Jueves, 14 de diciembre de 2006
Rivera Martínez para niños


Consagrado entre los mejores narradores peruanos en actividad, Edgardo Rivera Martínez (Jauja, 1933) posee un registro completo: domina el cuento y la novela (aquí recordemos "País de Jauja" y "Libro del amor y de las profecías", dos cimas de los años 90), con una calidad pareja sin parangón en las letras peruanas.



Por Ricardo González Vigil

De otro lado, acoge desde la recreación realista de un marco vital (privilegiadamente, su Jauja natal) hasta el deslumbramiento fantástico, la iluminación onírica y el sustrato de creencias real-maravillosas, todo ello ambientado unas veces en la sierra y lo rural, otras veces en Lima y lo urbano, entretejiendo así las tendencias de nuestra narrativa. Solo le faltaba la literatura para niños, y he aquí que incursiona magistralmente en el difícil arte del relato infantil con valores literarios relevantes, sin caer en esquematismos morales y psicológicos. Y es que Rivera Martínez deja que hable el niño que lo habita: una óptica en la que priman la intuición, la imaginación, la sensibilidad, la admiración, el juego como aprendizaje deleitoso de las pautas socioculturales, el placer de vivir a plenitud el instante junto con el afán ilusionado de crecer y ser adultos (proyección a un futuro mejor).

El cariño infantil a los animales le dicta "Pimpiro", en el que unos niños curan a su perro con actividades que parecen mágicas, pero que son estrictamente las del hombre que respeta la naturaleza: "No te pongas inútilmente en peligro, ni marchites lo que es hermoso, y, menos, enturbies lo que es puro" (p. 19). Una sombra olvidada sirve de lección para entender que "lo mejor en la vida es estar abierto siempre a lo extraño, a lo maravilloso" (p. 28). Para que nadie pueda leer su diario íntimo, una niña inventa una escritura secreta sintiendo el disfrute de algo hecho por ella, lo que "en cierto sentido constituía toda una forma de poder" (p. 39). Los tres cuentos siguientes se nutren del amor a la música y la danza que caracteriza el mundo creador de Rivera Martínez: se trata de descubrir nuestra "música interior" (p. 53) no dejándonos aplastar por las injusticias o las frustraciones. Resulta bellísimo cómo el sol parece convertirse en un "sol niño" para danzar con el pequeño danzante de tijeras. Finalmente, al malograrse la campana herida por un rayo, los protagonistas del último cuento la siguen escuchando en su espíritu "más sensibles a la belleza de sus formas" (p. 61).

De otro lado, este año Rivera Martínez ha agregado un nuevo título ("Los balnearios de Lima: Miraflores-Barranco-Chorrillos") a la estupenda colección de antologías que confecciona para la Fundación Bustamante de la Fuente.

Seis cuentos
Protagonizados por niños (cuyas edades van de los 10 a los 14 años), estos cuentos reelaboran con magia y poesía, ternura y humor, los temas típicos de la tradición popular andina: curación de animales, comportamiento insólito de la sombra humana, belleza plástica de la escritura (iconografía), bailes regionales, danzantes de tijeras y fascinación por las campanas. Caracterizan al volumen la integración armoniosa a la naturaleza, la capacidad de asombro ante el maravilloso mundo en que vivimos (esa admiración elogiada por los griegos como punto de partida de la filosofía, la ciencia y el arte) y la invitación al despliegue de nuestra energía espiritual: tres lecciones fundamentales que Edgardo Rivera Martínez encarna en estos cuentos de prosa impecable, con el corazón en exaltación gozosa, en fusión transparente con el cosmos.

Título "Una azucena de luz y de colores"
autor Edgardo Rivera Martínez
editorial Norma





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