Domingo, 15 de abril de 2007
La imaginación contra el mal


El laberinto del fauno

Por Ricardo Bedoya

El laberinto del fauno es de esas películas que uno quisiera haber visto a los siete u ocho años de edad para tenerla siempre como un miedo más de la infancia, tal vez el más "real" y escalofriante de todos. Y es que esta película española del mexicano Guillermo del Toro tiene las dosis exactas de inocencia, crueldad, candor, sadismo, lirismo, pesadilla, fantasía y monstruosidad para estimular la imaginación y causar oscuros sobresaltos. En el cine actual, sólo las películas del checo Jan Svankmajer y las del japonés Hayao Miyazaki y, a veces, Tim Burton, logran similar fusión de encanto, ensoñación y repulsión.

Es un cuento de hadas, como deben ser estos cuentos. Con una niña infeliz que busca evadirse de la insoportable realidad. Una realidad tan abyecta que ya no parece real, y que luce con esa falsedad típica de las historias imaginarias, como La bella y la bestia, en la versión de Jean Cocteau, o En compañía de lobos, al mejor película de Neil Jordan. Es una realidad de cartón piedra y de estudio cinematográfico, donde hay un molino en el campo y un bosque cercano, un gran árbol moribundo, insectos arcaicos, un jardín oculto y una luna intensa de diseño que ilumina crímenes, ruinas ancestrales, un laberinto y una guerra civil que ya acabó pero que aún se prolonga. Es la situación paradójica de un país que ha empezado sus "cuarenta años de paz" pero que sigue derramando mucha sangre, la de los "maquis", que tampoco aceptan la realidad y la resisten desde lo profundo del bosque. En el centro de lo "real" está sembrada la utilería de lo fantástico. 

En este cuento no hay una madrastra, pero sí un padrastro, mejor dicho un monstruo malvado, un fascista vil, un modelo indeseable de padre. Ofelia, la niña protagonista, lo rechaza para acoger otros modelos masculinos: el de la memoria y el pasado, el padre genético, un sastre al parecer mínimo y débil, y el imaginario fauno, mezcla de tronco y macho cabrío, acogedor y malévolo a la vez, sacado de la imaginería de Beardsley. Para afirmar la sexualidad del personaje, durante el rodaje, Guillermo del Toro le indicaba al actor enfundado en el traje de fauno que fuera "más Jagger y menos Bowie".  El fauno quiere devolverle a Ofelia el rango de princesa del mundo subterráneo y le plantea pruebas que la obligan a enfrentar los espantos que están al otro lado del espejo. Pero aquí las dos caras del espejo sólo reflejan horrores.  

Y como sucede en todos los cuentos, en el recorrido Ofelia se transforma, se prueba a si misma, resiste el miedo, el asco y el dolor, y hasta se convierte en madre por procuración. Las pruebas a las que la somete el fauno y que son  los núcleos centrales del relato la llevan a acoger a su hermano recién nacido, a escapar con él, a protegerlo de la última prueba y a darle un nuevo nombre, cambiando su destino. El niño no sabrá el nombre de su padre, cortándose el perverso y patriarcal parentesco moral con el fascismo. Una situación que liga el mito con la historia y que evoca el metafórico nacimiento del hijo de Penélope Cruz, el niño de la "nueva España", al inicio de Carne trémula, de Almodóvar.

Las imágenes en reversa del inicio de El laberinto del fauno, con la sangre de Ofelia regresando a su cuerpo para empezar el relato, ponen la película toda bajo el signo de la alucinación de una moribunda. Una niña que ha sido víctima no de su fantasía sino de su entorno, de su vida real y cotidiana, mucho más salvaje que el mundo paralelo del "hombre pálido", que es una versión del Saturno devorando a sus hijos, o del sapo grotesco. Una situación que hace inquietante esta película. Es como si Robert Mitchum hubiera ultimado a los niños fugitivos de La noche del cazador, imponiendo la sensación de que el mal no tiene contraste ni contrapeso y lo contamina todo. Todo, salvo la imaginación que celebra, triunfante, la llegada de Ofelia al mundo de la realeza, donde gobierna el rey Federico Luppi. Es la versión del paraíso (Del Toro se declara católico) para los cuentos de hadas. Sólo que es un paraíso entrevisto en el momento de la muerte, lo que explica el tono triste, melancólico, de este relato que es también un réquiem por el fin de la infancia.   

Ivana Baquero, que encarna a Ofelia, es una niña perfecta. Tiene la mezcla de asombro, malicia y rebeldía que mostraba la aún más pequeña Ana Torrent en El espíritu de la colmena, de Víctor Erice, otra gran cinta española sobre el terror que asalta a los niños. Sergi López es el mal en estado puro, pero representado en su rutinario actuar. Es el "mal" que se afeita, apura un trago, repara el reloj del padre, que es un vínculo con la tradición, el patológico patriotismo y la brutalidad. López está formidable cuando repara la cicatriz causada por Maribel Verdú, que reduce al psicópata a una versión grotesca de El hombre que ríe, de Hugo, llevado al cine mudo por Paul Leni y al que Del Toro rinde homenaje aquí.

Esta es la mejor película de Guillermo del Toro, que hizo antes las logradas Cronos y Blade II, así como Mimic, Hellboy y El espinazo del diablo. Acierta en casi todo: el relato es absorbente; el montaje encuentra transiciones creativas, que aportan dinamismo al espacio y elipsis seguras;  la fotografía tiene los tonos ocres que apoyan el desasosiego; el diseño de sonido amplifica los ruidos de la noche para envolvernos con un clima particular; los efectos especiales son eficaces y sobrios. Pero sobre todo el conjunto tiene una singular calidad plástica, una siniestra belleza.


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