MARIO VARGAS LLOSA
No puede ocultar su entusiasmo tras publicar su primera historia de amor. Entre lo cómico y lo trágico, "Travesuras de la niña mala" es el conmovedor relato de una pasión itinerante
¿Su sueño era escribir la historia de amor que faltaba en su bibliografía o, más bien, inventar su propia Madame Bovary?
No sé si he tenido a Madame Bovary como modelo. Flaubert es un autor que admiro muchísimo, que leo y releo, así que si hay una influencia suya no me sorprendería. Salvo en la explícita alusión a la "Educación sentimental" en la novela, en verdad no he tenido presente a Madame Bovary muy conscientemente. En realidad, la historia arranca, como casi todas mis historias, de una imagen muy antigua, un recuerdo de infancia en Miraflores que no sé hasta qué punto es genuino o idealizado. Fíjate, han pasado tantísimos años y un buen día dije que esa historia de amor que hace tiempo me daba vueltas podía empezar con ese episodio.
¿Habla de las dos chilenitas que enamoran a todo el barrio, con las que inicia la novela?
(Ríe) Esos modelos vivos a veces se vuelven muy fantásticos, se desnaturalizan, pero una historia parecida ocurrió cuando yo era niño. Fíjate qué caminos tan curiosos tienen las ficciones. Ese fue el recuerdo, el punto de partida más lejano en mi experiencia, de esta novela. ¡Una historia que ocurrió hace cincuenta, sesenta años!
Ha dicho que se ha divertido mucho al escribir "Travesuras de la niña mala", pero muchas veces el humor de la novela esta allí para hacer más llevadera la soledad, la tristeza, la angustia de los personajes.
Efectivamente. La vida del protagonista, Ricardo Somocurcio, es bastante triste y rutinaria. Los períodos de exaltación en que está con la mujer que ama son breves en comparación con los largos intervalos de frustración en los que trata de reconstruirse después de los fracasos. Me pareció que el humor podía suavizar la truculencia que persigue como una sombra a Ricardo y a la niña mala.
Ricardo Somocurcio es un personaje apolítico, un pequeño burgués sin más ambición que vivir en París. La novela demuestra que la gran historia de amor puede pasarle al personaje más aburrido...
Exactamente, lo más importante que le pasa en la vida es esa pasión amorosa que lo hace vivir con intensidad, que lo hace conocer aventuras emocionales y sentimentales que de otra forma no hubiera tenido jamás. Aunque hizo realidad su sueño de vivir en París, realmente lo que ha sido su vida cotidiana es muy poca cosa comparado con lo que ha sido ese amor loco que tiene desde su infancia.
Se especula que uno de sus modelos para Ricardo Somocurcio fue el escritor Luis Loayza. ¿Es verdad?
(Ríe a carcajadas) Luis Loayza es un gran amigo de infancia, pero de ninguna manera ha servido de modelo para Ricardo Somocurcio. ¡Estoy seguro de que Lucho ha tenido amores apasionados, pero nada (que yo sepa) que se parezca al de Ricardo por la niña mala!
¿Loayza tampoco es el "X de sus tiempos heroicos", como dice la dedicatoria de la novela?
No, el X es un X. Eso vamos a dejarlo a los biógrafos. Si es que los tengo, a ver si lo descubren.
Además de la pasión amorosa, algo que define a Ricardo Somocurcio, tantos años fuera del Perú, es su permanente sensación de apátrida.
Ricardo es un personaje que al final se vuelve casi un fantasma. Hasta su propio oficio de traductor lo va 'afantasmando'. Pasa un poco con el mundo que lo rodea. Supongo que también en eso he volcado algo de mi propia experiencia.
¿Es una sensación que a usted también lo asalta?
Cómo no. Muchas veces tengo la sensación de haberme convertido en una especie de fantasma. El hecho de vivir tanto afuera, cambiando constantemente de lugares, tiene esas consecuencias. Y no es una situación cómoda.
Paralelamente a la historia de amor, la novela cuenta 40 años de transformaciones políticas y sociales en el Perú y el mundo. ¿Es en esta parte donde hace su mayor acopio de recuerdos?
Estos amores itinerantes ocurren en lugares que yo he conocido y épocas en las que viví en ellos. Justamente, en esas épocas y lugares ocurrieron cosas de una enorme trascendencia, que han dejado una secuela muy importante en la historia contemporánea. Me pareció que era interesante dar como telón de fondo esa época que transformó profundamente a la humanidad. Si piensas lo que es el mundo globalizado, los cambios extraordinarios en las costumbres, en lo que se refiere al amor mismo, a la pareja, al sexo, la emancipación de la mujer, las transformaciones de países como España, en estos 50 años hemos visto cosas absolutamente extraordinarias. Me pareció que ese telón de fondo podría servir para esta historia de amor. Lógicamente, es la parte más autobiográfica del libro, en la que he volcado mis propios recuerdos y mi experiencia de los años 60 en París, los 70 en Londres o los 80 en España.
Algunos críticos han querido encontrar en la niña mala, la protagonista de la novela, una alegoría de la inspiración literaria, siempre huidiza, incapaz de ser retenida. ¿Pensó en ese valor simbólico?
No deliberadamente. Siempre pensé en un personaje muy concreto. Los símbolos no tienen cara ni cuerpo, son abstractos, y yo he querido crear un personaje de carne y hueso. Eso sí, cada lector, cada crítico, tiene derecho a hacer su propia lectura.
¿Hablando de personajes de carne y hueso, cuál es su secreto para recrear escenas de directa sexualidad sin caer en lo obvio o lo grotesco?
Supongo que no hay sino una respuesta: mucho trabajo, corregir, pulir, rehacer, hasta que no se pueda más. Ese es el único secreto. Creo que esas escenas deben ser muy excitantes. Así como una escena muy triste debe entristecerte, una escena de subido erotismo tiene que ponerte incandescente. Eso es absolutamente indispensable, tienes que vivir aquello que estás tratando de crear para que la creación sea genuina. Justamente, lo maravilloso del amor es que es una experiencia total, que compromete toda tu personalidad. Amas con tus sentimientos, tus emociones, tus instintos y deseos, vuelcas enteramente tu personalidad en la pasión. Es como la vocación literaria. Eso es lo que hace del amor un acto creativo.
¿Comparte con Somocurcio las tendencias fetichistas que le sirven a lo largo de la novela para recordar a su amante?
Creo que soy algo fetichista. Cuando uno ama, inmediatamente el amor se traduce en rituales, en gestos. Todo cobra una valencia distinta, especial. El fetichismo me parece una parte inseparable de la pasión y uno de los muchos rituales que rodean a la relación amorosa.
¿Y usted, como su personaje, podría considerarse un niño bueno?
Eso no lo sabe uno mismo. Acuérdate de la frase de Borges: "Uno se mira en el espejo y nunca sabe cómo es su cara". Lo saben los otros. Uno solo se define haciendo trampas y así no vale (ríe).
Enrique Planas