Domingo, 27 de agosto de 2006
Despedidas en la Casona


En el trabajo cultural, siempre tenemos la esperanza de que las instituciones se consoliden, que las buenas prácticas se prolonguen, que la continuidad y prosecución de objetivos se impongan por encima de simpatías o camaraderías ideológicas, que prevalezca la calidad de propósito y gestión por sobre partidismos y que, por último o quizás en principio, se logre un acuerdo en cuanto a metas, se tenga la visión clara compartida y el compromiso de sostenerla y se lleven adelante estrategias que permitan un buen proceso de desarrollo y crecimiento. Esperanzas que se tienen en cuanto a todos los entes no dependientes de las prácticas políticas de los gobiernos de turno --usos sin posibilidad de cambio, al parecer--, pero de las que esperábamos que entidades como las universitarias pudieran concretar.

Una vez más, nos equivocamos. A la salida de Gustavo Buntinx como director del Centro Cultural de la Universidad de San Marcos, quien ha logrado en su gestión imprimir un sello y un perfil definidos, con los que se puede o no acordar, pero a los que no se puede dejar de aceptar como positivos, se suma ahora la partida de Armando Williams, quien como director del Museo de Arte de dicha institución ha llevado a cabo una labor impecable, plural y altamente profesional.

Su último proyecto, inaugurado recientemente, es "Cambios Estructurales I" (al parecer parte de una serie mayor), para el que convocó a cuatro artistas jóvenes que ya han destacado con sus respectivas propuestas. El resultado es cuatro instalaciones, concebidas en función del espacio asignado a cada uno, tomando motivo central la experiencia urbana limeña. Encarar un proyecto de esta envergadura comporta una exigencia poco usual en el medio. El esfuerzo es notable y de variado resultado. José Carlos Martinat, quizá sea quien más arriesga y también quien obtiene el mayor logro. Su 'casa' sugerida es también la visión de la miseria, el horror, la destrucción pero también la lucha por un lugar. Breve, escueta y hasta austera, consigue imponer una experiencia que casi siempre se limita al registro periodístico o la frase mediatizada.

Joaquín Liébana confirma que el exceso, bien planteado y mejor resuelto, es un arma poderosa y liberadora. Su gigante en la 'huaca', amarrado e indefenso, rodeado de un cielo risible, y unas formas totémicas con decorado restallante, hace volar la imaginación y sonreír sin saber el motivo. La "Fábrica" de Ishmael Randall impacta y abruma, pero esta vez está al borde del esteticismo.

Fuerte y desbordada, aunque de fácil lectura, la obra de Raura Oblitas aparece como una reflexión metafísica amparada en la experiencia de su tránsito.

Miguel Andrade reitera y aumenta la sobrecarga de su reciente exposición, crea un abigarramiento que se vuelve exclusivo para su propia motivación, pero que emprende un camino de confusiones en el espectador. Desentrañar sus numerosos signos, caotizados quizás con el propósito de metaforizar el colapso producido por el tráfago urbano, se convierte en un mosaico que no logra hilvanar ni permite armar su significado. Sin embargo, solo para el público avisado --y acá podríamos entrar en la imposible digresión del porqué y para quíén-- hay datos de una presencia talentosa que lucha por abrirse paso.

A Buntinx y William, el reconocimiento. A quienes toman la posta, el pedido de mantener el nivel alcanzado junto con los buenos deseos.



Élida Román



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