>


 
Sábado, 2 de setiembre de 2006
Punto de vista: La chamba extra de las marcas

Gustavo Rodríguez, escritor y publicista*
Si asumiéramos que usted es un peruano promedio, aún no había nacido cuando el Perú fue a un Mundial de fútbol la última vez y en los álbumes que sus amigos juntaban nunca asomó la cara de un peruano.



Ya que menciono figuritas, usted debió haber usado las láminas Navarrete para ilustrar sus deberes y, poco a poco, pudo intuir que nuestro Perú oficial de estatuas y plazas no tiene héroes, sino mártires.

Cuando usted tuvo edad para ir a la avenida Grau, poco a poco se dio cuenta de que no tenemos micros que en su banda lateral tengan el recorrido Puente Piedra-Plaza de la Gran Victoria, por no decir que no tenemos una plaza Trafalgar que conmemore una victoria sobre un vecino.

Ya que hablamos de historia, recordemos que a usted y a mí nos dieron en el colegio la versión simplista e inexacta de que quinientos españoles derrotaron a un imperio de diez millones de indios, lo que por un tiempo hizo que en nosotros creciera un sentimiento encontrado: odio a esos malnacidos codiciosos, pero también una secreta admiración por su hazaña.

Quizá por esa época a usted también le contaron que el Perú tiene el segundo himno más bonito del mundo después de La Marsellesa, algo así como el segundo puesto del "American Idol" o el casi-casi ganaste el Grammy, y dicho de esa manera sí era creíble: decir que era el primero del mundo hubiera generado la suspicacia que trae abajo toda mentira.

Luego, el plan escolar lo llevó inexorablemente a estudiar la Guerra con Chile, y no pudo dejar de pensar en qué desgraciados que fueron, y qué bien que un marino no peruano, de apellido Petit Thouars, los haya amenazado con bombardearlos si es que tomaban Lima de mala manera.

Pero volvamos al deporte: ya que nunca pudimos ser victoriosos en esa gran metáfora de la vida que es el fútbol, tratamos de cambiar la historia con otra disciplina. Parecía que lo hacíamos en Seúl 88: las rusas caían ante ese vendaval peruano que les había ganado ya dos sets, y estábamos a un punto de tener un mejor equipo del mundo por primera vez en su historia. Pero el punto no llegó. El estigma de ser peruano, sin duda.

Con el tiempo usted sí pudo ver a peruanos ocupando los más altos podios del mundo. A una tablista, por ejemplo, o a algún navegante de velero Optimist: deportistas individuales que confiaron en sí mismos, y nunca a un equipo de peruanos coordinados que debían confiar en otro peruano para cumplir con su objetivo. Salvo, claro, a nuestro equipo de chicos de las olimpiadas especiales, que barrieron con las medallas de oro alguna vez.

Quizá ahí está la respuesta: esos lindos chicos, tan vitales y optimistas, nos hicieron ver que los que tienen algo mal en la cabeza no son ellos, sino todo el resto de nosotros. Ellos juegan alegremente sin los prejuicios de nuestra historia, sabiendo que perder es una posibilidad; el resto de peruanos lo hace sintiendo que perder es una responsabilidad.

Bertolt Brecht dijo una vez: "Desgraciado el país que necesita héroes", y pareciera que lo hizo pensando en este país que necesita creer en algo. Por ello no es extraño que hoy las marcas nacionales tengan una labor adicional a la de encontrar empatías para ganar mercados: la de ser representantes del orgullo y la identidad nacional. Por todo esto, no es descabellado que los marketeros y comunicadores peruanos agreguemos una materia importante a nuestros estudios: Diagnóstico histórico social de la realidad peruana 1 y 2. Las matrículas están abiertas.

* WWW.TORONJA.COM.PE






¿Qué espera usted de los Concejales Jóvenes?
4 Envíe su opinión


Copyright Empresa Editora El Comercio S.A.
Derechos reservados
Contáctenos

Edición impresa