Miércoles, 21 de junio de 2006
La ciudad de las mujeres
Por Abelardo Sánchez León
Blanca Varela me comentaba que las mujeres no deberían molestarse con los piropos que reciben en la calle, porque esos piropos duran muy poco

Mi amiga Patricia Córdova me dedicó su libro "Liderazgo femenino en Lima" de la siguiente manera: "Con ganas de que leyendo este libro sepas un poquito más sobre las mujeres; aunque populares, mujeres al fin". Recordé, en aquel momento, un poema que siempre le atribuí a Baudelaire: "Y pensar que esas viejitas alguna vez fueron mujeres".

Blanca Varela me comentaba que las mujeres no deberían molestarse con los piropos que reciben en la calle, porque esos piropos duran muy poco. Los hombres, en rueda de amigos, levantan al cielo la expresión sagrada del género masculino: " mujer que no fastidia, es hombre".

En nuestra ya lejana adolescencia pocos fueron los muchachos que estudiaban en colegios mixtos. A mi amigo Alberto León lo sacaron sus padres del Franco-Peruano porque él y otro niño eran los únicos varones de la clase y lo trasladaron al religioso colegio Maristas San Isidro. Qué poco sabíamos de las mujeres en esos años. Y después, en la juventud, aprendimos a trompicones besándonos en las matinés, enamorándonos en la sala de su casa, o de sexo, pero rara vez con la chica que tanto idolatrábamos.

Las cosas han cambiado felizmente y las mujeres están allí, esbeltas y seguras, en las más diversas actividades citadinas. No es que las vayamos a conocer a profundidad, pero podemos imaginar su vida en una ciudad tan arisca como Lima. En las tiendas Wong están con su uniforme rojo en aquella fila interminable de cajas registradoras llevando con elegancia su semblante. Algunas estudian en la universidad y su tiempo transcurre, por así decirlo, trabajando. Nadie les regala nada. Se lo ganan todito con su esfuerzo. También las encuentro en los grifos, vestidas como si fuesen astronautas, con esos mamelucos de mecánico. Ponen la gasolina, revisan el agua, el aceite y, por si fuera poco, están dándole al noble esfuerzo de ganarse el pan sin dejar de conversarnos un ratito. Las encontramos en las farmacias como si fueran doctoras, porque con solo mirarte saben lo que necesitas. Una rastreada de arriba abajo y tenemos la receta acertada. Y, por supuesto, son las enfermeras ideales. Claro, tienen su malicia. Recuerdo cuando estuve en cama unos cinco días en una clínica local y cuando al fin pude levantarme, una de ellas exclamó: "Lo hacía más delgado, más alto y más joven".

En la televisión, a lo lejos, las veo dirigir partidos de fútbol. O las distingo en sus motocicletas a las salidas del zanjón. Hace poco me hicieron detener el auto y me preguntaron si estaba solo. Solo, le dije. Y empezaron a rebuscar buscando una víctima de algún secuestro. ¿Con esta cara? Y me sonrieron como si ellas sí conocieran los resquicios turbulentos del alma de los hombres.






Alan García en contra de que partidos que pasaron valla electoral reciban del Estado el 0,1% de la UIT

4

Envíe su opinión



Copyright Empresa Editora El Comercio S.A.
Derechos reservados
Contáctenos

Edición impresa