Cars
Cars, de John Lasseter, es una sorpresa. Aunque no debiera serlo, ya que Lasseter es el realizador de películas de animación tan logradas como Toy Stoy y Bichos, también realizadas por la empresa Pixar.
De más está decir que las técnicas informáticas empleadas para convertir a los autos viejos y nuevos en personajes cinematográficos son perfectas. El registro de las texturas añosas de un viejo remolque o un ómnibus convertido en chatarra, en contraste con los brillantes metales de los autos de carrera, son un "test" para el programa informático de animación en tres dimensiones y una prueba de la destreza del equipo de Pixar. La animación digital logra dar consistencia y belleza a los paisajes polvorientos de Radiator Springs, el pueblo dejado atrás por el progreso. Un pueblo al que llega Lightning McQueen, un reluciente, orgulloso y pendenciero carro de carrera que se cree el futuro ganador de todas las pruebas automovilísticas. Cars es la historia del aprendizaje acelerado de humildad que sigue McQueen, que será un campeón del futuro, pero racional y sensato, dispuesto a ayudar a los demás, como corresponde al héroe de una producción en la que interviene el sello Disney.
Pero la moraleja, por más pesada e insistente que sea, es lo que menos importa en una película así. Lo interesante de Cars no es el frenesí de la acción ni la destreza de los autos en la pista de carreras, sino la visión nostálgica del pequeño mundo que descubre McQueen al llegar a Radiator Springs, convertido en un pueblo casi fantasma al borde de la mítica Ruta 66. Un lugar ruinoso donde malviven viejos Impalas, Volkswagen y Hudson Hornet, resignados a mirar desde lejos la carretera interestatal, que ahorra tiempo a los viajeros que van desde Chicago hasta Los Angeles, pero que les impide ver las grandes montañas y sentir el llamado del Oeste natural e inmenso.
Por eso, como El nuevo mundo, Cars también lamenta la pérdida de algo formidable: la mirada sobre el paisaje rocoso y el desierto, y la mitología animada de los pequeños pueblos al borde de la carretera. John Lasseter pasa revista a todo un imaginario perdido: el del escenario que está detrás de los personajes errantes de la ficción norteamericana más amplia, desde el vaquero hasta el beatnik.
En el Hollywood clásico le llamaban "Americana" y era una modalidad genérica más bien conservadora y pasatista, pero llena de color si era realizada por cineastas de talento, como Henry King o Vincente Minnelli, que dirigió un clásico de este tipo de filme: Meet Me in St. Louis. "Americana" es la celebración del pequeño pueblo que se ilumina, se despierta como Rip Van Winkle, y adquiere vida una vez al año, durante la fiesta del lugar. Entonces nacen los romances, se disfruta y celebran esos valores tradicionales que son el fundamento de la vida comunitaria.
Cars es una "Americana". Como el auto supermoderno, que descubre los valores del pasado, Lasseter usa la tecnología más impresionante de hoy para hacer su elogio de lo usado, lo destartalado, lo vetusto, lo antiguo. Los carros hechos chatarra y el decrépito pueblo, con su carretera vacía y el asfalto lleno de huecos, se convierten en lugares renovados y capaces de señalar normas de vida. Como Toy Story, que contaba la disputa entre el juguete novísimo y de moda y el anticuado, el hombre del espacio y el viejo vaquero, por las preferencias del niño, Cars también habla del conflicto entre lo viejo y lo nuevo, pero encontrando la síntesis. A Lasseter le gustan los juguetes usados, los carritos viejos, y se resiste a echarlos al tacho. Por eso, los diseña y los mueve, les da vida otra vez, con el juguete más nuevo y poderoso: la animación digital.
Dos recomendaciones finales: vean hasta el final los títulos de cierre y eviten la versión doblada de Cars. Busquen la subtitulada. En ella se escucha la voz de Paul Newman, viejo coleccionista de carros, corredor en pistas antiguas y conocedor de la Ruta 66. Esa voz le da un sentido especial a la película.
Ricardo Bedoya