Miércoles, 21 de marzo de 2007
Potencias sin poder


El Comercio aclara
El domingo 18 de marzo, en la página A6 de nuestra edición impresa, se publicó el artículo "Potencias sin poder" bajo el crédito de Alfredo Bryce Echenique. Según este, su secretaria remitió al Diario por error un texto de Oswaldo de Rivero que formaba parte de su bibliografía. El escrito del embajador De Rivero apareció originalmente en la revista "Quehacer" de Desco, en la edición 153, correspondiente a marzo-abril del 2005. Alfredo Bryce Echenique ya extendió las disculpas correspondientes al autor, a El Comercio y a nuestros lectores. Volvemos a publicar el mismo en salvaguarda de los derechos de autor del embajador De Rivero.

Por Oswaldo de Rivero, Embajador del Perú (r)

La situación del mundo actual es paradójica. Se integra globalmente por procesos productivos, corrientes comerciales, flujos financieros, etcétera, y a la vez se fragmenta por el incremento de la desigualdad social, conflictos civiles, religiosos, genocidios, terrorismo, proliferación nuclear y degradación ecológica.

En un mundo roto como el que va surgiendo, ni la más poderosa potencia logrará poner orden. Estamos, así, frente al comienzo de una suerte de vacío de poder global. Hoy, los grandes arsenales nucleares que tienen EE.UU., Rusia y los medianos de Gran Bretaña, Francia y China han perdido su sentido estratégico, pues estas turbulencias sociopolíticas y ecológicas no se resuelven con disuasión nuclear.

Ante el mundo caótico en que vivimos, EE.UU., con sus siete flotas y decenas de bases militares y aéreas por todo el mundo, ha probado que no tiene poder suficiente para crear una 'pax americana'. EE.UU. es vulnerable a ataques terroristas que son difíciles de disuadir, pues los grupos terroristas no tienen territorio y además están compuestos por células dispersas clandestinamente por todo el globo.

La victoria militar de EE.UU. sobre los harapientos talibanes y los mal equipados batallones de Saddam Hussein logró derribar los odiosos regímenes de Kabul y Bagdad, pero no ha resuelto el problema de la amenaza terrorista en territorio americano. En la llamada "guerra contra el mal" es más fácil derrocar regímenes tiránicos que dar seguridad a los ciudadanos de Nueva York o de Los Ángeles contra futuros atentados terroristas y, además, los cambios de regímenes en Iraq y Pakistán tampoco son garantía de que estos países se convertirán en auténticas democracias aliadas de EE.UU. El poder militar estadounidense ha logrado victorias militares pero sin triunfos políticos.

Esto se debe a que el coloso estadounidense tiene tres déficits estructurales imperiales. El primero es su dependencia del capital extranjero para financiar su sociedad de excesivo consumo, que se refleja en una colosal deuda externa y en un megadéficit que está haciendo perder la confianza en el dólar. El segundo déficit se debe a que las Fuerzas Armadas estadounidenses, formadas por voluntarios, están hoy sobreextendidas y no encuentran reemplazos suficientes. El tercero es cultural y consiste en la poca resistencia de la sociedad estadounidense a las intervenciones militares largas y costosas en vidas. Destacados académicos internacionales como Paul Kennedy consideran que el poder militar de EE.UU. no es eficaz para enfrentar las amenazas del siglo XXI, ya que no es posible enfrentar al terrorismo, la proliferación nuclear, el narcotráfico, el tráfico de personas y de armas, los graves problemas ambientales y la enorme pobreza mundial con portaviones, misiles cruceros, bombas láser y marines. En fin, que no se puede controlar la muy complicada situación del mundo actual como un 'sheriff' solitario.

Hoy EE.UU. y las potencias occidentales democráticas, que son las únicas que tendrían capacidad de poner orden en el mundo, tienen enormes problemas para intervenir militarmente. Sus sociedades de consumo, basadas en la idea de la gratificación material inmediata, no aceptan sacrificios para resolver problemas en regiones pobres y alejadas. A los políticos de las grandes potencias democráticas les es casi imposible vender la idea de que es necesario participar en las 'intervenciones humanitarias' de la ONU. Su electorado no está dispuesto a sacrificar la vida de sus hijos y a pagar más impuestos para establecer un nuevo orden mundial. La sola idea de ver a sus soldados regresar en bolsas de plástico aterra a sus gobiernos, por el castigo electoral que ello podría significarles. Actualmente, la respuesta de EE.UU. y de las potencias occidentales ante las violaciones masivas de los derechos humanos, por ejemplo, es una mezcla de indignación con extrema prudencia, que disfraza su falta de poder para intervenir.

Estados Unidos sigue siendo una superpotencia pero no es un imperio, y su acción unilateral tiene serios límites, aunque este hecho tampoco debe llevarnos a pasar de una utopía unipolar a una multipolar, porque Francia, Alemania, Japón, China o la India, ni juntas ni separadas, pueden ejercer un balance multipolar de poder frente a la potencia americana. Hoy, en vez de unipolaridad o multipolaridad, lo que hay es un déficit de poder mundial. Las grandes potencias son impotentes ante un mundo caótico y fragmentado por la pobreza, el cambio climático, las guerras civiles, el terrorismo, el genocidio, la proliferación nuclear y el tráfico de armas, drogas y personas.





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