Miércoles, 28 de marzo de 2007
"En España me di cuenta de lo bien que vivía en el Perú"

Patricia del Río Labarthe
SANTIAGO RONCAGLIOLO
El consagrado escritor peruano, autor de "Abril Rojo" --Premio Alfaguara de Novela 2006-- se encuentra una vez más en el país y aborda en la presente entrevista todas esas realidades todavía pendientes

¿Por qué empezaste a escribir sobre la violencia política del Perú?
Supongo que uno escribe sobre lo que no tiene del todo resuelto. Sobre las cosas que te han herido y no has conseguido arreglar contigo mismo. Y aunque el tema de la violencia política sea un tema del Perú, del país, yo lo llevo encima a donde vaya.

¿Qué debes exorcizar para convertir un tema tan crudo en un tema de ficción?
Hay muchas cosas por exorcizar para escribir una historia como esta. En primer lugar, la propia culpa. Sendero Luminoso era un grupo fanático, pero nosotros formamos parte de una sociedad que permitió que este grupo tuviese los seguidores que tuvo y pusiese en jaque al Estado peruano por doce años. Todos permitimos que los militares hiciesen atrocidades, y lo más terrible es que no vivíamos en dictaduras militares, sino en gobiernos democráticos que nosotros mismo habíamos elegido.

Nos volvimos cómplices...
Sí, porque nosotros elegimos a nuestros asesinos. Nosotros votamos por nuestro dictador y después vivimos tratando de echarle la culpa a otros. Obviamente no hay responsabilidad penal, pero sí una complicidad por cerrar los ojos y mirar para otro lado.

¿Cuánto influyó tu trabajo en la Defensoría del Pueblo en esa toma de conciencia, que años después se puede traducir en una novela?
Cuando estuve trabajando en la Defensoría me encontré ante una situación de pérdida de la inocencia. Dejé de creer en lo que creía. Esa es una situación incómoda, porque de pronto sientes que ya no sabes quién eres y ni cuál debe ser tu posición con respecto a los hechos. Cuando escuchas a todas las partes del conflicto y te parece que todos tienen razón, y que tú también eres culpable de la situación, es un sentimiento terrible.

¿Qué recuerdo tienes de tu experiencia personal de la violencia?
Vivíamos en una ciudad sitiada. Recuerdo que por esa época mi papá se acababa de casar con una belga y un día que estábamos en casa jugando ajedrez, sonó una bomba. Joel, la belga, salió aterrada, "eso ha sido una bomba" y nosotros ni nos movimos: "Sí ha sido una bomba, ¿y?, ¿nos dejas jugar?".

Nos acostumbramos a vivir así.
Esa era la rutina de la violencia, pero es curioso, los peruanos hablamos muy poco de eso, no nos acordamos de cómo vivíamos. Íbamos a todas las fiestas de Año Nuevo y Navidad con velas porque sabíamos que iba a haber apagón. Escuchábamos las bombas como un ruido habitual. La oscuridad era muy potente dentro de la simbología de Sendero. De pronto todo se ponía negro y nos dejaba la sensación constante de que estábamos perdiendo la guerra. Si nos parábamos frente a las instalaciones militares sabíamos que nos iban a disparar de todas maneras.

Estábamos entrenados para el peligro...
Claro, todos sabíamos actuar en caso de que pusieran una bomba. Sabíamos que había que tirarse al suelo y abrir la boca para que no te volaran los tímpanos con la onda expansiva. Les poníamos cinta scotch a nuestras ventanas para que no nos mataran los vidrios, y todo eso formaba parte de la rutina.

Terrible...
Visto a la distancia eso es crecer en guerra, pero nunca lo hemos asumido así. Es algo que nos pasó y de lo que hablamos poco.

¿Atribuyes la negación a un mecanismo de defensa o a un acto de indolencia?
Creo que hay un poco de todo. A mí me sorprende que se pueda morir tanta gente y que ni nos enteremos. Eso da cuenta de un país absolutamente fragmentado, muy dividido, pero también es muy difícil mirar lo que pasó de frente a los ojos, por este asunto de la responsabilidad compartida. Todos dejamos que pasase, todos votamos por que ocurriese. Además el malo no es tan claro como en Chile o Argentina, que es un villano. En el Perú el conflicto fue más complejo, por eso se necesita distancia para analizar lo ocurrido. Y esa distancia existe recién ahora.

¿En qué tipo de persona te convirtió tu trabajo en la defensoría? ¿Heredaste esa relación escéptica con la violencia que le atribuyes al padre Hubert Lanssier en un reportaje?
Yo admiré muchísimo a Lanssier. Lo había visto en las cárceles ganarse la confianza tanto de terroristas como de policías. Era un tipo imponente. Cuando se le acercaba un terroristay lo presionaba para que se revisara su caso, Lanssier sin ningún miedo, le podía decir: "Tu caso no lo vamos a revisar porque tú has matado a 26 personas". Su autoridad humana lo hacía respetable para todos los bandos. Supongo que sería mucho más católico que los curas se encargaran de las cosas de las que se ocupaba Lanssier, en lugar de hablar de condones y gays. La experiencia de ver gente de ambos extremos matándose mutuamente, me convirtió en alguien muy escéptico, incluso eventualmente cínico, pero pragmático también.

En qué sentido pragmática.
He visto a la gente hacer tantas bestialidades por sus ideales que prefiero que no tengan ideales, que se sienten y negocien. Cuando alguien me dice que está emprendiendo una cruzada porque quiere pagar menos impuestos, lo comprendo. Cuando empieza a decir que lo hace en nombre de la justicia, la patria, el bien, tiemblo.

En nombre de aquello por lo que se mata masivamente...
Así es, le temo a los innegociables como Dios, el bien, la justicia y la patria. La verdad prefiero el cinismo como filosofía política.

¿Ese cinismo te ayuda a escribir? ¿Te da la distancia necesaria para escribir sobre la realidad?
Efectivamente cuando escribes estás obligado a tomar distancia y eso hace que te vuelvas absolutamente consciente de tu propia vida. Estás pendiente de cuando la estás pasando bien, o mal, porque tratas de alimentarte de eso para escribir...

Vives siempre una metarrealidad...
Sí amortizas todo lo que pasa. El sufrimiento, el desastre, la alegría se vuelven materia prima para lo que vas a escribir, ya sea para la ficción o para el análisis político que también escribo. Esa distancia se ha convertido en una especie de capacidad instalada, buenísima para escribir, pésima para mi vida personal porque me obliga a estar siempre un poco fuera de lo que ocurre.

¿Cómo así?
Lo que pasa es que te puedes convertir en un ser analítico. Me pasa que de pronto ya no sé bien quién soy ni qué debería opinar con respecto a determinado hecho, porque estoy dispuesto a escuchar a todos y me pueden parecer razonables las cosas más brutales. Supongo que esos son gajes de mi oficio.

¿Te molesta tomar posición?
Siempre he desconfiado mucho de mi propia capacidad de juzgar. Me parece que los escritores suelen decirle a la realidad cómo comportarse. Están horrorizados por lo que pasa a su alrededor, no hacen nada por cambiarlo, pero asumen esa actitud de sabios de la tribu que le dan las pautas a la realidad. Creo que es un tema generacional, pero la verdad que yo prefiero mil veces ser el testigo del banquillo que cuenta lo que ve, lo que siente y no pretende juzgar.

¿Podríamos decir que eres el niño símbolo de esa generación X, descreída, que dejó el primer gobierno de Alan García?
Probablemente. Si bien el fenómeno de los descreídos fue mundial Alan y Sendero se dedicaron a dejarnos sin ideales. Alan acabó con la izquierda moderada, Sendero con la más radical, y si tienes en cuenta que los de la izquierda son los que creen en algo, porque la derecha está contenta con lo que hay, pues sí, nos dejaron sin ideales (risas).

¿Tu trabajo en la defensoría te volvió un ser humano más comprometido?
En realidad, me sentía un poco como el fiscal de mi novela (Abril Rojo). Ese señor totalmente ridículo que se pasea con la ley en la mano tratando de funcionar en un país en el que ya nada funciona - Una vez me llegó un informe sobre las violaciones masivas que se les había hecho a los presos de Yanamayo, con garrotes. Yo tenía que corregir las tildes y las comas al informe, me sentía absurdo. Cuando me di cuenta de que como periodista tenía entre mis manos historias importantísimas, empecé a ofrecerlas a los medios pero nadie las quería. Recuerdo un editor que estaba viendo "Baywatch" cuando se la llevé y me sugirió que mejor hiciera un reportaje sobre bikinis y playas - no sé qué fue peor si la violencia de las historias o nuestra incapacidad para verlas.

Dice Carlos Iván Degregori que este es uno de los pocos lugares del mundo donde ocurre una masacre tan terrible como la de Camboya, y luego las cosas siguen como si nada. Sabes qué, me encuentro con un montón de gente en otros países que me dice "oye esto que narras es muy duro muy violento, ¿en tu país ha habido alguna reacción?". Y yo tengo que decirles, que no, que en el Perú creen que mi novela es muy 'light'.

Por qué ocurre esto...
Creo que tenemos una sensibilidad reducida para el desastre en general. Sin embargo, y hay que ser justos, no estamos mal en el hecho de asimilar nuestra violencia. La Comisión de la Verdad se instaló rápido. España nunca juzgó sus crímenes de la guerra civil. Chile no ha procesado aún sus muertos y lo de Argentina ha sido más bien simbólico.

¿Por qué migraste, por la culpa de la que hablas, por no poder cambiar las cosas?
No. Era el último año de Fujimori, todo estaba como pudriéndose, me dejó una chica, no tenía nada que me atara realmente y me fui. No te puedo decir que me fui porque me dolía mi país porque sería hipócrita y estúpido. Creo que uno se va siempre por razones personales, aunque obviamente muchas de esas razones tienen que ver con la realidad que vives. Eso sí, toda mi generación se fue. Tengo más amigos fuera que acá.

¿A qué se lo atribuyes?
Creo que todos huimos más por culpa del desencanto, que por culpa de la violencia. El día que vimos a Montesinos comprando a Kouri en la salita del SIN ya nos quedamos sin ganas de nada. Si así se tomaban las decisiones en el país, ya que más daba esforzarse o tratar de hacer las cosas bien - Creo que esa fue una imagen impactante para toda una generación.

Tú no has sido un inmigrante típico. Por decirlo burdamente, elegiste ser niño pobre en primer mundo, en lugar de niño rico en tercer mundo. ¿Qué fue lo más duro de ese cambio?
No existir. Legalmente no estás, no eres nadie. No puedes trabajar. Ves todo el día que la gente como tú son delincuentes, tratas de alquilar un departamento y cuando escuchan tu acento te dicen que ya está alquilado. Lo primero que me di cuenta en España era de lo bien que vivía en el Perú.

Perdiste una situación de privilegio...
Claro, y quería regresar. Encima no faltaba una amiga que llegaba de Perú y te decía, "qué lindo España, qué mostro que te viniste", y tú andabas absolutamente jodido sin chamba, escuchando a una niña que tenía una gran piscina en su casa de Lima decirte lo lechero que eras.

Qué esquizofrénico todo.
Claro, ese fue uno de los grandes desajustes que tuve con la realidad. Cuando volvía me daba cuenta de que mis amigos ni se habían enterado que eran privilegiados. Y yo no se los podía decir, porque se supone que soy el millonario que vive en Europa.

Y ahora con el premio, peor, creerán que eres un magnate...
Con el dinero del premio y el de todos mis ahorros que he tenido en mi vida me he comprado un cuchitril de 18 metros cuadrados y encima estoy endeudado. Ya se acabó la plata (risas).

¿Te ha afectado la experiencia de la discriminación, de la que acá siempre estamos del otro lado?
Una vez estaba con Carlos Carlín, el actor, en el metro de Madrid, y apareció una señora un poco loca que empezó a gritarnos por ser peruanos, nos dijo que nuestro país era una porquería y a Carlín lo acusó de vestirse con ropa donada de Cáritas. Y claro, Carlín que es una estrella de la tele que estaba con su chaqueta de gamuza elegantísima, y sus pantalones de jean predesteñidos en París, salió furioso del metro y me dijo: "Sabes cuál es el problema de esta país, que no le puedes decir calla chola de mierda a esa loca, porque es rubia". Esa puede ser una anécdota de cómo nos sentimos con el tema de la discriminación.

¿Volverás al Perú?
Vuelvo con frecuencia, pero cada vez descubro más que mis amigos y yo hemos crecido separados en etapas cruciales de nuestras vidas, lo mismo me pasa en México donde viví de niño, o incluso en Madrid. Quiero ser de algún sitio. Estoy harto de ser extranjero en todas partes. Además últimamente me doy cuenta de que cuando me preguntan sobre mi vida personal me la invento, porque no hay testigos (risas).

De qué sitios quieres ser...
Fernando Iwasaki dice una cosa linda, que patria es etimológicamente la tierra de los padres, pero que no existe una palabra en español para nombrar la tierra de donde son los hijos, y él es de donde son sus hijos. Lo mismo supongo que me pasará a mí. El día que tenga un hijo volveré a ser de alguna parte...

El niño que le prometiste a tu novia que tendrían si ganabas el premio Alfaguara...
Así es, ese niño se lo prometí a mi novia y se lo he prometido a todo el mundo hispano. Todos los periodistas me preguntan si ya estoy trabajando en eso (risas).

La ficha
Nombre: Santiago Roncagliolo (Lima, 1975).
Estudios: Lingüística y Literatura en la PUCP.
Publicaciones: Las novelas "Pudor", "El príncipe de los caimanes", y "Abril Rojo", con el que ganó el premio Alfaguara 2006. El libro de cuentos "Crecer es un oficio triste". Y la obra de teatro "Tus amigos nunca te harían daño" que ha sido montada en ocho países de Latinomérica . Colabora con medios de prensa de España, Argentina, Uruguay, Chile y Perú.
Dato: Escribe diariamente para sus lectores en el blog: www.elboomeran.com


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