Lunes, 26 de marzo de 2007
En la isla del gran hermano

Por Bruno Rivas Frías
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CRÓNICA DE VIAJE. Dos periodistas de El Comercio comprobaron las condiciones restrictivas con las que tiene que lidiar la prensa en Cuba durante su cobertura de la enfermedad de Fidel Castro. Una experiencia que por momentos llegó a límites de paranoia.

"El gran hermano te vigila". La famosa frase de la novela de George Orwell rondó por mi cabeza y la de Manuel (García Miró) durante nuestra cobertura de la convalecencia del dictador cubano, Fidel Castro. Sabíamos que el reto de hacer periodismo en La Habana, un lugar donde la palabra libertad no está dentro del imaginario popular, iba a ser bastante difícil de cumplir; lo que nunca pensamos es que viviríamos una experiencia cercana a la novela "1984" del escritor británico. Interceptaciones telefónicas, citas a escondidas, sospechosos abordajes acompañaron la cobertura que realizó El Comercio, la cual por momentos rayó en la paranoia.

Cuarenta y siete años tiene Fidel Castro gobernando Cuba. En esa isla donde aún se puede observar autos Dodge de la década del cincuenta y donde aún se usa guayabera, todo huele a viejo. Un periodista extranjero nos dijo que el 72% de los nacidos en el país caribeño, unos once millones, solo ha tenido al dictador como gobernante. Esperábamos ver a un pueblo dominado por el caos, a miles de personas aterradas ante la posibilidad de la desaparición de su, amado y a la vez odiado, líder. Fuimos a comprobar cuán cierta era esa afirmación, queríamos ver el hito histórico que marcaría el final de la dictadura castrista. Nos encontramos con una situación diferente. El fin estaba más lejos de lo que pensábamos.

El engranaje perfecto de seguridad opera desde que uno se baja del avión. Meses antes había viajado como turista a La Habana y ya había pasado por los cuidadosos chequeos a los que los visitantes deben someterse. En esta oportunidad no variaron ni un poco. Un militar vestido de verde claro fue igual de quisquilloso con mi identidad y ocupación. Lo que tampoco varió en esta oportunidad fue mi respuesta en el rubro profesión. En vez de decir periodista, respondí : guionista.

PRENSA EN CUBA
La profesión de periodista es la menos querida en Cuba. La libertad de prensa es realmente una broma que se comprueba al leer las notas publicadas en los diarios, todos oficiales, de la isla. Publicaciones, como "Granma" o "Juventud Rebelde", funcionan más como propaganda del Partido Comunista que como medios de información.

La situación de la prensa internacional con permiso para trabajar, si bien no es tan radical, también sufre las intromisiones del 'Gran Hermano' cubano. Pudimos observar situaciones que parecían tomadas de una película de espías de la Guerra Fría. En una oportunidad, una fuente nos contactó con una periodista extranjera radicada en el país. La cita era en un hotel de La Habana y la única condición era esperar que ellos hablaran primero. Cuánta sería nuestra sorpresa al observar cómo su conversación se realizó caminando alrededor de la piscina del local. ¿Por qué tomar tantas precauciones? "Todo aquí está digitado", fue la explicación. Luego de esa experiencia, las conversaciones en clave que aprendimos a realizar no nos parecieron extrañas.

Por nuestra condición de periodistas no acreditados y contando solo con una visa de turismo, comprendimos que éramos la última rueda del coche. Cumplir nuestro deber informativo era realizar un acto ilegal, por lo que debimos hacerlo con la máxima cautela y sabiendo que nos exponíamos a ser expulsados del país. Antes de cada visita a un contacto era necesario observar que ningún policía o personaje sospechoso se encontrara cerca y, ante la eventualidad de ser abordado, era necesario tener lista una coartada que explicara el por qué de la visita a un periodista. Podíamos ser amigos de la infancia del reportero o fotógrafo, admiradores de su trabajo. Nuestras identidades eran intercambiables. Decirle que estábamos cubriendo la convalecencia de Fidel Castro era pecar de ingenuos. No lo hicimos.

A pesar de todas nuestras precauciones, no pudimos escapar de la vigilancia del Gobierno. Buena parte de nuestras conversaciones telefónicas estaban acompañadas por sonidos que delatarían el 'chuponeo' del que al parecer éramos objeto en el hotel. Ante semejante espionaje lo único que quedaba era hablar en clave con nuestros editores en Lima. La palabra noticia fue omitida de toda conversación, Fidel era el ' viejito' y nunca pronunciamos la palabra "periodista". Una de las intromisiones a la privacidad más notorias y, por qué no decirlo, hasta graciosa le ocurrió a Manuel. Era su primera experiencia en la isla y la sufrió como pocos. Tras una serie de comunicaciones a fuentes periodísticas realizadas desde nuestro hotel, recibió esta llamada:

--Aló, ¿habla usted español?
--Sí.
--Pero, ¿es usted español?
--No, soy peruano.
--Muy bien.

El personaje nunca se identificó, las razones de sus preguntas son hasta ahora un misterio. Nuestras fuentes confirmaron que esas intromisiones no son la excepción, sino la regla.

EL ENGRANAJE
Para comprender a Cuba es necesario darse cuenta de que es una sociedad diferente. Por encima de todo está el partido y, por ahora, aunque no lo admitan, por encima del partido está Fidel, el 'Gran Hermano'. Esta estructura partidaria permite que la cabeza sea protegida con pasión y eficiencia.

A Cuba hay que entenderla como un gran organismo en el que cada escalafón tiene su relevo asegurado. "Si desaparece una persona, inmediatamente será reemplazada por otra", nos explicó un periodista extranjero con más de diez años de experiencia en la isla. Todo el pueblo tiene algún tipo de relación con el partido. Desde los representantes en los vecindarios hasta las 'jineteras' (las famosas prostitutas que buscan turistas) colaboran con el órgano de gobierno cubano. Un elemento sospechoso es rápidamente descubierto por los ojos del partido que se encuentran en cada rincón de La Habana.

Durante nuestro viaje, la seguridad se había redoblado. La cantidad de policías y miembros del ejército desplegada en las calles era mayor a la normal debido a la convalecencia del dictador. No se iba a permitir ningún acto que molestara su descanso. Información no oficial sobre su salud o fotos del despliegue eran causales de molestia. Por esta razón el ingreso de periodistas estaba restringido y el partido no quería a cientos de "curiosos" indagando en La Habana. Un día después de nuestra llegada, decenas de reporteros fueron devueltos a sus países, fecha en la que nos dijeron que la "caza de brujas" iba a comenzar. Nuestras acciones eran tomadas con cautela. Sabíamos que el hecho de tomar una fotografía nos colocaba en la situación de sospechosos y lo reafirmamos un día después.

Manuel, tras consultar a periodistas establecidos en la isla, decidió empezar a usar sus cámaras profesionales y dejar en el hotel la pequeña cámara digital con la que había tomado fotos los días anteriores. En un momento en que cometimos el error de separarnos, una sospechosa pareja lo abordó. Una serie de preguntas incómodas dieron inicio a la escena. Manuel, que permanecía callado, sufrió el golpe cuando escuchó: "¿Qué pasa?, ¿Por qué no quieres hablar con los cubanos? Seguro eres periodista". Dichas palabras fueron acompañadas con guiños a un policía que se encontraba cerca. La situación fue salvada con explicaciones rápidas y un par de mojitos. No pasó de un susto. Luego, una periodista extranjera. "Supongo que saben quién era: un agente del servicio de inteligencia".

Fuimos identificados por esa gran maquinaria de observación que trabaja en todos los rincones de la isla. Sabíamos que nos observaban y escuchaban. No podemos negar que esa situación por momentos nos afectó y que nos hizo presas de cierta paranoia. Sin embargo, creemos que todo temor fue bien fundamentado por los sonidos que escuchamos al hablar por teléfono y las afirmaciones de nuestras fuentes que señalaban que, sin duda, ya estábamos siendo digitados. Íbamos a llegar hasta donde el 'Gran Hermano' quisiera y por eso decidimos no molestarlo demasiado. Teníamos que comprender que trabajábamos bajo sus reglas, porque de lo contrario seríamos expulsados.

UN MUNDO DE NOVELA
"Esto es Macondo". Esta frase nos la repitió un extranjero con más de seis meses en la isla durante todas nuestras conversaciones. Y al ver a los habaneros sentados frente a sus casas o sentados en el malecón, inmutables como esperando algo que no va a llegar, se puede decir que no está lejos de la realidad.

En esta ciudad, la vida se respira diferente, tiene un olor añejo propio de décadas pasadas. Es difícil saber si estos ciudadanos pueden ser felices en este mundo donde nada funciona a su hora y en donde eres vigilado a cada instante. La sonrisa y la coquetería de sus habitantes diría que sí, aunque las quejas de algunos de ellos podrían significar que es solo una pantalla. Más viable es la teoría de una de nuestras fuentes que señala que lo único que queda es tirarse los problemas en la espalda. "Él que no acepta se mata", nos dice. Pero, cuando uno se pasea por el concurrido malecón de La Habana y ve a los nutridos grupos de personas que ríen, bailan y tocan guitarra, entiende que la mayoría de la población es la que tira todo para atrás. En este Macondo la gente sigue bailando y sigue con su vida. Bajo la vigilancia del 'Gran Hermano', la pachanga continúa.





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