Domingo, 20 de agosto de 2006
Todos somos detectives

PETER ELMORE
el reconocido escritor limeño habla sobre la soledad, la distancia del país y las claves de la novela negra a propósito de su más reciente obra narrativa: "El fondo de las aguas"



Las ideas para sus novelas suelen exigirle diez o quince años de maduración. Son ideas que, en algún momento, abandona y luego retoma. "El fondo de las aguas" (Peisa), la última novela del escritor Peter Elmore, no es una excepción a esta reposada regla. La idea empezó a acosarlo cuando escribía su primera obra, "Enigma de los cuerpos", celebrada novela detectivesca que tenía a la ciudad de Lima por protagonista. Ahora, Elmore nos entrega una muy distinta forma de ver la ciudad, una Lima nocturna, amenazante y envuelta por la neblina que se vuelve espacio de una historia igualmente inquietante.

Si hay algo que caracteriza tu obra es la manera personal de adaptar el género de la novela negra.
A mí la novela negra me parece no solo la novela del crimen sino la novela del desciframiento. El detective es alguien que descifra, que lee, actividades que lo hacen entrar de lleno en el mundo. Quizás por eso la novela negra sea tan especial.

En "El fondo de las aguas" Santiago, tu protagonista, un gris profesor de matemáticas, demuestra que todos podemos ser detectives...
Exacto. Ni el ser detective ni el ser lector son profesiones. Es una condición para la que no es necesario especializarse. Tu misma experiencia como ser humano, el hecho de estar relacionado con otros, de definirnos ante la injusticia, la soledad, el silencio, la extrañeza de estar vivo, todo ello te lleva a ser siempre un detective, un lector.

Es interesante el detective que nos propones. Un profesor de matemáticas que pasa su vida inventando problemas teóricos, a quien el azar le propone una aventura y un verdadero problema que pone en aprietos su vida.
Resulta que Santiago es un personaje que está, de alguna manera, suspendido, estancado en la melancolía. Pero eso es al principio de la novela. Justamente, la ciudad, a través de una persona que está herida, le propone quedarse en la situación en la que está o salir de ella. Ante esta disyuntiva, él elige salir, sin ser consciente de que su acto de buen samaritano lo transformará. En unas pocas semanas, le ocurrirá lo que no le ha sucedido en los 15 años anteriores.

La soledad genera la melancolía del personaje. ¿Cómo manejas tú mismo la soledad, como escritor?
Cuando la soledad es aislamiento, es una resta existencial. En este caso, cuando la persona está sola, no está ni siquiera consigo misma. Hay una soledad que sí es buena, productiva, en la que sacamos a las posibles personas que hay dentro de nosotros. La ficción te da la posibilidad de sacar a esos seres de adentro. Creo que lo que ocurre con el personaje de la novela es que su soledad no es una soledad creativa, no es la soledad de Montaigne cuando decidió retirarse a su torre y escribir, que, al final, es una forma de acercarse a los otros en soledad. Lo que hace el personaje es ocultarse. Luego se enamora, con lo que se abre y se pone en riesgo. En la novela hay una situación de peligro literal, pues el protagonista se involucra en una búsqueda que le puede costar la vida, pero también hay otro nivel de riesgo, que es el desnudarse frente a la persona que uno ama, enfrentándose a su propia vulnerabilidad.

¿A veces no crees que se confunden esa soledad creadora y la otra soledad, la que paraliza?
Efectivamente es un riesgo. La soledad creadora también puede convertirse en una soledad estéril, donde hay momentos de angustia, de estancamiento, en los que uno no sabe si podrá seguir produciendo. A veces, la entrega a la propia vocación puede ser cruel con las personas que nos quieren y uno debería ser consciente de eso; lamentablemente, uno no puede ser consciente todo el tiempo.

Si los críticos han inventado una etiqueta para ti es la del escritor que escribe sobre Lima, sobre los años ochenta, sobre la violencia. ¿Estas etiquetas te acompañan cuando escribes?
Si me acompañaran tendría que censurarme antes de comenzar a escribir. Para romper con el cliché, tendría que romper con la experiencia de la ciudad, la misma que me marca y me forma. O tendría que hacer que en mis relatos no hubiera una trama que se sostuviera en la aventura de la búsqueda. Creo que cada escritor tiene su parcela, y que de ella hace su mundo. Y el espacio en que mi imaginación se desarrolla es el de la vida urbana. Que los temas que me solicitan son los que tienen que ver con experiencias extremas. Para mí, como escritor, es importante trabajar personajes en situaciones específicas, viviendo problemas que de algún modo deben resolver. Todo eso hace que se me pueda vincular con la novela negra.

En "El fondo de las aguas" no le das a Lima una presencia tan realista, como en tus novelas anteriores. Pareciera, más bien, desdibujada por la niebla.
Es una Lima de noche, envuelta por la neblina, en la que hay amenaza y aventura, y que tiene que ver con una suerte de geografía de la imaginación, con un drama de lo imaginario. Es una ciudad que, en la mentalidad de algunos de sus habitantes, está amenazada por un desastre inminente. Es una Lima en la que hay soledad pero también multitudes, en la que impulsos mesiánicos se acompañan con una cierta grisura nerviosa. Creo que lo que he hecho en esta novela es destilar la ciudad geográfica y trabajar con una geografía de lo imaginario, ese archivo de imágenes, creencias y percepciones que tenemos los limeños.

¿Es la novela en la que menos has jugado con las reglas del realismo?
De hecho, es una novela que me ha costado mucho en términos de coherencia. Cuando uno se aleja de la propuesta realista, la tentación es hacer de la novela un cajón de sastre y poner todo lo que se te ocurra. Lo que hay es un universo que tiene su consistencia y su lógica.

LA EXPERIENCIA NORTEÑA
Trabajas en la Universidad de Colorado y retornas a Lima todos los años. Pareciera que trabajas en EE.UU solo para volver al Perú...
Yo no me siento expatriado. Siento que vivo en el Perú dos meses al año y diez en Estados Unidos. Hay una cierta simetría. Pero no vengo de vacaciones, vengo a estar en el Perú, que es distinto. Y mi trabajo allá está muy ligado a mi vida y experiencia peruana. Nunca me he separado.

¿La distancia te sirve para ver el país con mayor perspectiva?
Mi distancia es peculiar. Muchos de mis interlocutores son peruanos. El diálogo es fluido y cotidiano. Creo que es una ilusión del expatriado creer que la distancia da lucidez. La distancia no da lucidez, solo genera indiferencia. Pero ese no es mi caso.

Entraste a Estados Unidos por la puerta del mundo académico...
Efectivamente, he vivido en ciudades donde hay universidades muy grandes. Austin, por ejemplo, muy marcada por la música. Boulder, en Colorado, está muy marcada por empresas de computación. No he vivido la experiencia que otros sí han sufrido. Por ejemplo, nunca he sentido el problema de la xenofobia...

Alberto Fuguet criticaba recientemente a los escritores cuya obsesión es irse a vivir afuera por motivos de éxito profesional...
Creo que el problema no es tanto vivir dentro o fuera. El tema central es cómo definir el trabajo de uno en relación con los lectores. Cuando alguien dice "Me voy del Perú a buscar un mercado más amplio", me parece una expresión detestable. A mí no me gustan los mercados chicos o grandes. Me importa la relación con los lectores, el fuerte vínculo con lectores que tienen preocupaciones similares a las mías. Que escriba fuera o dentro del país no es tan relevante en ese sentido. Lo que sí es importante es que vivir en Estados Unidos y trabajar en la Universidad me da mucho tiempo. Me permite trabajar en mis cosas y me libera de una ansiedad que veo en los escritores profesionales: tener la obligación de publicar cada cierto tiempo con una editorial.

Un país acostumbrado a vivir en un estado de tensión general, en alerta naranja permanente, supongo que te da muchas historias para tratarlas irónicamente desde la literatura.
Sí, y no solo irónicamente. Estados Unidos es uno de los países más interesantes del mundo. La sociedad civil es muy rica. Ninguno de los estadounidenses que he conocido se parecía al estereotipo del estadounidense. Y a las únicas personas a las que les he oído hablar de norteamericanos típicos son personas que en realidad no los conocen. Lo que sucede ahora en Estados Unidos está siendo elaborado notablemente por la literatura. Pienso por ejemplo en Chuck Palahniuk, un escritor de novelas muy delirantes. Él tiene una pista muy interesante para entrar a la sensibilidad de Estados Unidos del fin de siglo. Otro escritor que me parece que lo hace de una manera extraordinaria es Philip Roth. En cierto sentido, es lo que fue Balzac para el siglo XIX. Lo veo también en escritores que trabajan la nostalgia por ciertos mitos, ciertas maneras de imaginar lo americano, como Cormac McCarthy o Paul Auster, este último más ligado a una experiencia local, la de Nueva York. La literatura norteamericana está en un muy buen momento. Si la comparas con la literatura francesa, por ejemplo, te das cuenta de que la gran vitalidad creativa de este país...

Vargas Llosa decía que le parecía lastimoso el estado de la literatura francesa, sobre todo cuando se considera a Michel Houellebecq el mejor escritor de este país.
Exacto, es un escritor menor. La diferencia es abismal.

¿Y existe la voluntad de escritores latinos residentes en Estados Unidos por enriquecer esta tradición literaria?
La hay. Hay escritores interesantes como el dominicano Junot Díaz, o el peruano-americano Daniel Alarcón. Ahora bien, habría mucho mayor enriquecimiento si muchos de los que escriben literatura latina en Estados Unidos no se dedicaran a confirmar los estereotipos de lo latino. Pero claro, hay una presencia fuerte de lo latino en la vida cultural estadounidense, y eso está produciendo algunos textos interesantes, aunque todavía nada de muy alto nivel.

Una presencia latina que también es muy temida...
Ahí está justamente esta fortísima tensión con el tema de la inmigración ilegal. Hay mucha gente que se jacta de progresista, humanista y liberal, pero estos valores se reducen a la tolerancia frente a minorías 'aceptables', como por ejemplo los judíos. El antisemitismo es intolerable, pero formas de racismo antilatino sí se toleran y muchas veces se expresan en el discurso público. Por ejemplo, el último trabajo de Samuel Huntington, el autor de "El choque de las civilizaciones", denuncia una tensión muy peligrosa entre lo americano, que implícitamente es lo anglosajón protestante, y la minoría latina creciente, que para él es siempre problemática, sean braceros mexicanos analfabetos o profesionales bilingües. Es ostensiblemente una forma de racismo que está presente.

RIBEYRO SECRETO
Recientemente has publicado un libro de ensayos sobre Julio Ramón Ribeyro. Sorprende que fuera del Perú se le considere un escritor tan de bajo perfil, aunque actualmente se ha convertido en "secreto a voces" entre los lectores más sofisticados.
Efectivamente, se ha convertido en un secreto público. Es curioso: Ribeyro tiene un doble estatus: es un autor leído masivamente en el Perú y un autor de culto fuera. Eso se está corrigiendo. Un cliché que pesa sobre él es que se trata de un autor desconocido y periódicamente se lo descubre. Y eso va a seguir ocurriendo... No es un mal destino ser continuamente descubierto.

¿Y qué les fascina especialmente a los lectores extranjeros de su obra?
Entre nosotros, el cariño a Ribeyro tiene que ver con su imagen de escritor, intérprete y cronista de una Lima que cambiaba en los años cincuenta. Obviamente, fuera del país esa no es la imagen. Ribeyro, para un español u otro latinoamericano, es un escritor muy próximo al mexicano Sergio Pitol. Es un autor que deliberadamente opta por una condición lateral, que frecuenta géneros 'menores', que no distingue entre escribir ficción o ensayo, que al construir su obra literaria hace de su propia presencia como escritor un elemento clave. Ribeyro es visto como un posmoderno interesante, que frente a la idea de la novela total aparece como un escritor que indaga en su propia sensibilidad y en la de otros como él.


El fondo de las aguas
Autor Peter Elmore
Editorial Peisa Nacionalidad Peruana
Trayectoria Peter Elmore nació en 1960, en Lima. Ha trabajado como periodista en varios medios de prensa en el Perú. Enseñó literatura en su alma máter, la PUCP, y luego viajó a Estados Unidos, donde obtuvo el doctorado en literatura en la Universidad de Texas en Austin. Actualmente es profesor en la Universidad de Colorado.
Bibliografía Ha publicado ensayos y cuentos en diversas revistas peruanas. Destacan sus novelas "Enigma de los cuerpos" (1995), "Las pruebas del fuego" (1999) y los libros de ensayo "La fábrica de la memoria" (1997) y "Los muros invisibles" (1993).



Enrique Planas



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