Jueves, 13 de julio de 2006
Nada con el militarismo
Fernando Vivas, periodista
La historia de la democracia latinoamericana es una pelea a muerte entre cívicos y militaristas. Es que el autoritarismo, cuando no nació en los cuarteles, tocó sus puertas para pedir ayuda en sus propósitos dictatoriales. Y casi siempre la encontró.

A veces el lobo, aduciendo su retiro burocrático, se disfraza de civil, pero su afán tiránico se agazapa en su entorno. Se lee entre líneas en su discurso. Esto no es cuento: acabamos de verificarlo en la campaña de Humala y antes fuimos humillados por Montesinos ¿Acaso este no fue un militar que buscó a sus pares para que lo ayudaran a robar?

Hay sanos puntos medios, claro que sí, de respeto mutuo entre honestos ciudadanos y militares que coinciden en la necesidad de dedicar una parte razonable del presupuesto de la república a tomar precauciones para defender la seguridad nacional. ¡Pero demasiados déspotas se han encumbrado en nombre de la patria! Discúlpenme los buenos militares que sin duda existen, pero no conozco en los últimos años ni una evidencia que me saque de la idea de que, en el mejor de los casos, su existencia corporativa es un mal necesario. No puedo olvidar esta broma cuyo autor desconozco: "En tiempos de paz hay que mantenerlos y en tiempos de guerra hay que defenderlos".

No me remonto en la historia para no chocar con quienes pelearon y sufrieron guerras. Hubo gestas que hay que honrar y hubo en el pasado reciente en la guerra contra el terror (que debió ser comandada por la policía y no encargada de saque a las FF.AA.), heroísmos por encima de cualquier controversia. Pero de ningún modo Grau o Bolognesi o el soldado desconocido de todas las guerras y escaramuzas peleadas por el bien común, justifican los destrozos que el caudillismo militar hizo en el desarrollo nacional y la indignación permanente que a muchos ciudadanos nos causa ver sus privilegios, sus playas inaccesibles, sus almacenes y, peor que eso, su moral machista y su fuero de justicia exclusivo.

El militarismo ha sido eficaz en difundir la idea de que carecemos de espíritu nacionalista. Si fue cierto ya no lo es tanto pues llevamos algunos años inyectándonos considerables dosis de peruanismo. De lo que sí carecemos es de un sano civismo antimilitarista que, por ejemplo, lleve a los políticos a dejar de pagar peaje a los cuarteles cada que quieren encabezar un proyecto nacional. Esa es la más poderosa razón que explica la inclusión del almirante en retiro Luis Giampietri en la plancha de Alan García, y que se baraje su nombre como ministro de Defensa. Esa cartera tiene que estar en manos civiles. Para mí, la mejor política de seguridad nacional no es la que busca evitar la guerra vía el armamentismo sino la que busca evitar el armamentismo. Así de simple y civilizado.

Por todo ello me alegro de que, como síntoma de un cambio de mentalidad, el Ministerio de Educación haya promulgado la R.M. 0352-2006-ED que orienta a los colegios a realizar desfiles creativos y cívicos, sin símbolos militares.






El can que mató a un delincuente en defensa de la propiedad que resguardaba podría ser sacrificado. ¿Qué opina de este tema?
4 Envíe su opinión


Copyright Empresa Editora El Comercio S.A.
Derechos reservados
Contáctenos

Edición impresa