Domingo, 16 de julio de 2006
Reynoso en tres estaciones

Anuncia nuevo libro. A los 75 años Oswaldo Reynoso sigue comprometido con su tarea de profesor y creador. Mientras acaba de aparecer Las tres estaciones, una colección de relatos ambientados en la Arequipa de los tiempos de Odría, el escritor anuncia una próxima novela sobre la Universidad de Huamanga, anterior a la aparición del senderismo.



Hace unos días se presentó en el Mundo de la lectura, el evento organizado por Promolibro en la Estación de Desamparados, para hablar a un auditorio lleno de jóvenes y escolares sobre los libros y el placer de la lectura. Es curioso, pero a los 75 años Oswaldo Reynoso sigue captando el interés de lectores cada vez más jóvenes y muchos noveles escritores tocan a su puerta para pedir consejos o para dejar que el "maestro" chequee una obra en ciernes. Le preguntamos cómo siente este encuentro generacional y él no duda en responder: "Desde los 15 años intuía que mi vida iba a orientarse en dos sentidos: la docencia y la creación. Y con el tiempo he descubierto que esas dos tendencias han estado enroscadas como dos culebras y tienen una sola cara, que es mi propia vida. Por eso yo no creo en esos escritores que dicen que escriben para ellos mismos, a mí sí me interesan los lectores y yo escribo para que me lean. Y si un escritor en el Perú quiere vivir de lo escribe tiene que trabajar para crear un mercado de lectores y creadores. De lo contrario, es imposible". Y él está desde hace muchos años en esa cruzada.

Miembro de la brillante generación del 50, sus libros son recibidos con entusiasmo por algunos que lo consideran ya un autor de culto y con cierto desdén por otros. Hasta ahora recuerda que cuando publicó su primer libro de cuentos -Los inocentes (1961)-, los críticos de aquel entonces lo recibieron con palos. "Me denigraron, dijeron que era un inmoral, que mis libros no podían ser leídos por la juventud porque la corrompían. Incluso, suscribieron una petición al ministro de educación para que me quitara el título de profesor". Pero han pasado más de 45 años y él no solo no ha modificado ni una sola línea de sus relatos, sino que paradójicamente ahora sus libros son lectura obligatoria en la educación secundaria.

"No, no es que sea condescendiente con los jóvenes -retruca-, creo que ellos se acercan a mí por mi doble condición de profesor y creador. Y cuando me presentan sus poemas, cuentos, novelas, para mí ese texto es un ser vivo, y no puedo matarlo. En todo caso, les enseño a podarlo, para que sea mejor. Pero de ninguna manera me atrevo a matar una vocación literaria, ¿quién soy yo para hacerlo?"

Dice que en un cajón tiene guardados decenas de originales que han ido cayendo en sus manos, como un cementerio de lo que pudo ser. "Tengo guardadas buenas novelas que he leído hace diez o quince años y ni siquiera sé ahora dónde están sus autores, si salieron del país, si están trabajando. Muchos de estos chicos por problemas económicos o familiares dejan de escribir y se pierde una vocación literaria; por eso cuando un joven reúne el dinero y publica en una editorial no tolero que haya críticos que se ensañen con el libro, ¿por qué?, no se trata de ser condescendientes, pero tampoco de irse al otro extremo; nadie debe sentirse con la autoridad para vaticinar el futuro o establecer el canon de la literatura".

Hablemos de Las tres estaciones, el libro que acaba de publicar el INC y que es parte de un material inédito que su hermano Juan guardó por años y que recién llega a la imprenta.

A fines de la década del 50 o comienzos de los 60 yo había planeado escribir una novela sobre mi experiencia como estudiante en la Universidad de la Cantuta, a donde llegué becado y tuve la suerte de conocer grandes maestros como Luis Jaime Cisneros, José María Arguedas, el filósofo Walter Peñaloza. En ese entonces era difícil viajar, no había televisión, y las referencias de las ciudades del Perú nos llegaban a través de los relatos de la gente, en la Cantuta me encontré con compañeros de diversas ciudades y pensaba escribir una novela que abarcara todo el Perú a través de esos relatos, escribí como setecientas páginas, pero era un proyecto muy ambicioso y nunca pude armar la novela. Mi hermano Juan guardó ese material y el año pasado, cuarenta años después, me lo devolvió. Había ordenado todos los escritos. Coincidió que a inicios de este año me llamó Luis Lumbreras del INC y me pidió un material para publicar, yo en ese momento no tenía nada listo, salvo esos manuscritos, los revisé y seleccioné cuatro relatos que me parecieron podían tener interés para el lector contemporáneo.

¿Siempre la experiencia personal ha sido clave en su obra?

Considero que los escritores tienen dos fuentes para la creación: la experiencia personal y sus lecturas. En un libro confluyen esas dos fuentes, pero también está la concepción que tiene el escritor del mundo, lo que podríamos llamar la ideología. Yo me considero un escritor que escribe para el Perú y para los lectors peruanos, ahora si mis libros llegan afuera bienvenido sea, por eso creo que es un error esa tendencia actual de algunos escritores jóvenes que escriben para afuera, para ganar premios.

Usted ha criticado a Santiago Roncagliolo.

Yo creo que lo que ha pasado en el Perú en los últimos quince años es muy doloroso, me atrevería a decir que han sido los años más terribles de nuestra historia republicana, y no se puede manosear este tema armando una novela policial para ganar lectores extranjeros. No se puede hablar a la ligera de ese tema.

¿Lo que escribe actualmente tiene que ver con los años de violencia?

No, pero estoy haciendo una pequeña novela sobre la Huamanga de los años sesenta, anterior a todo ese problema de la guerra interna. Yo llego a la Universidad San Cristóbal de Huamanga cuando se reabre la universidad a inicios de los sesenta y me encuentro con una ciudad muy pequeña, con características casi feudales. Había pocos automóviles, pocos establecimientos comerciales y por la noche había una luz mortecina. Sin embargo, las autoridades de la universidad convocan a un grupo de jóvenes profesores, entre los que estaban Julio Ramón Ribeyro, Fernando Silva Santisteban, Luis Lumbreras y abren las aulas no solo a los hijos de los comerciantes y hacendados de la ciudad, sino también a los hijos de los campesinos a través de becas, y uno podía encontrar sentado al lado de la hija de un gran hacendado a un muchacho cuya madre vendía huevos en cuclillas en las puertas del mercado. Los jóvenes de ambos lados por primera vez se encuentran y se reconocen como personas, a eso le doy el nombre de cóctel molotov, pues la universidad rompe la diferencia entre ellos, y por otra parte están estos jóvenes profesores que no necesariamente, como se ha dicho, eran comunistas, sino simplemente les mostraron a estos muchachos cómo era la sociedad peruana y cuál era la historia del Perú. De eso habla la novela.



Jorge Paredes



Can mató a delincuente en defensa de propiedad y ahora podría ser sacrificado.
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