Sábado, 19 de agosto de 2006
La estela de muerte, misterios y el asombroso rescate de tocado moche
¿Maldición Mochica?. 20 años han pasado desde que tesoro moche fue huaqueado. Otras piezas mochicas estarían en manos de traficante internacional.

Como si se tratara de una pieza que maldice a quien la posee, el tocado mochica incautado en Londres ha dejado un reguero de misterio y muerte desde que desconocidos huaqueros la desenterraran junto con otros tesoros de la pirámide conocida como La Mina (en las cercanías del pueblo de Jequetepeque). Hoy, finalmente, Scotland Yard la tiene bajo su custodia y espera entregarla pronto al Gobierno Peruano.

SCOTLAND YARD
Una mirada lapislázuli confirmó a Scotland Yard que sus esfuerzos de más de un año habían tenido éxito. Haciéndose pasar por una coleccionista de obras precolombinas, la mejor agente de la Unidad de Arte y Antigüedades del cuerpo policial más famoso del mundo logró recuperar esta pieza de arte mochica, la cual era buscada afanosamente desde hacía casi diez años.

La mencionada agente encubierta hizo su aparición un año atrás en el mercado de traficantes de arte haciendo requerimientos y diseminando a su paso jugosas ofertas. Tras sus primeras tratativas, contactó a un coleccionista que sabía de joyas magníficas. La más lujosa, un tocado de 50 x 60 centímetros trabajado en oro laminado, era una cabeza humana con fauces de felino, cabellera con ocho brazos de pulpo y ojos con incrustaciones de lapislázuli.

Tras cerciorarse de que esta era una pieza extraída ilegalmente del Perú, la agente encubierta lanzó una cifra francamente irresistible: un millón de libras esterlinas (1.800.000 dólares), aunque impuso una condición a los vendedores: deberían entregarle la pieza en Londres. Los tratantes aceptaron.

Un cómplice de los traficantes, aparentemente un deportista famoso cuyo nombre se mantiene en reserva, llevó el tocado de Bélgica a Londres. Con su rico cargamento en la ciudad del Támesis, citó a la agente en la casa de un abogado londinense. Y así, tan pronto la supuesta coleccionista vio los inconfundibles tentáculos de oro laminado, ordenó la intervención policial, por la que el Perú estaría en un tris de recuperar uno de sus tesoros culturales saqueados casi veinte años antes.

EL HUAQUEO
Entre 1986 y 1988 un grupo de huaqueros que trabajaba en las inmediaciones de Jequetepeque encontró un tesoro invaluable. Según el arqueólogo Walter Alva, tales objetos superaban en valor y calidad a los descubiertos en la espléndida tumba del Señor de Sipán.

La zona huaqueada se conoce como el cerro La Mina, antigua pirámide mochica levantada en el siglo I de nuestra era. Durante dos años, los ladrones de tumbas extrajeron uno a uno todo el ajuar funerario del personaje moche allí enterrado. Pronto, sin embargo, corrieron los rumores de aquel fabuloso hallazgo. Y estos llegaron a oídos de Alva, quien rápidamente se presentó en los predios del valle de Jequetepeque, acompañado por la policía. Lamentablemente, ya era tarde. Aun así, los arqueólogos hicieron su trabajo: analizaron lo que restaba de la infame excavación, aunque solo rescataron restos de cerámica y constataron las dimensiones de la tumba.

Los tesoros saqueados, como tantos otros, irían a parar a las manos de traficantes y de inescrupulosos coleccionistas. Uno de los compradores de estas valiosas piezas -- según una fuente muy bien informada-- habría sido Raúl Apesteguía. Esta fuente aseguró a El Comercio que la suntuosa diadema mochica estuvo en manos de Apesteguía, pero que este la habría vendido un tiempo antes de ser asesinado al coleccionista internacional Leonard Patterson.

EL ASESINATO
Raúl Apesteguía --como se recuerda-- fue brutalmente asesinado en su casa el 26 de enero de 1996, mientras sus amigos aguardaban en otro piso de dicha residencia. La cena se celebraba en honor del suegro de Apesteguía, el pintor argentino Liberto Friedman.

La policía estableció que una persona amiga, posiblemente una mujer, tocó a su puerta a las 9:05 p.m. Apesteguía le abrió, pues seguramente la conocía. Junto con ella ingresaron tres sujetos más. Uno de ellos, sin mediar mayor explicación, lo golpeó con un objeto duro (probablemente un fierro) en el pómulo derecho. Luego le aplicó otro golpe en la frente, que le abrió una herida sangrante, la cual fue inicialmente confundida con el orificio que produce un proyectil de arma de fuego.

Sin mayor dilación, los asesinos guardaron en seis cajas todos los objetos de oro de esa estancia, así como cerámicos de la época precolombina y piezas de arte virreinal, y también cargaron diapositivas y disquetes de los registros de bienes que la víctima poseía.

Lima quedó conmocionada por el asesinato dado que Apesteguía era un reconocido investigador de arte y una persona muy apreciada.

Las investigaciones policiales, no obstante, concluyeron que Apesteguía estaba involucrado con el mundo del tráfico de objetos de arte y que su muerte habría sido perpetrada por una mafia manejada por traficantes internacionales.

A pocos meses de su muerte, en agosto de 1996, la policía intervino un cargamento en el aeropuerto Jorge Chávez, y allí se descubrieron 448 piezas de arte precolombino de gran valor. Entre ellas había tres que le fueron robadas a Apesteguía la noche de su asesinato.

El cargamento ilegal lo estaba despachando el teniente EP (r) José Orlando Muñante Albitres y tenía por destinatario al ciudadano francés Yves de Parceval, conocido traficante de arte precolombino, según la policía.

Hoy se sospecha que varias de las piezas robadas a Apesteguía la noche en que fuera victimado habrían ido a parar a la colección de Leonard Patterson.

EL CATÁLOGO
En 1997, Leonard Patterson organizó una clandestina exposición de arte precolombino en un museo de Santiago de Compostela (España). La muestra contaba con un lujoso catálogo impreso en Nueva York que daba cuenta de 1.173 piezas con el título "Prehispanic American-Time and Culture (2000 a. C. -1500 d. C.)".

Para Walter Alva, tal exposición se llevó a cabo con el fin de lavar los objetos adquiridos ilegalmente y para obtener compradores de buena fe. Una estratagema usual que emplean comerciantes inescrupulosos de obras de arte. Sin embargo, las cosas se le complicaron a Patterson cuando un misterioso personaje hizo su aparición: el holandés Michel van Rijn (el mismo apellido de Rembrandt), quien --según Alva-- ha sido un antiguo tratante de piezas históricas. Van Rijn, traficante arrepentido, es actualmente un obsesivo detective privado que se dedica a perseguir a traficantes de obras de arte.

Este detective holandés asistió a la inauguración de la muestra y obtuvo uno de los catálogos, e impulsó la investigación oficial contra Patterson. Fue Van Rijn quien sostendría que varias piezas que pertenecieron a Apesteguía hoy aparecen en el catálogo de Patterson. Una de ellas sería el pulpo de oro laminado, rescatado gracias al concurso de Scotland Yard.



Pablo O´Brien
Pierina Papi
Corresponsales



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