Lunes, 26 de marzo de 2007
Una estación para Reynoso

Mayra Castillo Vásquez
MAESTRO. Cuando Oswaldo Reynoso tenía 15 años decidió ser escritor e inculcar la pasión por las letras en la juventud. Con 75 años a cuestas y una gastritis que lo aleja de la grasa y del alcohol, el narrador y profesor arequipeño habla de su vida y de su última obra

De chico le contaron que la casa de su abuela Rosa, en Tacna, había amanecido marcada con una cruz de alquitrán. La señal de saqueo en épocas de ocupación chilena era evidente y no un macabro juego de niños. Así fue como la familia Díaz viajó al día siguiente hacia Arica, el lugar más cercano para zarpar hacia el norte del Perú. Y de allí se fueron a Mollendo. Y finalmente recalaron en Arequipa. Al escritor Oswaldo Reynoso las memorias de la familia le cansan la vista. Cierra un poco los párpados y resuelve entregarse a la nostalgia, sin pudor. "Mi madre nació durante la ocupación, cuando los chilenos se vestían de paisanos para despistar. Mi padre igual, pero él fue primero a La Paz (Bolivia) y luego, cuando se casaron, decidieron vivir en el barrio de San Lázaro, un lugar hermoso", recuerda. Pero ni la belleza arequipeña pudo borrar aquella marca de alquitrán sobre sus frentes.

A don Luis Reynoso, por su destreza con la guitarra y su gusto por el vino, lo apodaron 'El Chileno Borracho'. Doña Rosa Díaz, quien todavía tenía el dejo de los vecinos del sur y cocinaba enormes pailas de porotos al estilo sureño, también la llamaban 'La Chilena'. Habían sufrido dos traumas: volverse extranjeros en su propia tierra y, después, terminar como una pareja de apátridas sin consuelo. "Ellos fueron fieles al Perú, pero los hicieron sufrir mucho. En verdad, mi padre murió sin patria". Lo que sí le dejaron los moradores prejuiciosos al pequeño Reynoso fueron sus ganas de ser un rebelde sin contemplaciones.

Quizá lo único dócil de Oswaldo Reynoso sean sus largos cabellos blancos. En su departamento de Magdalena, en el cuarto piso y al son de un vals criollo, se divisa la niebla agonizante que surca el cielo desde el malecón hasta la ventana. A las 10 de la mañana, engulle dos píldoras color guinda y no revela qué medicamentos son. Una gastritis inesperada lo ha obligado, desde hace dos meses, a cambiar la condimentada comida criolla por las ascéticas dietas aprendidas en China, país oriental donde vivió doce años como corrector de estilo de la agencia de noticias Xinhua. Lo único difícil para este recorrido artista es suplir el alcohol por infusiones sanadoras. "Todo sea porque en dos meses mi vida vuelva a la normalidad", comenta sonriente, como un escolar que come verduras para conseguir el ansiado postre.

PARA ROMPER EL SILENCIO
Irónicamente, a sus bohemios 75 años, Reynoso sigue siendo el más vivo estandarte del realismo narrativo que se gestó en la llamada Generación del 50. No le gusta el término, pero gracias a esta distinción el Fondo Editorial del Instituto Nacional de Cultura (INC) acaba de editar el libro "Las tres estaciones" (2006), que reúne cuatro cuentos inéditos de excelente factura.

Sabida es la irregularidad con que publica Reynoso. Puede pasar años en silencio. Por ello, cuando le pidieron textos para publicar se puso a bucear entre sus manuscritos y encontró lo que su hermano Juan, treinta años antes, había salvado del exterminio de las ratas y del olvido. Aquel trabajo de recuperación de viejos textos lo compara con el que realizan los restauradores de cuadros. El primer paso: retroceder hasta 1952, año en que vino de la Universidad de San Agustín a La Cantuta para convertirse en profesor y escritor. "Aquí en Lima encontré amigos de todas partes del país, tuve magníficos maestros y también compañeros que me contaban historias de sus pueblos", afirma. El proyecto que acarició fue reunir los relatos en una novela llamada "Los kantus". Al final, ese gran mural del Perú fracasó y, en el camino, Reynoso descubrió que no era un novelista, sino un creador con pocas ganas de armar grandes estructuras. "Revisé los textos y he tenido mucho cuidado de conservar el aliento creativo de aquella época, lo que permanece en un texto y perdura. Eso es lo que me importa".

El poeta Leonardo es el personaje que, entre los años 50 y 60, logra ser testigo de momentos históricos de relieve. Entre ellos destacan el alzamiento del pueblo arequipeño contra el general Manuel Odría y la furia popular contra un prefecto de Huamanga que tomó justicia por sus propias manos. Pero además del gran contexto político, en "Las tres estaciones" subyacen historias paralelas de interesante calibre, como el cuento "El triunfo", en que Leonardo es el adulto redentor de un muchacho abrumado por la culpa de venderse a homosexuales. Como ya es usual, el tinte autobiográfico siempre está presente en las obras de Reynoso. Leonardo poeta (como cuando Oswaldo publicó su único poemario "Luzbel", en 1955), marxista a morir (según el escritor, hoy habrá clases sociales de la A a la Z, pero el Perú sigue dividido entre pobres y ricos) y con un fuerte interés por el despertar homosexual de la juventud, tal como lo hizo en la obra "Los inocentes" (1961) y en 'En octubre no hay milagros" (1965). "Por eso me hice profesor, no por necesidad, sino por estar cerca del habla juvenil, de sus comportamientos, de sus ideas Para mí, los alumnos han sido una fuente inagotable de inspiración". De aquella fuente de palabras, gestos y sentires que permiten una prosa lograda. En "El triunfo", los chiquillos hablan así:

"Decían que tú te salabas para toda la vida si te desvirgabas con hombre y no con mujer () y ahí nos tienes en la San Martín: invierno, diez de la noche en el reloj de luces, borrachos gritando en el bar Zela, bandadas de loquitas escandalosas, marineros y soldados parqueando chivos () autos, dentro: solo ojos hambrientos () y Gasolina, sin hacer caso al frío, se desabotonó la camisa roja de franela y su pecho un poco velludo quedó al descubierto, entre risueño y maloso, puso caradecabrón".

REALISTA Y MÁGICO
Su lenguaje provocador, rompesquemas y, para algunos, lastimosamente sucio, reinventó lo que venía escribiéndose en el Perú antes de "Los inocentes", la obra con la que no le molesta ser identificado por la gran mayoría de lectores peruanos. "Es un escritor preocupado por el lenguaje urbano, por las clases populares, y todo ello concuerda perfectamente con la corriente realista de aquellos días. Es cáustico, duro y casi hiriente. La poesía de su prosa surge del contraste entre el lenguaje y la trama", sentencia Carlos Eduardo Zavaleta, otro importante escritor de aquella 'collera' que incluyó, por décadas, a escritores tan notables como Eleodoro Vargas Vicuña y Washington Delgado. Hace poco ambos amigos se presentaron en Alemania, pero para Zavaleta, Reynoso seguirá siendo el benjamín bullicioso y contestatario de siempre. A simple vista hosco, pero simpático hasta ser rodeado de gente que muere por oír sus fascinantes historias.

Rosita Vásquez, hija de su hermana Marita Reynoso, lo califica con dos palabras: "persona mágica". "Cuando enfermó de peritonitis, todos mis amigos de la universidad fueron a verlo al Hospital del Empleado. Lo visitaron más que a mí cuando di a luz", comenta entre risas. Oswaldo --dice su sobrina-- en su vida personal ha sido díscolo, pero en casa jamás se le juzgó por sus excesos, que lo hacían perpetuar las juergas de música criolla y andina hasta por tres días. "Todo el mundo le preguntaba: ¿Por qué vives con tu cuñado y tu sobrina? Y él siempre contestaba que somos su familia y que nos había escogido", añora ella.

Lo cierto es que, en las épocas en que Reynoso vivía en La Cantuta --donde llegó a ser vicerrector pero también fue expulsado en dos oportunidades-- su hermana Marita le abría las puertas todos los fines de semana. Hasta que falleció doña Rosa (la abuela) y, por encargo directo en plena agonía, Oswaldo se quedó para siempre como el tío de la casa. "Mi suegra, que me tenía mucha confianza, me pidió que no nos separáramos de él", afirma Arturo Vásquez, cuñado de Reynoso y padre de Rosita. No fue una labor difícil: pese a las constantes discusiones a la hora de leer el periódico --una clásica diatriba con café sobre las maldades capitalistas--, la familia vivió bendecida durante años con el cariño y la ternura de este escritor. Al estilo de la serie gringa --otra ironía más-- "Tres por tres". "Yo siempre digo que tengo dos papás: Arturo y Oswaldo", ríe Rosita, una especialista en finanzas que ha logrado demostrar a su famoso tío que ella, pese a trabajar como ejecutiva, también sabe romperse el lomo.

TIEMPOS MODERNOS
Sus alumnos de la Universidad de Huamanga, Villarreal, San Marcos y Ricardo Palma lo recuerdan como el profesor didáctico y nada pedante, compañero y crítico sagaz al que, sin temor, podían confiarle sus más secretos proyectos literarios. Según dice el propio Reynoso, él les enseña a leer y no a detenerse en las estructuras, tan caras actualmente a la narrativa. "Un día entré a un salón y la pizarra tenía un cuadro sinóptico gigante, de análisis de un cuento de Rulfo. Todos lo habían hecho pero ninguno lo había leído antes; eso es terrible". Transmitir la pasión por la lectura y la escritura, tal como aprendió de su padre y los incontables libros de la biblioteca familiar. Eso significa enseñar para Reynoso, quien hoy permanece lejos de las aulas. Sin duda lo que más extraña es el crepitar de las ideas frescas y de las emociones a flor de piel.

Las constantes reediciones de sus libros más leídos le permiten mantenerse --literalmente-- además de su jubilación. Pero lo que realmente lo hace vivir es la producción de una nueva novela que se sitúa en las alturas ayacuchanas, durante la época en que le tocó ser profesor en la Universidad de Huamanga, años antes de la violencia de Sendero Luminoso. "En dos meses volveré a Jesús María a seguir escribiendo. Tengo que ser respetuoso con la violencia política, me estoy tomando mi tiempo", confirma. Para la fecha de inauguración de su nuevo departamento cumplirá la promesa de cortarse ese cabello blanco. Dice que solo una vez, durante todas las elecciones presidenciales y municipales, ha votado. El resto de veces se dedicó a saldar las multas. "No me gusta que me engañen cada cinco años", añade. Cree que Evo Morales es un hombre de sabiduría sindical, pero niega la capacidad de Humala para hacer lo mismo. Él solo sabe de botas y órdenes.

Al mediodía, tocan el timbre del departamento. El escritor se asoma por la ventana: un cobrador lo obliga a interrumpir la conversación. Lanza una canasta con cuerda para evitar la fatiga de bajar y subir cuatro pisos. Y lo mismo hace con las llaves, sin temor a un grito destemplado en la calle. Ese subir y bajar de gravedad, que Reynoso conoce bien en las letras, se aplica con la misma sencillez en su vida diaria.

Los títulos
4
Los Inocentes o Lima en rock (1961)
4
En octubre no hay milagros (1965)
4
El escarabajo y el hombre (1970)
4
En busca de Aladino (1993)
4
Los eunucos inmortales (1995)
4
El goce de la piel (2005)
4Narraciones 1 (2006)
Compilatorio de obras y crónicas periodísticas.



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