Domingo, 25 de febrero de 2007
Una vida marcada por la poesía


Entrevista: JORGE PIMENTEL
El fundador de Hora zero publica "En el hocico de la niebla", un nuevo libro de poemas, mientras prepara la inminente reedición de "Ave Soul" (1973), con un prólogo escrito por Roberto Bolaño.

Por Francisco Melgar

Los libros de Jorge Pimentel (Lima, 1944) no solo dan cuenta de una aventura literaria cuyos descubrimientos no dejan de resonar en la lírica peruana de los últimos 37 años, sino que también narran el itinerario vital de un hombre que hizo de la escritura un refugio y, al mismo tiempo, un reflejo de los momentos más convulsos y críticos de la historia de nuestro país. Su irrupción en la literatura peruana llega en 1970, con la publicación de "Palabras urgentes", un texto que marcó el nacimiento del movimiento Hora Zero y que denunció, con lenguaje rabioso, la falta de una poesía que le hiciera justicia a la experiencia marginal, al nuevo paisaje urbano provocado por el "desborde popular" de los provincianos que llegaban a Lima, y al lenguaje que se respiraba en las calles menos refinadas de la capital. Al igual que el movimiento punk inglés, que incitó la aparición de bandas de rock formadas por músicos sin una formación académica, Hora Zero provocó la irrupción de poetas que no provenían de las facultades de Literatura de las universidades más prestigiosas, pero que, gracias al impulso del mencionado manifiesto, descubrieron que tenían una historia digna de contarse.

Y todo empezó con un rechazo a la poesía de Neruda: "En la Universidad Federico Villarreal, donde yo estudié, había un grupo de poetas que leía a Neruda, pero yo no me sentía identificado con esa poesía. Gracias a un amigo descubrí la poesía de Enrique Lihn y empecé a juntarme más con la gente que gustaba de la poesía de Lihn y no con la gente que leía a Neruda. Tomé partido. Así, para no cruzarme con el grupo de adoradores de Neruda me pasé al turno de la tarde, donde conocí a Juan Ramírez Ruiz, a Jorge Nájar, a Julio Polar, a Mario Luna, a Manuel Morales, con los que formé Hora Zero. Mario Luna venía de Chimbote, Nájar había llegado de la selva, Julio Polar del Callao, Manuel Morales venía de un barrio de forajidos de Miraflores. A medida que nos conocíamos nos dábamos cuenta de que nuestras conversaciones, nuestras experiencias no estaban en la poesía peruana. Nadie escribía poesía que hablara de las calles que veíamos, de los pueblos jóvenes, de los desplazados. Por eso Juan Ramírez Ruiz y yo hicimos el manifiesto. Lo publicamos en la primera revista de Hora Zero que distribuimos por nuestra propia cuenta en librerías y kioscos", recuerda el poeta.

¿Y QUÉ SUCEDIÓ ENTONCES?
A los dos días ya nos tocaban la puerta, querían hacernos entrevistas, algunos se declaraban a favor, otros en contra. Gracias a los periódicos y a las revistas el manifiesto trascendió. Y la gente empezó a comprar nuestra publicación, que venía con algunos poemas, ya que todavía ninguno de nosotros había escrito un libro. De pronto comenzaron a buscarnos muchachos de todas partes, de La Victoria, Cercado, Barrios Altos, de las residenciales, querían ser poetas. Como había tanta gente que llegaba a tocar la puerta de mi casa, mi madre me mandó a vivir al garaje, que empezó a funcionar como oficina de Hora Zero. Al final éramos tantos que tuvimos que mudarnos a un departamento viejo en el jirón Huancavelica, una casona antigua donde la gente dormía y comía. En esa época publico "Kenacort y Valium 10", mi primer libro, muy loco, lleno de dedicatorias, pero que sirvió para afianzar mi personalidad.

¿POR QUÉ LE PUSISTE ESE TÍTULO?
Eran las pastillas que tomaban mi madre y mi padre, y que yo veía cada vez que abría los botiquines de mi casa.

En esa época retaste a duelo a Antonio Cisneros.
Sí. Nosotros sentimos que Toño había hablado mal de nosotros. En ese entonces él ya había ganado el premio Casa de las Américas. Fue un reto, que se concretó en el INC. Leímos poemas frente a José Miguel Oviedo, a Chabuca Granda. Al final yo leí un poema dedicado a mi padre y Chabuca se me acercó y me dijo que le había encantado. En medio del recital un amigo de Hora Zero se levantó de su silla y me disparó con una pistola de fogueo y yo me tiré al suelo. Fue un evento muy teatralizado.

"Ave Soul", tu segundo libro, que Roberto Bolaño calificó de "una sencillez y una energía desarmantes", lo publicas en Barcelona. ¿Qué te llevó a viajar a Europa?
Yo me fui a Europa porque quería llevar la voz de Hora Zero a España. Para editar "Ave Soul" tuvimos que solicitar permiso al Ministerio de Turismo e Información. Era la época de Franco. Uno llevaba su libro para que lo aprobara o lo desaprobara la censura. A mí solo me dieron permiso para imprimir el libro y exportarlo, no para que circule en España. De todas maneras encontramos la forma de meter algunos en las librerías de Barcelona. A Lima solo traje 50 ejemplares.

Entonces escribes "Primera muchacha", un poema larguísimo, intenso, escrito sin signos de puntuación, que guardas por más de veinte años. ¿Qué recuerdas de esa época?
Cuando volví de España, Pablo Guevara me invitó a trabajar en el INC. Al poco tiempo me harté de ese trabajo, pero me pagaron el tiempo que había estado allí. Yo ya tenía "Primera muchacha" en mi cabeza, así que aproveché el tiempo libre y el dinero que tenía para escribirlo. Todos los días me iba al Bar Cordano y escribía desde las 9 de la mañana hasta las 6 de la tarde. Casi todo el libro lo escribí allí.

"Palomino", el tercer libro que publicas, aparece diez años después de "Ave Soul", y con un tono completamente distinto. Si "Ave Soul" era luminoso y expansivo, "Palomino" es un libro que transmite un profundo desencanto.
"Palomino" me agarró en una época de carencias económicas. Fue una época muy dura, muy difícil. Mis compañeros de Hora Zero se habían ido del país y yo no podía viajar. Además, ese es un libro que le prometí a mi madre, que se estaba muriendo. Recuerdo que en el mismo piso del Hospital del Empleado donde la tenían internada estaba Juan Gonzalo Rose. Mi madre me contaba que Juan Gonzalo la iba a visitar y le preguntaba por mí. Lo que él quería era que le comprara unas pastillas prohibidas. Pastillas para dormir. "Poeta, cómpreme estas pastillas", me decía. Yo le respondía: "No, Juan Gonzalo, no me digas eso". Y él me advertía: "Mira, cuando un poeta te pide un favor, tienes que hacerlo al instante".

Pasarían otros diez años para que publicaras "Tromba de agosto". Un libro sumamente violento que parece reflejar la época de la violencia terrorista.
"Tromba" lo hice en la calle, agarré un mapa y empecé a recorrer Lima mientras lo escribía. Creo que cada libro es un lenguaje nuevo y lo tienes que plantear de forma diferente. Yo iba por la calle con mi lapicero y mi papel, me subía a los ómnibus, llegaba a Lince o Jesús María, me refugiaba en un bar. Escuchaba lo que hablaban. "Tromba" es un libro enloquecido. Tenía que encontrar un nuevo lenguaje para enfrentar la vida. Me sentía solo. Indefenso.

¿Crees que existe un hilo conductor que comunique tus libros entre sí, que sostenga tu obra y le da una unidad en el tiempo?
Creo que en todos mis libros hay muchos motivos pero un solo personaje, que es el poeta que recibe a la poesía para poder sobrevivir, para salvar su amor, para salvar su vida. La poesía es una lucha contra el vacío, un acto de resistencia, una gran batalla que se libra cuerpo a cuerpo, por eso sientes esa angustia, esa ansiedad, ese dramatismo, ese cansancio, esa rabia.





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