Martes, 27 de marzo de 2007
Arte y acción contra el olvido: Sobre El cuerpo ausente, libro de Miguel Rubio




Por Emilio Tarazona

Una obra presentada por primera vez en 1990 narra la historia de un dirigente campesino, Alfonso Cánepa, quien ha sido torturado, muerto y mutilado en Ayacucho pero cuyo espíritu toma prestado el cuerpo de un Q'olla y se las arregla para llegar a Lima. Viene a exigir al Presidente de la República que le entregue, para poder alcanzar sepultura, las partes de su cuerpo que probablemente sus asesinos trajeron a la capital. Aquél discurso en la obra Adios Ayacucho -con momentos terribles que alcanzan un humor y aire mítico que nos recuerda algunos pasajes de las novelas de Manuel Scorza- había sido pronunciado siempre, en la ficción, en la Plaza Mayor de Lima, ante Palacio de Gobierno. Pero el 4 de junio de 2001 el actor y el personaje se encontraban realmente allí, fundiendo su voz con la de varios otros (vivos y acaso también ausentes), mientras esperaban la firma del decreto presidencial que daría inicio a la Comisión de la Verdad.

La memoria y requerida dignidad de la persona allí inicialmente dramatizadas se convirtieron en un argumento más en favor de un presente que reclamaba por su propio pasado, aún cuando este sea un tiempo atroz con pérdidas irreparables. Un pasado que también debía ser reconstituido, como un cuerpo.

De este tipo de intertextualidad y permeabilidad con la realidad da cuenta El cuerpo ausente (performance política), título del libro que Miguel Rubio, director del Grupo Cultural Yuyachkani, ha publicado como un documento que recorre visual y textualmente algunos aspectos del trayecto reciente del trabajo realizado. Entre ellos, principalmente, aquél relacionado con la memoria de la violencia que ha sacudido la historia peruana así como su necesidad de duelo y reparación, tan urgentes como la de esperanza. Rubio destaca allí cómo el cuerpo del actor, centro de todo acto escénico, tuvo que asumir inicialmente (dentro del proceso histórico de la propuesta del grupo) otros cuerpos que le permitían expresar la fantasía de lo imaginario y la multiplicidad de nuestra diversidad cultural, para llegar a un momento en que les era necesario hacer suyo también el vacío: "La muerte impune y su secuela de sustracción brutal y arbitraria de cuerpos desvalorizados por violentos y poderosos bandos se instaló entre nosotros" (p. 33).

Así, incorporar dentro de la propia consistencia fisiológica la ausencia de un cuerpo es una forma de darle nombre a lo innombrable (al dolor, a la muerte y al autoritarismo, que se presenta impune en Sin título, 2004). Un acto de señalamiento similar al que Rosalind Krauss denominaba en los setenta lo indiciario: aquello que, a diferencia del símbolo, requiere de una relación física con su referente: como una huella o una sombra. El origen del arte de acción (denominado también performance) aparece en un contexto análogo de desaparición y vejación del cuerpo, al emerger en distintos países desde fines de los años cincuenta con un antecedente como la Segunda Guerra Mundial. Como apunta Kristine Stiles, su manifiesto corporal como forma y contenido propugnados en este, apunta a la preeminencia del valor de los seres humanos por sobre el valor de los objetos.

Pero ni para Yuyachkani, ni para los despliegues contemporáneos de lo indiciario, esto ha sido únicamente una suerte de "punto cero" del lenguaje que cancela el aspecto simbólico. Se trata sin embargo de una interferencia permanente y fértil entre naturalismo y simbolismo. Si bien Rosa cuchillo, 2002, incorpora a su propio discurso fragmentos de declaraciones de Angélica Mendoza -fundadora de la Asociación Nacional de Familiares de Desaparecidos en 1983- y otros referentes o narraciones específicas e intransferibles, todas llegan a presentarnos aspectos universales del drama humano de la guerra. Ello permite la actualización en otro tiempo y espacio de textos tan emblemáticos como Antígona, 2000, unipersonal de Teresa Ralli.

Precedido de un estudio de Ileana Diéguez, el libro reúne testimonios, notas, cartas, entrevistas y fotografías que giran en torno a estas obras, aproximándonos a ellas sin mostrarlas (la acción es principalmente interacción en un espacio y tiempo definido entre actuantes y público, aunque estos últimos puedan ser papeles intercambiables).

El contexto de la publicación no es gratuito: durante el 2006 Yuyachkani celebró el 35 aniversario de su fundación y durante los últimos meses repuso un conjunto representativo de su repertorio, además de presentar la exhibición El lugar habitado, Yuyachkani - espacios escénicos, que reunió entre setiembre y noviembre, en el Museo de Arte y Tradiciones Populares del Instituto Riva-Agüero, objetos y escenografías parciales que han constituido parte del acervo material de su vasto itinerario creativo. Un itinerario cuya experiencia compartida, aludida por los documentos de esta última exposición, resulta siempre mucho más impresionante.


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