Domingo, 23 de julio de 2006
Londres busca detectives
Alfredo Bryce Echenique, escritor 
Aunque no proclamado a los cuatro vientos para no dar satisfacción a terrorista alguno, el hecho es que en Londres hay descontento con Scotland Yard.

En primer término se le acusó de no haber previsto el primer ataque del mes de julio del año pasado, a pesar de que uno de los inmolados terroristas fue, en un momento dado, controlado por Scotland Yard, sin que detectara anomalía alguna en aquel muchacho de origen pakistaní, útil a la comunidad.

Sobre este punto cabría decir que tampoco en Nueva York, en setiembre del 2001, previeron un ataque de tamaña envergadura. La primera vez que el terrorismo radical actúa nos coge siempre por sorpresa. También ocurrió en el atroz atentado de Madrid sin que en Nueva York ni en la capital de España se repitieran semejantes atentados.

Pero a Scotland Yard se le reprocha no haber previsto, ni evitado, la segunda intervención terrorista sobre el metro de Londres y un autobús, réplica de la primera, sin baño de sangre de por medio. Sir Ian Blair, jefe de Scotland Yard, habló entonces de que se había evitado una matanza, pero todo hace creer que los terroristas hicieron estallar bombas sin carga o metralla solo para provocar con el estallido el pánico en la ciudad y sobre todo dejar sentado que pueden repetir un atentado donde y cuando quieran. Esto es lo que teme Scotland Yard desde aquellos aciagos días y de ahí sus incesantes llamamientos a la colaboración ciudadana, hasta el día de hoy. Campo abierto, pues, para los detectives amateurs. Entre todos acabarán por capturar a los responsables.

Y como trágico hecho colateral para Scotland Yard, se produjo aquel error que causó la muerte del joven brasileño Jean Charles de Menezes, que tanto revuelo armó y con tanto eco en Brasil.

El jefe de Scotland Yard pidió las disculpas del caso, pero repitió que semejante error podría repetirse debido a que los terroristas suicidas pueden desencadenar la explosión del artefacto que llevan incorporado, estén o no heridos en el suelo. Por supuesto que esta explicación no convenció demasiado a los que entonces vieron cómo al malogrado muchacho se le disparaban tiros a la cabeza. Tampoco quedaron claras las razones de la huida del brasileño, quien, por lo visto, tenía su documentación caduca.

La incruenta segunda operación constituyó un síntoma quizá peor que el primer atentado, que podría atribuirse a lo sorpresivo. La imagen de Scotland Yard, aquella segunda vez, quedó más deteriorada. Probablemente cualquier otro instrumento de información o policiaco de cualquier otro país hubiera incurrido en iguales o semejantes errores. Los ingleses que, como se pudo leer entonces en "The Observer" o "The Independent", criticaron a sus servicios secretos, no tenían mucha razón porque el terrorismo llamado radical islámico especialmente por sus actores suicidas constituye una novedad contra la cual todavía no se ha encontrado el antídoto.

Quizá la decepción fuera --y es-- fruto de la superlativa visión que los ingleses tenían de Scotland Yard. Probablemente semejantes servicios no son mejores, a pesar de la leyenda, que los existentes en otros importantes países. Sucede que ningún otro servicio de inteligencia, sin descontar el FBI, gozaba de tanto prestigio en libros, novelas o películas. El primer acierto fue el de Sherlock Holmes, quien a finales el siglo XIX encandiló a millones de lectores con su acción de detective privado. Tenía el don de la deducción y la lógica, a partir de minuciosidades, hasta desarrollar la teoría que debía dar con el asesino. Ejercitaba el pensamiento y como gimnasia mental sostenía diálogos con su amigo, el doctor Watson. El éxito de Sherlock Holmes fue mundial, y si en la misma Inglaterra surgieron seguidores, como Ágata Christie, en Francia aparecieron el comisario Maigret, creación del belga Georges Simenon.

Pero es en la misma Inglaterra donde la glorificación de los servicios de inteligencia ha sido mayor. En el aspecto literario, por ejemplo, John Le Carré, y en el de la acción, Ian Fleming, autor de las aventuras de James Bond, que se escapó de los libros para convertirse en estrella cinematográfica.

Todavía hay en Inglaterra quien cree que Sherlock Holmes vivió realmente, en lugar de ser un personaje creado por Arthur Conan Doyle. Hace unos años visité la casa museo de Sherlock Holmes. Está bastante cerca de Trafalgar Square, camino del Támesis. Un aposento de planta baja en el que se entra por una puerta y se sale por otra después de haber admirado sus pipas sobre la repisa de una chimenea, su librería, binóculos, lupa y hasta una cajita donde el detective guardaba el opio que aspiraba en lugar de rapé. Después de visitar el museo, a quienes pensaban que Sherlock Holmes había existido no les quedaban muchas dudas.

A pesar de que Conan Doyle se ganó el título de sir más que como escritor como médico militar en la guerra de los Boers, pudo percibir algunas vivencias de la India y del mundo oriental. No serían hoy suficientes para nutrir sus sutilidades, reñidas con la barbarie terrorista. La lógica intelectual de Sherlock Holmes no serviría para escudriñar el alma de los terroristas pakistaníes. Bien se puede decir que los criminales de hoy no son los que fueron.

ALFREDO BRYCE ECHENIQUE. GANADOR DEL PREMIO PLANETA EN EL 2002 POR "EL HUERTO DE MI AMADA".






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