Miércoles, 17 de enero de 2007
Rincón del autor: Y se llama Perú


El Perú pasa delante de nosotros y no nos interesa. Cada uno tiene su hueco, su barrio, su club, su playa. El resto, bien, gracias. El resto es cada vez más resto



Por Abelardo Sánchez León

Nadie sabe lo de nadie. ¿Qué es saber? Saber es salir de tu propia piel.

Este diálogo lo tomo de una novela de Amos Oz y sirve para entender (no saber) lo adentrados que estamos cada uno de nosotros en nosotros mismos. Afuera, la calle, la realidad, está dura y como si fuésemos avestruces enterramos la cabeza bajo tierra. Los problemas que se debaten en la política nacional tienen un aire surrealista y ante ellos nos encogemos de hombros. Las personas que ponen a sus hijos en la escuela pública que se preocupen del Sutep: aquellos que tienen familiares comprometidos con el terrorismo o han sido acusados injustamente o sentenciados sin pruebas, que se preocupen por lo de la Corte de San José; aquellos que trabajan en las ONG que defiendan sus fueros.

Uno de los temas más recurrentes para entender lo peruano es el de la identidad. Pues bien, no hay identidad sin solidaridad y sin interés por saber lo que pasa más allá de nuestras narices. Solamente nos detenemos cuando hay un accidente en la carretera y olisqueamos para ver si hay muertos o heridos. El Perú pasa delante de nosotros y no nos interesa. Cada uno tiene su hueco, su gueto, su barrio, su club, su playa. El resto, bien, gracias.

El resto es cada vez más resto, además: personas anónimas, diferentes, metidas en sus problemas. El tráfico puede ser el ejemplo más cruel de nuestros encuentros. Por lo general sirve para insultarnos, cruzarnos, chocarnos y meternos el carro. Si la idea que antes dábamos era la de dos peruanos peleándose, ahora podemos decir que es la de dos peruanos odiándose. ¿Cómo podemos pedir que juguemos al fútbol si se trata de un deporte colectivo? ¿Cuál fue el milagro que unió al vóley por lo menos durante una década?

Los ciudadanos cierran sus calles como medida de seguridad en La Molina, San Miguel y en Los Olivos. La ciudad se encierra en sus urbanizaciones como una ostra. Uno sale de su casa para ir a otra casa. El camino es tierra baldía, abandonada a su suerte. Las piedras se acumulan en el tramo de la Costa Verde de Barranco, nadie, simplemente nadie las recoge. En las esquinas tropiezas con los mismo niños de siempre, con los mismos vendedores, con los amigos del Centro Victoria. Intercambiamos un ligero saludo en el tiempo que nos permite el semáforo.

Por primera vez vivimos toda la jerga sociológica en carne propia: la fragmentación, la brecha social, la falta de representación política. Sentimos que andamos a la deriva a pesar de los eficientes indicadores macroeconómicos. Cada cual anda con su collera, cada uno quiere solamente a los suyos.





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