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Domingo, 17 de diciembre de 2006
Análisis: Hacia la construcción de un PBI verde


"El Perú no aparece solo en libros de texto de macroeconomía, también somos ilustración de manuales de ecología por la depredación de la anchoveta de hace tres décadas"



Por José Carlos Orehuela, economista

Desde hace algunas décadas, una corriente de economistas impulsa la construcción de cuentas nacionales que incorporen la dimensión ambiental. El reducido pero creciente y entusiasta 'lobby' académico ha alcanzado al Banco Mundial, que acaba de publicar un reporte que pregunta dónde está la riqueza de las naciones, y también a las Naciones Unidas, que trabaja una metodología para la cuantificación macroeconómica de la pérdida de los 'activos de la naturaleza'. Lo que se discute es la necesidad de cuantificar un 'PBI verde' y la 'inversión nacional genuina', variables que ajusten a los tradicionales PBI y formación bruta de capital por la pérdida de recursos no renovables y la generación de pasivos ambientales.

El crecimiento del PBI es un indicador imperfecto de la mejora del bienestar social por múltiples motivos. En lo que atañe al crecimiento basado en la explotación de recursos naturales, el problema es que al ser un indicador de los beneficios privados de hoy, esconde tanto externalidades ambientales presentes como pérdidas económicas futuras. Una economía que avanza basándose exclusivamente en gas o petróleo, por ejemplo, agotados los pozos, se quedará literalmente sin combustible para crecer. Lo mismo ocurrirá si se extingue por sobreexplotación un recurso renovable, como la biomasa marina que regresa hoy a la discusión pública.

En estos casos, los ingresos nacionales los generan activos que van siendo 'consumidos'. Sostener los ingresos nacionales requerirá además mercados internacionales favorables, que la renta se invierta en nuevos activos productivos. De no lograr ese círculo virtuoso, una economía experimentará un crecimiento empobrecedor, un flujo positivo de ingresos a costa de una pérdida neta de capital. Una oportunidad perdida como otras tantas que ilustran nuestra historia económica, que ha girado alrededor de la explotación de canastas de recursos naturales: el guano, el caucho, el petróleo, los minerales o la anchoveta.

Así como los tiempos de la gran depresión y las guerras mundiales atrajeron la atención de los economistas por la discusión del desempleo, las evidencias del cambio climático y la exponencial industrialización de China en tiempos recientes han puesto los reflectores en la sostenibilidad ambiental del planeta. El último estudio al respecto proviene de un encargo del Gobierno Británico a un equipo liderado por un ex economista jefe del Banco Mundial. El Informe Stern no hace sino repetir lo que desde hace buen tiempo la comunidad científica independiente ha venido sosteniendo: el cambio climático es una realidad y sus potenciales efectos son devastadores, particularmente para los más pobres, como suele ocurrir.

La importancia política real que recibe el medio ambiente, sin embargo, es menor. Ciertamente, no ha ocurrido catástrofe ambiental semejante a la recesión y el desempleo generados por guerras mundiales y depresiones. Si la construcción del PBI fue un encargo de posguerra de la Liga de las Naciones a Keynes, no carece de lógica esperar que sea una inundación parcial de Nueva York en algunas décadas, por el derretimiento de los glaciares, lo que finalmente impulse una agenda ambiental efectiva. Además del rol que juegan los intereses económicos y las ideologías, fundamentales para entender la desidia de EE.UU. en estos asuntos, los seres humanos solemos estar más inclinados a reaccionar que a prevenir.

Más allá de su trascendencia mundial, tomar en serio el medio ambiente es vital en el Perú de hoy. Hemos sido un 'mendigo' muy descuidado en el uso de nuestros 'bancos de oro'. Las facturas se han ido acumulando y la política ha sido esconderlas debajo de la alfombra.

Si fue por ignorancia, hoy existen conocimiento y herramientas para mejorar sustancialmente el estado de las cosas. Si fue porque había que sacrificar la naturaleza o a los pueblos vecinos en 'beneficio de la nación', hoy los valores culturales del país son otros. Si fue por dejadez, hoy la sociedad muestra que no quiere ser más cómplice por omisión, y no son solo las vilipendiadas ONG, lo es crecientemente la prensa independiente con investigaciones serias que merecen el aplauso.

Es momento entonces de abordar lo ambiental con la responsabilidad debida, retomando un importante esfuerzo que quedó a medio hacer. Nada mejor que comenzar por algo política y técnicamente significativo: las entidades encargadas de la supervisión ambiental de actividades productivas no pueden seguir bajo el mando de los ministerios sectoriales. Es muy interesante que en este tema no escuchemos el 'hagamos como Chile', tonada tan popular en las últimas dos décadas para abordar otras reformas. Pues hay mucho que aprender de su experiencia.

No exento de problemas, Chile ha establecido una institucionalidad ambiental especializada, altamente calificada y lo suficientemente independiente de los intereses económicos y vaivenes políticos. La viabilidad ambiental de los proyectos mineros, por ejemplo, se decide donde corresponde, en la Comisión Nacional del Medio Ambiente, no en el ministerio sectorial. Es evidente que el sistema judicial y los contextos burocráticos y políticos son otros, pero aquí no defendemos recetas universales, sino principios de política. Y el mensaje es claro: capacidad técnica, transparencia, independencia y predictibilidad. La autoridad en democracia se construye sobre la legitimidad de las instituciones.

En la misma dirección, una comisión independiente y de indiscutible prestigio científico que audite la emergencia ambiental en La Oroya, así como un plan concreto que remedie los pasivos ambientales acumulados e ignorados en décadas por beneficios económicos a costa de perjuicios en salud, medio ambiente y actividades económicas vecinas, constituyen pasos concretos impostergables. Es pasar de los 'gestos' a los 'temas de fondo'.

En lo que toca al sector pesquero, también es necesaria una agenda integral que revise y fortalezca el sistema regulatorio. El Perú no aparece solo en libros de texto de macroeconomía por la hiperinflación vivida hace dos décadas, también somos ilustración de los manuales de ecología, por el caso de la depredación de la anchoveta experimentada hace tres. El exceso de flota pesquera es un tema serio y la debilidad institucional es clara, sin entrar en el asunto de la contaminación.

Aprendimos la importancia de la estabilidad monetaria, pero no prestamos la misma atención a la sostenibilidad. ¿Será la 'maldición' de nuestra diversa riqueza natural, que hace que desaparecido un recurso florezca otro caído como maná del cielo? ¿Optaremos por algún tipo de cambio responsable o seguiremos recurriendo a la alfombra y los reactivos carritos de bombero? Para construir un PBI verde hay que transformar nuestro histórico Estado empírico, que tanto criticó y sufrió Basadre.





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