Por Gonzalo Galdós
Director de la Escuela de Postgrado de la UPC
El pasado fin de semana tuve la oportunidad de participar como espectador del triunfo de nuestro equipo de tenis en la Copa Davis, en Asia. Involucrado emocionalmente al límite como aficionado y activo practicante de este deporte desde niño, me incorporé en forma entusiasta y espontánea al contagiante clima de apoyo a nuestros jugadores.
El sábado, nuestro jugador Iván 'Chino' Miranda estaba conjurando el dramático desenlace de la serie, frente al número uno de México. El partido había sido suspendido por falta de luz el día anterior, luego de que el 'Chino' perdiera, como agua entre los dedos, la ventaja previamente conseguida. Faltando solo dos cruciales 'games' (estaban 5-5), se definía si íbamos a un desalentador quinto set.
Confieso que, llevado por mi empatía como jugador ante circunstancias similares, mi apoyo al 'Chino' podía haber sido considerado excesivo por algunos sufridos y silenciosos hinchas que me miraban tolerantes; excepto uno de ellos, de aspecto serio y solemne, que con autoritaria voz derramaba sobre sus compañeros de tribuna consejos de cómo mejorar su juego y los extendía incluso a nuestro representante en la cancha, aunque ellos denotaban más entusiasmo y convicción que verdadero conocimiento. Activado por mis arengas, aprovechó un momento de silencio y mirándome a los ojos me afirmó con soberana autoridad: "Este mexicano de todas maneras le va a ganar a Miranda", a lo que respondí como hincha furibundo: "Si eso crees, entonces no vas a disfrutar el partido".
Lo demás es historia reciente. Perdimos el cuarto set y el 'Chino' ganó el quinto y definitivo, después de salvar dos puntos de partido con los que dispuso el mexicano. Como comprenderán, todo ese tiempo nuestro amigo, el del pronóstico fatalista, sufría un drama silencioso: o se entregaba al clima de confianza y apoyo que las tribunas le otorgaban sin concesiones a nuestro jugador, o marcaba fría distancia para ser consistente con su opinión 'conocedora'.
Testigo obligado de su drama, recordé una serie de experiencias en los negocios asociadas a decisiones y opiniones prematuras y superficiales que luego se conservan invariables en el tiempo para mantener el principio de la consistencia que tan ávidamente alimenta nuestra mente y que impide revisar los supuestos que sirvieron de base a nuestra percepción o decisión. Este proceso de cerrada defensa de la decisión u opinión primigenia se denomina "sesgo de confirmación" (Russo y Shoemaker) y nos afecta especialmente cuando tenemos algún tipo de compromiso emocional o de reputación en la decisión tomada. Por ejemplo, en el caso del tenis, como autores de recomendaciones especializadas, también somos autores de proyectos en ejecución, promotores de un nuevo producto recién lanzado, etc. Habiendo empeñado la palabra --comprometiendo nuestra imagen profesional por un exceso de intuición, de confianza o de optimismo-- luego nos enfrentamos a nueva información, a los primeros resultados reales, y surge el dilema de reafirmar nuestra decisión o revisarla. Aunque parezca difícil de creer, en esos momentos nuestra mente nos traiciona y somos impermeables ante nueva información que contradice nuestra posición, llegando al extremo de ignorarla por completo.
Le pasó a nuestro hincha fatalista que minimizó la remontada del 'Chino' y que ignoró la incapacidad de cerrar el partido del tenista mexicano. Les pasa a cientos de gerentes que, habiendo tomado una decisión o curso de acción, ignoran o acomodan información adicional proporcionada de acuerdo con sus percepciones, y convierten la evidencia objetiva y relevante en interpretación subjetiva. Es en esos momentos críticos en que surge la oportunidad de enmendar, o por lo menos detenernos. De reconocer que somos prisioneros de emociones y compromisos previos y, como consecuencia de ello, que sobrevaloramos la evidencia que respalda nuestra opinión y subvaluamos la evidencia contraria, como lo describe Hammond.
Por ejemplo, si a dos grupos contrapuestos --uno a favor y otro en contra de la pena de muerte-- se les entregara dos reportes de investigación profesionalmente elaborados y el primero concluye que la pena de muerte es efectiva como factor disuasivo del crimen y el segundo dice que no lo es, por ilógico que parezca, ambos grupos ignorarán o subvaluarán los sólidos argumentos que contradicen sus respectivas razones de fondo y no harán otra cosa que estar más convencidos de la certeza de su propia posición. Es decir, aceptarán solo la información que los valida y descartarán la contraria. Lo que sucede es que el principio de consistencia se impone brutalmente a la racionalidad y en la mente primero se decide qué haremos para luego recién pensar el porqué, en un intento de protegernos de la incertidumbre y la ansiedad de volver a tener un problema en lugar de una solución; de tener nuevamente una pregunta en lugar de una respuesta.
Por ello, cuando recuerdo a nuestro compañero de tribuna, me pregunto si será que leyó previamente el ránking de los contendores (el mexicano 93 puestos mejor ubicado), si vio la estatura comparada (20 cm a favor del mexicano), si pensó que la remontada del rival era incontenible para nuestro tenista. Solo recuerdo a ese aficionado confundido, aplaudiendo sin convicción, tratando de explicar a sus amigos que no se había equivocado que Miranda se salió del libreto al ganar.
Para que no nos suceda lo mismo, los especialistas recomiendan que seamos sinceros con nuestros motivos y razones, que verifiquemos y aceptemos toda la evidencia, no solo una parte, que pidamos a alguien menos involucrado una opinión o que ejerza el rol de abogado del diablo y, finalmente, que no hagamos preguntas invitando a que nos den la respuesta que queremos. Afortunadamente en los negocios, y en el tenis, hay información y factores más críticos que los pergaminos previos, el ránking o la apariencia. Allí estuvo Iván 'Chino' Miranda para demostrarnos que el trabajo duro, la entrega y el apoyo sincero también pueden hacer la diferencia.