre la cual no solo parece tener un diagnóstico descarnado, sino ideas-fuerza importantes que, aunque crucen en el fondo con la controvertida línea de un nacionalismo mal definido, tocan los nervios fundamentales de grandes temas como la educación, la pobreza crítica, la salud, el empleo y la falta y negación de oportunidades.
El debate quizá no haya movido demasiado la sensibilidad de la masa de indecisos ni la ventaja que García parece llevarle sustantivamente a Humala en la intención de voto, pero establece sin discusión un punto de partida fundamental en la recta final hacia la segunda vuelta, tanto para convencernos de la necesidad de que los líderes y partidos políticos se abran más al electorado en lugar de cerrarse y de que estos mismos entiendan que la gobernabilidad del país va a requerir de grandes consensos y concertaciones, comenzando por los que ahora mismo están en la contienda principal.
Si Humala es consciente de que tiene que remontar un margen importante de intenciones de voto para acercarse más confiadamente al 4 de junio, su primera autocrítica del reciente debate debería consistir en dejar atrás el tono agresivo e intolerante de sus exposiciones y actuaciones públicas, lo que en cierta forma significaría entender que hace rato estamos en la segunda vuelta electoral.