Sábado, 31 de marzo de 2007
El desencanto de un mito

Miguel Ángel Cárdenas M.
CRÓNICA DE VIAJE. En tres semanas, desde La Habana hasta Guantánamo, pasando por Matanzas, Santa Clara, Cienfuegos, Camagüey y Santiago de Cuba, la isla comunista derriba sus mitos sin misericordia. ¿Salud, educación, seguridad? Hay más desolación.

Si entrar al aeropuerto cubano para un extranjero es como ingresar herido y sospechoso a la sala de emergencias de un hospital militar, sin ser militar (hasta los empleados del baño te escrutan tus ADN imperialistas). Para un cubano de Cuba sería como entrar a otra isla, mezcla de Disneylandia, Groenlandia y Transilvania: el aeropuerto es la provincia más desconocida, exótica y prohibida para los compatriotas de Compay Segundo.

Con una mentira, el vecino de la familia que me recibirá en Centro Habana ha conseguido ingresar su auto. "Di que eres mi primo si nos para un policía", dice quien ha burlado el decreto de que solo los taxis autorizados pueden llevar a los turistas. En toda la capital, si descubren que alguien traslada a un extranjero sin ser uno que tiene convenio con el Estado, lo multan con más de 75 dólares; que es asolador cuando el sueldo promedio de un trabajador cubano es de 10 dólares al mes. Pero todos lo burlan.

No existe Gran Hermano en lo cotidiano; justo cuando llegué prohibieron la antena parabólica clandestina con una multa de 1.500 pesos y el decomiso de los electrodomésticos. La mitad se arriesgó a seguir teniéndolo. El Estado que promovía el fuego ahora hace agua.

Centro Habana es un corazón apuñalándose: Los balcones de las casas tugurizadas y desplomándose parecen cuevas con estalactitas de adobe y cochambres de escaleras; pero en pie de rumba como debió ser el Callao clásico. Salvo la irrestrictamente bella Habana Vieja, el resto se cae a granizadas. La avenida Obispo, donde se encuentran las tiendas y restaurantes, es una zona liberada para el lucro.

Si el 16 de abril de 1968 Fidel Castro "planteó" la necesidad de impulsar una ofensiva revolucionaria que arrancara de raíz todo tipo de capitalismo y parasitismo que, disfrazado de comerciantes, explotaban al pueblo y apoyaban la contrarrevolución", ahora solo puede sobrevivir con un comunismo hipócrita. Si un liberal fuera más avispado, vería que Cuba es uno de los lugares en que mejor funciona el mercado. El negro --donde se encuentra de todo--y el abierto, para los visitantes de las sociedades de consumo que son bien consumidos aquí. Todo es oferta y demanda: en la supuesta sociedad que abolió las clases sociales , reina la clase turista.

--¿Hipócrita? No, acere, con ese dinero nos construyen escuelas y hospitales, lo que ustedes no tienen en sus países-- responde Jorge, un taxista de 50 años. (Acere es el equivalente de pata o pana).

Pero todas las noches era lo mismo en toda la ciudad: en una cuadra se ven turistas europeos sin polo, tomando ron y haciéndole el amor con ropa a las prostitutas. Y los policías sonriendo. Un turista es la antipersona mina de oro del régimen, además de las remesas de Miami. Dos cuadras más allá: también cubanos sin polo, bebiendo y riendo... y los policías reprimiéndolos.

"Ustedes tienen más derechos que nosotros", me dice un ingeniero que le reza todos los días a Yemayá, la santa negra "que ayuda a cruzar agua salada".

Además, la división social se agrava porque existen dos monedas en pugna. El peso cubano y el peso convertible, que se supone equivalente al dólar. Esta moneda es una especie de tercera vía desde el 8 de noviembre del 2004. El dólar como moneda es inválida, pero su influjo es omnisciente. El peso cubano sirve para comprar lo irrisorio y lo risible: la mala comida mínima de los mercados, los pasajes en los 'camellos' y 'guaguas' y el cine a cincuenta centavos. El convertible es para todo lo grande, no accesible al sueldo promedio cubano de 10 dólares al mes.

Es imposible caminar por toda Cuba sin ser invadido. "Hola, México", me dice un muchacho estentóreo. "Soy peruano", respondo. "Oh, Cuba y Perú, somos países hermanos, mi socio". A una cuadra, mientras me ofrece desde los habanos más finos y las mulatas más sabrosas, hay una mesa ya servida. Hay dos daiquiris y se supone que se los tengo que invitar para finiquitar las transacciones. En tres semanas, era hasta escabroso: en cada esquina, cada sonrisa amistosa e insistente era interesada.

Rossy se llama una prostituta blanca con nalgas de semidiosa africana que insiste con voracidad. La 'jinetera' --es lógico, en una cultura que inventó el bolero-- no es una cualquiera: te vende el rito del amor. "Qué lindo tú eres, te he estado observando, me he enamorado de ti". Pero la novelería llega a la grosería cuando no deja esquina en paz.

- ¿Qué pasa, no te gustan las mujeres cubanas?, prorrumpe un tipo .

- ¿Tú no eras el hombre nuevo del socialismo, acere? ¿El hombre nuevo vende a la mujer nueva, acere? ¿Y la mujer nueva se vende a un extranjero, acere?-- quiero que me encarcelen.

NO ES LO MISMO, PERO ES IGUAL
Preguntando subrepticiamente, el rumor constante era que en Matanzas se encontraba la mayor parte de la oposición al régimen. Y hallé el nombre de uno de los pocos hombres a los que el Gobierno no le puede hacer nada, por su simbolismo: Humberto Real, el padre del detenido Humberto Real Suárez. (Su caso es visto por Amnistía Internacional desde que el 6 de mayo de 1996 le decretaron la pena máxima, que apeló. Real Suárez fue detenido en la selva de Caibarién, cuando de-sembarcó de Miami para organizar una rebelión).

Líder del Acra (Alternativa Cambios Radicales Anticomunistas), con Humberto la conversación fluyó en lo más profundo de un paladar (las casas a las que el Estado les ha autorizado vender comida). "Existen 316 presos políticos, intento visitarlos a todos, desde lo de mi hijo me he convertido en luchador por los derechos humanos", dice Humberto, quien dice que supera el miedo como quien se limpia la nariz tupida. Caminé con él, en su locura, mientras dejaba en los puestos de supermercados y en farmacias cartelitos secretos con la palabra 'cambio'.

Su partido solo cuenta con once afiliados y tienen una táctica abierta: sus reuniones opositores son públicas. "Los servicios de inteligencia no tienen ni que infiltrarnos; es más, asisten para aprender", dice antes de que nos peleemos cuando dudo de que su hijo no haya sido financiado por los llamados "gusanos de Miami". Pero luego me abraza toscamente: "Verdad que es bonito que así discrepemos, yo debería tener el derecho a exponer lo que pienso".

DE SOL Y SOLIDARIDAD
¿Se podía instalar la solidaridad por decreto?, ¿se podía decir, a partir de hoy: "de cada uno según sus capacidades, a cada uno según sus necesidades"? Se supone que lo que hacía éticamente superior al socialismo frente al capitalismo es ese valor sustantivo y sustancial. Busqué la solidaridad infructuosamente.

Obcecado en vivir como ellos, me quedé tirado seis horas en la carretera a Cienfuegos --el paisaje de colas de personas que se desperdigan en todas las vías de la isla a la espera de un camión informal es desolador-- y en medio de la lluvia más ardiente de este país en que anochece a las ocho, el más solidario de los hijos de la revolución me cobró 60 dólares por un aventón salvador (que me hizo maldecir hasta al Che, convertido por el régimen en un mero cli-ché... de sumo consumo).

"Fidel es Dios", me diría el chofer mercantil. Y durante todo el viaje hasta Trinidad, hasta Santa Clara, hasta Santiago de Cuba: desde Juan, un agricultor que vive vendiendo plátanos en la carretera de Sierra Maestra hasta Pedro Luis, un guía de turistas con ya cuatro viajes al extranjero, "gano más aquí trabajando con ellos que afuera haciendo cualquier cosa": todos se declaran fidelistas a matar. "Todo está en el cerebro de Fidel", "estamos sufriendo pero ya saldremos, él sabrá cómo", "todo lo malo sucede a espaldas de él": el comandante es un mito. Y el Estado se ha esforzado en crear esa figura legendaria, con calculado romanticismo --en mayor escala lo fueron Lenin, Mao--. La supervivencia del régimen depende de cómo administren el mito, luego de su muerte. (Raúl no tiene popularidad en ningún rincón de Cuba, pero es considerado un histórico).

En Santiago de Cuba se escucha la música más bailadoramente elaborada del mundo, pero no la danzan sus mendigos ni sus niños que piden dinero (del paraíso solo queda el estrépito, no es mejor ni peor: es solo un país latinoamericano más).

¿La mejor educación de América Latina? La busqué también con despecho. Y es cierto que cualquiera accede a la universidad, le facilitan libros intercambiables y becan a muchos estudiantes latinoamericanos sobre todo de Medicina. Sin embargo, el gran rumor en toda la isla es el de una huelga silenciosa de los maestros por los bajos sueldos. Por eso, es ostensible que el régimen ha tenido que improvisar en las escuelas a jóvenes recién salidos de la universidad como profesores.

¿El pueblo más culto? Si en todas sus librerías oficiales solo existen libros de Marx y Engels, cosas de Lezama Lima y Carpentier, estudios antropológicos y obras básicas de literatura universal. Y mucha autoayuda (sintomático)

-¿Y Vargas Llosa? ¿Y Borges?-- le pregunto a un librero de viejo.

- No es que me repriman, pero son mal vistos, los tengo escondidos- y acepta lo embrutecedor que es tener una ideología monolítica.

¿La mejor salud? Y este sí es un logro de la revolución. En Santa Clara acompañé a las tres de la madrugada a un niño, hijo de guajiros --campesinos--, con problemas respiratorios que fue operado sin costo alguno. La salud es el orgullo inmobiliario de todo cubano. (Esto junto con el control radical de la información y la neutralización de la rebeldía juvenil con los dos años de servicio militar obligatorio y luego de reserva son quizá los pilares con los que se sostiene la dictadura). "En tu país no sucede eso", dicen todos certeramente. Pero también es cierto que esos hospitales de las provincias --sobre los de la paupérrima Guantánamo-- son como aquí: con mala comida, cucarachas y sábanas sucias. Y que en las farmacias no se encuentra ni una aspirina (tanto que están vendiendo lo que llaman "medicina verde" o naturista).

¿El maldito bloqueo? Maldito. Pero, ¿por qué conviven sobre todo en La Habana los famosos autos viejos con carros del año? En la Universidad de La Habana, un sociólogo trémulo dice susurrante: "Son los nuevos ricos de Cuba, no solo la cúpula sino los artistas, los músicos y los médicos que son los únicos que pueden viajar y tienen permiso para traerlos". Y lucen su riqueza en barrios pletóricos como Miramar.

Cuba fue la metáfora perfecta del siglo XX: la utopía que hizo soñar a generaciones, que declaró abolido el racismo, la desigualdad, que parecía libertaria. Pero fue al revés y se aniquiló en sus propias contradicciones. En el avión de regreso al egoísmo institucionalizado, solo pongo con ira una canción de Fito Paez, rayada en todo el viaje: "¿Quién dice que todo está perdido?... yo vengo a ofrecer mi corazón".





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