Jueves, 29 de junio de 2006
Letra viva: Roncagliolo verde

Título
El Príncipe de los Caimanes

Autor
Santiago Roncagliolo

Editorial
Planeta

Clalificación **



El rojo del título "Abril rojo" alude a sangre y revolución, pero bien puede connotar la madurez como novelista de Santiago Roncagliolo (Lima, 1975), antecedida por su maduración como cuentista en "Crecer es un oficio triste" (2003).

Hay un Roncagliolo previo, verde todavía artísticamente hablando, pero con un potencial que prometía mucho en la novela "El Príncipe de los Caimanes" (2001), reeditada por Editorial Planeta de modo oportuno, dado el interés internacional que ha despertado el importante Premio Alfaguara de Novela 2006 concedido a "Abril rojo".

Verde, también, por la ambientación selvática de "El Príncipe de los Caimanes". El imperio del verde es subrayado desde las primeras líneas: "Los ataúdes no son verdes en la selva. Todo lo demás sí" (p. 9); con expresividad notable, desarrolla el siguiente pasaje: "Sebastián descubrió que el verde no es un color sino miles. Hay el verde de las aguas de fondo pantanoso y el verde de las hojas del palo sangre (...). Decir 'verde' ahí era decir todo y, por eso mismo, no decir nada; era decir universo, era decir infinito" (p. 73). Incluso en la historia del bisabuelo reelabora el famoso final de la novela colombiana "La vorágine" de Rivera (comparten la época narrada: la explotación del caucho), en que a los personajes se los tragó la selva. Dice Roncagliolo: "La selva no es amiga de nadie porque la amistad es pequeña y humana; en cambio, el río no tiene final (...) tragándose para siempre a Sebastián, y a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, hasta que el último de su estirpe rompa el hechizo del tiempo" (p. 255). ¿Ese "último" es Miguel, y por eso su historia termina abierta?

Resulta admirable cómo Roncagliolo construye personajes consistentes en las dos historias entrelazadas en "El Príncipe de los Caimanes". Una virtud mayor es su capacidad para fabular universos narrativos, aunque solo posea un conocimiento libresco de la realidad ficcionalizada; necesitado de dinero aceptó el encargo de escribir una novela ambientada en una selva que desconocía: "Conseguí 46 libros sobre el tema. Con ellos, construí un Amazonas de palabras, tejido con las historias de exploradores y novelistas (contratapa del libro). Ese carácter libresco conspira para que las situaciones narradas resulten típicas o estereotipadas, aunque resueltas con oficio.

Sea como fuere, Roncagliolo en "El Príncipe de los Caimanes", igualmente bien en su lograda novela de ciencia-ficción para niños "La guerra de Mostark" (2001), muestra una pasta de novelista fuera de lo común. Al decidirse a escribir obras que lo obseden, y no encargos editoriales, ha ido sacando a flote sus méritos, los que ya apuntaban en "Pudor" (2004) y han comenzado a cuajar, a sus treinta años de edad, en la laureada "Abril rojo".

Argumento
Esta novela intercala dos historias: la del aventurero español Sebastián Pedrera que, a fines del siglo XIX, vino a enriquecerse en América y radicó un corto tiempo en Cuba y luego en la selva amazónica, en plena fiebre del caucho, hasta arribar a Iquitos, donde se ganó "el apodo de Príncipe de los Caimanes, porque solo las alimañas del río soportaban sus fantásticas historias de jíbaros y serpientes" (p. 13). Y la de su bisnieto Miguel que huye de la miseria del actual Iquitos, soñando ser rico en Miami; los narcos y la "ley de la selva", agravada por la corrupción, lo acecharán más que los antiguos peligros de fieras y tribus salvajes. Pertenecen a "una casta maldita, de hombres condenados a dar vueltas por la selva y morir en ella" (p.23).



Ricardo González Vigil



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