"Escribir es corregir la vida"

Por Alonso Rabí do Carmo

La fama de tímido, definitivamente, no le viene bien. Aunque camina con discreción y habla con cadencia, Enrique Vila-Matas no hace mayor esfuerzo por ocultar una calidez algo distante, es cierto, pero que no llega a incomodar. Sentados en una mesa en el patio del hotel Santa Clara, un antiguo convento de Cartagena de Indias reformado por la cadena Sofitel, mantuvimos esta conversación a vuelapluma.

¿La figura del escritor tiene alguna importancia en el mundo de hoy?
Desde el punto de vista político, creo que no. En esa esfera los escritores carecen de importancia, no influyen en lo más mínimo en ninguna decisión. Eso era más coherente con la dinámica del siglo XIX, cuando el escritor estaba en el centro mismo del poder político. Luego, en el siglo XX esta relación empieza a resquebrajarse, hasta llegar a una separación radical. Uno de los que mejor representa ese divorcio es precisamente Kafka, alguien incapaz de relacionarse de modo alguno con el poder. Entonces, desde la política, la figura del escritor es, diría, bastante lateral. Ahora bien, eso ha producido que la literatura, en buena parte, sea autónoma frente al poder.

Hay una frase suya, muy sugerente: "Escribir es corregir la vida".

Bueno, imaginemos que alguien llega tarde cinco minutos a una cita con el amor de su vida y ella ya no está. En la literatura eso es corregible y modificable, la cita puede ocurrir.

Es justamente eso lo que permite a los escritores la creación de mundos alternos.
Por supuesto, y eso empieza con el Quijote. A muchos escritores les disgusta la sociedad tal como está planteada y por eso en el orden de la ficción es posible transformarla.

Leí en algún lugar que usted era considerado el más argentino de los escritores españoles.
Eso es algo muy halagador, ¿no? En realidad se lo debo al afecto con que han sido recibidos mis libros en América Latina y otros lugares. En México alguien dijo también que yo era el más mexicano de los escritores españoles, lo mismo sucedió en Portugal. Otra cosa es que cuando viajo, normalmente no me cuesta mucho identificarme con el lugar en que me encuentro, soy un exiliado de vocación.

¿Pero se siente usted poco español?
Creo que sí, no me identifico mucho con esa relación tan obsesiva que tiene la literatura española con el realismo, eso que yo llamo "el ladrillo español", esas novelas de 800 páginas o más que se publican con frecuencia en España. A eso hay que sumar que mientras en España yo era prácticamente un escritor desconocido, en México, por ejemplo, se hablaba muy bien de mis libros. Incluso algún periodista español me preguntó una vez cómo es que en México me hacían tanto caso. Mi respuesta era ¿Y cómo ustedes no me hacen caso a mí? Una vez Pitol, tratando de explicar el éxito de mis libros en México, dijo que su país era muy excéntrico, en el sentido literario de la palabra, y que yo también lo era. En resumen, me siento más cerca de la literatura mexicana o argentina que de la española.

¿Si como escritor se siente poco español, ocurre lo mismo con el Vila-Matas lector?

En parte sí, aunque eso no me exime de sentir aprecio y admiración por algunos escritores españoles que me interesan. La Generación del 27 para mí es esencial. De mis contemporáneos me interesa sobre todo Javier Marías. Entre los latinoamericanos, sin duda Roberto Bolaño. Y admiro también a Julio Ramón Ribeyro, sobre todo por Prosas apátridas, un libro que quiero muchísimo. Ahora, no es que me disgusten los del boom, pero hay otros que me interesan más: Monterroso, Pitol, Borges y Rulfo.

¿Se considera parte de la tradición española?

Parte de la tradición, no. Me siento bastante insular. Mi editor, Jorge Herralde, por hacer una comparación con el fútbol, me decía que yo era como Romario. Claro, al comienzo eso me molestó, pero al paso del tiempo veo que tenía razón. Y me molestó porque me hubiera gustado que me compararan con Maradona o Ronaldinho. Luego entendí que lo decía por la singularidad de Romario, porque es un jugador que está en una situación lateral y eso me viene muy bien.

¿Qué significan los premios literarios para usted?

Al comienzo de mi carrera no tuve premios, luego comencé a tenerlos de golpe. En Madrid me preguntaron una vez en una rueda de prensa: ¿Y cómo es que usted no tiene ningún premio? Yo respondí un poco en broma que todos los escritores españoles tenían premios literarios menos yo. Y me ufané de eso, me pareció genial no haber tenido premios hasta ese momento. La consecuencia de esa respuesta fue comenzar a ganarlos. Entonces ahora digo: "Quien rechaza un elogio es que está esperándolo". Es una respuesta que me sirve para muchas situaciones.

¿Escribe en catalán?

Para eso tengo también otra respuesta estándar: a) Mi madre es catalana, b) mi lengua materna es el catalán, c) mi madre me enseñó a decir la verdad desde niño y d) por lo tanto, cuando digo la verdad hablo en catalán. El terreno de la ficción lo dejo para el castellano. La respuesta lógica es que como en la época franquista no había escuela en catalán, pues no lo aprendí.

Un rasgo constante en su obra es la presencia de juegos metaliterarios. ¿Esto es parte de su programa personal de rechazo al realismo español?

Bueno, desde muy joven he tenido radicalidades y uno de los blancos de esas radicalidades era el realismo español, que por cierto detestaba.

Ya en su primer libro, La asesina ilustrada, no solo hay metaliteratura, sino además otro tópico: el libro que puede provocar la muerte.
Así es. Y luego de publicado mi libro me encontraría con un cuento de Cortázar que aborda el mismo asunto. En París no se acaba nunca cuento que todo comenzó cuando en unos puestos de libros al aire libre, en París, compré un ejemplar de Cómo se hace una novela, de Miguel de Unamuno. Lo compré porque sinceramente quería saber cómo se hacía una novela y allí encontré por primera vez la metáfora de un libro capaz de matar, que obviamente era un símil con la vida.

¿Es cierto que Marguerite Duras, que era su casera en ese entonces, lo desanimó de este argumento?
Sí y recuerdo la historia. Un día me crucé con ella y me dijo: "Me han dicho que escribes". Me asusté muchísimo y le respondí que sí, pero no contaba con que me preguntaría sobre qué. Entonces esbocé apuradamente el argumento y le mencioné eso de un libro que asesina. "Imposible", fue su veredicto. Creo que lo entendió literalmente y por eso reaccionó así.

Hay cierta leyenda negra sobre el carácter de Marguerite Duras.
Ah. Claro, y a mí me gustaba mucho precisamente porque no era un modelo de conducta. No era una escritora como muchos de ahora, tan correctos en todo. Es una de las personas más incorrectas y encantadoras que he conocido.

Hay escritores que dedican sus esfuerzos a satisfacer gustos de mercado. ¿Qué riesgo ve en ello?
Todos los riesgos, eso es algo que no debe hacerse. Si uno hace el esfuerzo patético de amoldarse para gustar, puede darse con la sorpresa de que eso tampoco ayuda. El único camino es mantenerse fiel a uno mismo. Y si te va mal, por lo menos te queda la dignidad de haber sido tú mismo. Es como ese cuento de Joseph Roth en el que hay un vendedor de corales falsos y uno de corales verdaderos. El de los corales falsos no deja de vender; el otro, entonces, sucumbe a la tentación de vender también algunos falsos para equilibrar su negocio. Y ese día le llegó la perdición, por traicionarse a sí mismo.