Lunes, 26 de marzo de 2007
EL viajero que busca su lugar

Milagros Leiva Gálvez
VIDA Y MILAGROS. Ha cumplido seis años en "Tiempo de viaje", un programa que nos conduce por lugares insospechados del Perú. Acaba de publicar una antiguía de la capital peruana. "Lima bizarra", se llama. Rafo León tiene 56 años y su fragilidad, felizmente, ya no lo atormenta

Irónico. Seductor. Fumador. Lector. Papá. Tanguero. Viajero. Escritor. Amador. Frágil. Cuando uno conversa con Rafo León provoca detener el tiempo. Tiene tantas anécdotas absurdas y frases sugerentes que las preguntas son un simple pretexto para su viaje interior. Este tío es un provocador.

¿Es verdad que por ningún motivo votarás por Humala porque más allá de todos sus defectos él es militar y tú que has sido hijo de militar conoces bien el alma castrense?
Soy hijo de militar y sé lo que es estar bajo el poder de uno. Por más que mi padre era un hombre inteligente y sensible, era antes que todo un uniformado. El uniforme estrangula la inteligencia, la sensibilidad y la bondad. Tienen un patrón de lo que debe ser. La orden se acata sin duda ni murmuraciones.

¿Tu padre era autoritario?
Autoritario y arbitrario. El militar tiene esa voluntad controlista que es lo más peligroso, todo tiene que estar en sus manos.

Empezaste estudiando Derecho y terminaste en Literatura. ¿Por qué no te gustaron las leyes?
En mi generación el Derecho estaba identificado con la derecha. Los que lo estudiaban eran horribles, eran unos fachos espantosos, pitucos, machistas, lo peor.

¿No tuviste todo a la mano para ser un pituco horrible?
Para nada. Tenía el color de piel y el apellido, pero no tenía un sol en el bolsillo. Mi familia era de clase media y aunque me eduqué en Miraflores, eso no significaba nada. La Universidad Católica a fines de los años setenta era el núcleo de la pituquería. Me asustaba tanta arrogancia y tampoco lo niego: hubo desajuste, quizá aspiración frustrada porque ese era el mundo de los ganadores y yo no podía estar allí.

¿La china Tudela respondió a esa frustración?
Quizá en ese pensamiento está la génesis de "La china Tudela". Nació por un sentido crítico, por la mezcla de todas esas cosas que agarraron desfogue por estos personajes.

¿La extrañas?
No, pero si sale Humala de todas maneras la resucito. Lo haría como un deber político. Tenemos que llevarlo a sus límites y ver hasta dónde es tolerante. Hay que ponerlo al borde.

Has dicho que para viajar en el Perú hay que ser humilde.
Si viajas por cualquier lugar, pero sobre todo por el Perú, tienes que pensar que el interés no está en ti, está en el lugar, no en las demandas estúpidas de agua caliente, sábanas limpias y pollo a la plancha. Está bien, eso es rico, pero si no lo hay, te tiras el problema a la espalda.
¿Qué te puede pasar porque no te bañes cuatro días? Nada. ¿Por pruritos de comodidad vas a renunciar a experiencias únicas? Un gran impedimento para el desarrollo del turismo interno es la exigencia neurótica de cosas que no existen.

¿Es verdad que tus aventuras surgieron con tu abuela?
Con mi abuela paterna, Elena. Era un personaje extraordinario. Un personaje de García Lorca que siempre llevaba luto. De una austeridad absoluta, parecía tallada en piedra, muy fuerte y sólida, pero a la vez tierna. Yo era un niño desvalido, tremendamente desvalido.

¿Por qué?
No sé, supongo que hay sensibilidades innatas. No me gustaba la vida que llevaba en casa y mi abuela intuía eso. En vacaciones me llevaba a San Pedro de Lloc, a una casa medio en ruinas. Para mí era increíble estar en ese pueblo de calles empedradas, sin autos, era muy apacible. En esas escapadas de infancia descubrí que había un mecanismo para defenderse de la agresión de la vida que uno tiene que llevar a la fuerza y que era la capacidad de escapar.

De viajar...
De viajar y de hacerse una utopía en la cabeza que es imaginar que hay un lugar para ti en alguna parte y buscarlo aunque no lo consigas.

¿Es verdad que de chico te perdías en esos campos y caminabas y caminabas?
Es verdad. Caminaba solo, creía que no necesitaba de nadie. Tenía miedo de las obligaciones paternas que había que asumir en casa, del colegio, de los curas a quienes detestaba como sigo detestando salvo a mis amigos jesuitas. En aquella época los curas eran para mí una amenaza y una garantía de la mediocridad. Los detestaba por el machismo que estrangulaba cualquier posibilidad de desplegar una sensibilidad diferente, me parecía absurdo y me hacía sentir que el que estaba mal era yo y todo venía acompañado de unas culpas tremendas. Felizmente con el tiempo fui aprendiendo que no era así.

¿Qué reglas impusiste cuando fortaleciste tus piernas?
La burla, empecé a descubrirle la máscara a las cosas, comprendí que todo tenía un componente medio patético y decadente. Desde muy niño aprendí a mirar lo que había detrás. Imagino que fue una manera de defenderme y decir que no solo soy yo el que se equivoca.

¿De dónde viene tu humor?
Lo compartimos todos los hermanos, ellos tienen un sentido del humor extraordinario que sirve para disolver situaciones dramáticas o difíciles. Mi madre también es un ácido. Recuerdo que cuando comencé "Tiempo de viaje", me llamó y dijo: te he visto en la televisión y se te ve muy bien, a quién quieres engañar. Yo le contesté: calla, vieja. Es muy divertida. Ella es una mujer que no le da espacio al drama, nos impulsaba a no hacernos rollos.

¿Es verdad que a tu padre, antes de morir, le habían indicado guardar reposo y cuando ya estaba muy mal, un día decidió irse con sus amigos?
No es tan así, es una linda historia. Él tenía un edema pulmonar y además insuficiencia cardíaca, pero por sobre todo tenía una enorme depresión. Estaba viejo y odiaba el clima limeño. Se sentía muy mal. Él era norteño y su vida había sido el sol, la buena comida. Gran aficionado a las peleas de gallos, a los caballos, y su vejez se vio reducida a una casita húmeda en Santa Cruz, donde lo único que podía hacer era ver televisión. Un día nos dijo que su compadre Armando Baca que vivía en Chiclayo lo había invitado quince días. La hija de don Armando llamaba para decir que había amanecido radiante, que paseaba, que jugaba y tomaba su chicha. Hasta que un día llamó y dijo que amaneció muerto. Me pareció una muerte digna. Si al final de tus días puedes reconectarte con la utopía que guardabas en tu cabeza, la hiciste con bastante coherencia.

Murió tranquilo y feliz.
Conociéndolo, estoy seguro de que sí.

¿Y cómo es tu relación con Pilar? ¿Es verdad que viven juntos, pero al final no viven juntos?
Tenemos dos departamentos pegados, pero no unidos. Tenemos un cuarto en común donde se hacen las cosas que se hacen en los matrimonios y yo tengo un cuarto donde a veces prefiero estar solo. Pilar tiene su escritorio y yo tengo el mío, ella escucha su música y yo la mía. Es óptimo tener dos lugares, ella detesta el tabaco y yo fumo como un vampiro. Estamos juntos 33 años y no hemos estado exentos de dificultades atroces. Mantener una pareja es una pelea tan dura y tan válida como pelear por tu libertad. Para quien quiera correrse el riesgo vale la pena. Pilar lo valió.

¿Cuál es tu próximo libro?
La agresión al cuerpo masculino. La que tuvo que sufrir el hombre de mi generación por los moldes sociales, la agresión por un accidente, por el paso de los años que te acostumbra a caminar con prótesis imaginarias o reales. En el año 94 hice un trabajo para Demus sobre violación sexual. Se conoce el lado de la mujer agredida pero nada del hombre que agrede. Entrevisté a agresores sexuales que estaban en la cárcel y fue muy difícil. Todos compusieron un modelo muy patético de la masculinidad que es pegado con babas: la demostración del poder porque si cedes o te debilitas, pierdes todo.

¿Esto tiene que ver contigo?
Me puso por delante la fragilidad y el patetismo del modelo masculino tradicional. Me pareció importante explorarlo en mí, llevarlo por la infancia, por la adultez. Los golpes que recibimos, los que estamos obligados a dar hasta que llega el gran golpe de la edad y tu cuerpo no responde...

Y necesitan de otros dones, de pastillas, de prótesis...
Y eso es agresivo.

¿De chico recibiste golpes para que te portaras como hombre?
Físicos jamás, psicológicos sí.

No se le permite a un hombre ser frágil...
No, por Dios, felizmente esa mentalidad ya está haciendo crisis.

¿Fueron esos conflictos los que te llevaron al psicoanálisis?
Sin duda.

¿Dudabas de tu hombría?
No tanto por eso, simplemente que era una cuestión de desacomodo. No encajaba en ninguna parte y yo, que era una extraña planta, comencé a regarme con demasiado alcohol. Felizmente ya no ocurre.

¿Ya superaste el alcohol?
Ya dejó de ser una tortura para mí, para mi familia... Todos estamos expuestos a millones de cosas.

Todos... Y tenemos diversos tubos de escape. La depresión muchas veces deriva en alcoholismo.
Exactamente, pero te digo una vez más: Cuando uno quiere algo, al final hace lo que tiene que hacer para conseguirlo. He tenido episodios difíciles y yo sabía que en algún momento tenía que detenerlo.

¿El alcoholismo ha sido tu episodio más oscuro?
En el de cualquier persona, el alcohol mal manejado es fatal. Ahora no hago de esto una moraleja, no me interesa predicar. Yo me he salvado, pero no soy un moralista, me encanta que mis amigos tomen si quieren. Yo me salvé. Ahora en lugar de una botella de whisky tengo una camioneta que me permite viajar por el Perú. En todo caso, ya no uso vehículos autodestructivos para mi viaje interior.





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