Lunes, 26 de marzo de 2007
Al final de todo lo dolido


SANACIÓN. El jueves último los pobladores de Lucanamarca recibieron la sentencia que condenó a Abimael Guzmán por la muerte de 69 de sus hermanos, hijos o padres. Una romería en el Día de los Muertos cerró décadas de incertidumbre. Las heridas de la guerra empiezan a sanar

Por David Hidalgo Vega

Cuando llega al punto exacto donde hace 23 años le dispararon en la nuca, Gualberto Tacas, un sobreviviente, expulsa las últimas lágrimas de un miedo dilatado. "Aquí estaría mi tumba, aquí me traerían flores en este Día de Muertos", dice al borde de un abismo montañoso que bien podría ser reflejo de su propio precipicio interno. Esta parado sobre sus piernas, los músculos le tiemblan y muestra una huella de bala cincelada en el cráneo que se proyecta por dentro hasta su mejilla izquierda, en una trayectoria limpia, según los médicos, porque abrió la boca para gritar mientras lo acribillaban. Son las primeras horas del Día de los Difuntos. El hombre accedió desde temprano a ese peregrinaje que debía ser como repetir su martirio de 1983. Durante varios minutos estuvo recreando en voz alta su fuga fallida, el momento en que los asesinos lo alcanzaron, el instante en que alguien lo reconoció como alcalde del pueblo y lo entregó, la orden de quemarlo. Pero llega a la meseta y entonces retrocede al mismo miedo, al grito y al balazo, como si acabaran de dispararle y estuviera, igual que esa noche, abandonado a su muerte. De todos los momentos terribles que enfrenta un hombre este es el peor: el retorno al sitio de su ejecución.

CÍRCULO DE PENA
Lucanamarca está rodeado por lugares parecidos: la fachada de la iglesia que el día de la masacre quedó bloqueada con cadáveres, las estancias de la puna cercana donde fueron ejecutados niños y adultos, el monte que ya entonces tenía el premonitorio nombre de El Calvario, más calvario que nunca. La historia de este pueblo sugiere varios peregrinajes dolorosos, pero esta mañana un espíritu festivo se impone desde la plaza tranquila, adornada con banderillas blancas y rojas. En este lugar la gente va a recibir el consuelo final, una rúbrica de la justicia: la sentencia contra Abimael Guzmán, el hombre que los mandó asesinar.

El acto es ritual y balsámico, la forma en que las heridas de esta guerra necesitan ser curadas. Un grupo de la Comisión de Derechos Humanos (Comisedh) --la ONG que asesoró a los deudos en la investigación y el juicio-- ha llegado con el resultado de meses de angustia. Familiares de las víctimas esperan sobre las sillas blancas, frente a un camión de carga improvisado como escenario. Gente de los anexos ha llegado convocada por la radio comunal. Es un concilio de dolientes que se congrega en silencio.

El programa empieza con el izamiento de la bandera y el himno nacional. Hay que ver el respeto con que los comuneros asumen los símbolos patrios, sin sombrero, mano al pecho, la dignidad desabrigada. "La justicia tarda pero llega", proclama el alcalde Arnaldo Chaupín. Son las primeras frases de una cadena de voces aliviadas. Hay ánimo de celebración y los deudos han preparado una danza campesina. El grupo entra a la plaza por la esquina de la iglesia, lo que no deja de ser un exorcismo circular: fue a las puertas de ese templo donde la muerte llegó a machete y bala, el vaivén de la vida contra el vaivén de la muerte.

El alivio está hecho de palabras que este pueblo necesita escuchar. Carola Falconí, de Comisedh, les habla del tiempo en que la CVR les encargó recopilar los testimonios de esa barbarie. "Ustedes nos narraron sus vivencias, peripecias, dolores y también sus esperanzas". El auditorio asiente con la traducción al quechua. El presentador anuncia a Gustavo Campos, el abogado que durante ochenta y seis audiencias representó su causa. Su voz es pausada y sus palabras sobrias. Señala la importancia de las exhumaciones de las fosas en que estuvieron enterrados los mártires del pueblo, les habla del juicio, de los argumentos falaces de Abimael Guzmán para minimizar la matanza. "Luego de veintitrés años de ocurridos los hechos, hemos logrado algo de justicia (...) ya se sentenció al líder de Sendero Luminoso a la pena más alta que hay", explica.

Entonces muestra el cuadernillo que contiene la sentencia. Es un momento muy intenso. El hombre que pudo hablar ante los ojos asesinos de Guzmán vacila de emoción ante las víctimas que le tocó defender. El poder de los rituales es ese: recuerda el abismo superado, el que empezó con cada muerte que parecía impune.

La idea queda clara en palabras de Ignacio Tacas, presidente de la Asociación de Familiares de las Víctimas, que recibe el documento para no soltarlo más: "Durante años no pudimos visitar a nuestros muertos, porque no sabíamos dónde estaban o nos daba miedo llegar allí. A partir de enero del 2003 pudimos juntarlos en el cementerio. Con esta sentencia estamos más tranquilos". Una romería en este Día de los Muertos confirmará que el círculo de incertidumbres se cierra aquí.

FLORES DE ALIVIO
Los ramos han llegado de Lima en camioneta. Hay flores blancas, amarillas, violetas y anaranjadas, todas de una belleza fúnebre pero apacible. Tras la ceremonia, los deudos se acercan a recibirlas como ofrenda para informar a sus muertos que al fin se ha pagado sus lágrimas. Ofrendas que parecen decir: ahora sí, el que te hizo esto está perdido, el que te mató está castigado, el que nos separó va a lamentarlo para siempre.

Llegan y se identifican con su lazo doloroso: si el muerto era su hermano, su padre o su madre, un tío, un primo, un cuñado, un hijo. Algunos reciben un ramo, pero otros bien podrían recibir tres, cinco o nueve, porque el tamaño de esta matanza admite 69 posibilidades de sufrir. Las combinaciones son infinitas, como ocurre con Marcelino Casavilca, otro sobreviviente.

Está tranquilo en una esquina. Tiene en las manos un pequeño ramo de flores amarillas y blancas que llevará a la tumba de su esposa, muerta tras la golpiza recibida ese día. Mientras se alista la marcha, se me ocurre decirle que tal vez podríamos tomar otra foto como la de Gualberto Tacas, en el lugar donde murió por primera vez, como un documento de la tragedia, porque ambos sobrevivieron horas, tendidos en su sangre, hasta que los rescató el Ejército. Entonces recuerdo eso de que hay palabras de las que ya no se vuelve, porque no puedo tragarme las mías: sus ojos se cubren de un rojo agonía, su miedo de hace lágrima, el espanto de su rostro me duele a mí también. "No puedo regresar allí, me enfermo de pensar". Queda claro que la romería es el inicio del alivio, sí, pero solo el inicio.

Por la senda polvorienta que lleva al cementerio van historias parecidas. Sus ofrendas coinciden en un pabellón blanco marcado con esta frase: "Los Ángeles de Lucanamarca". Todos los nichos ocupados llevan la misma fecha de muerte, 3 de abril, recuerdo del día más negro de este pueblo. Allí Sócrates Rojas pone dos velas y un ramo de flores violetas a su padre, asesinado en El Calvario. Lo mismo hace la nuera de Francisco Allauca, otra víctima, cuyo apellido se repite en varias lápidas. Cada quien repite el ritual de cada año, con la diferencia de que esta vez, después de tanto tiempo, el reposo ha doblegado a la angustia.

Todavía hay heridas que cerrar y, sin embargo, el Día de los Muertos propicia un conjuro ecuménico: un sacerdote católico y un pastor evangélico ofrecen sus responsos y prédicas para quienes opten por cada fe. Un trío de música cristiana canta por todos. El duelo de Lucanamarca no va a terminar esta tarde, pero qué sereno puede ser.

EN PUNTOS
4 La historia de Lucanamarca será contada en un documental que aborda el caso hasta la entrega de la sentencia contra Abimael Guzmán. Sus realizadores, Héctor Gálvez y Carlos Cárdenas, de TV Cultura, lo presentarán en marzo del 2007.

4El dibujante y antropólogo Edilberto Jiménez prepara la historia ilustrada de la masacre.





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