Cómo colaborar con un genocidio

Por Santiago Roncacgliolo, escritor

El general Roméo A. Dallaire es un personaje, digamos, quijotesco. Lleva una misión de paz de la ONU en el centro de África, pero tiene muy pocos hombres, casi ningún equipo y, frecuentemente, carece incluso de alimentos. Sus informes no son escuchados en la sede de la ONU, y sus solicitudes ni siquiera se discuten en el Consejo de Seguridad. Necesita información de inteligencia, pero se la niegan los mismos gobiernos que le exigen resultados. Si finalmente alguna institución accede a enviarle vehículos, no hay manera de transportarlos hasta sus manos. Algunos de sus oficiales deciden no obedecer sus órdenes. Otros reciben órdenes directas de sus gobiernos nacionales. Dallaire podría ser un personaje de una comedia absurda de no ser porque, mientras naufraga en un pantano de trabas burocráticas, el escenario se llena de cadáveres y las calles se inundan de sangre hasta ahogarlo.

Dallaire es el protagonista del libro "Un pueblo traicionado", escrito por la periodista Linda Melvern y recientemente traducido al español. En 1994, Dallaire dirigía la misión de paz de la ONU en Ruanda, y desde ahí, fue testigo del mayor crimen del siglo XX después del holocausto judío: el genocidio de tutsis. Cerca de un millón de personas perdieron la vida y más de dos millones tuvieron que abandonar sus hogares en un país de siete millones de habitantes. Y todo en menos de tres meses.

Las matanzas no fueron estallidos de violencia espontánea. El Estado las planeó y proveyó. Pero a diferencia del holocausto nazi, no solo el Estado las perpetró. Participaron activamente civiles entrenados o sencillamente azuzados para erradicar a un grupo étnico minoritario. Los hechos ni siquiera se ocultaron. Al contrario, a medida que ocurrían, eran anunciados y celebrados por la radio, acompañados de canciones alusivas. Si alguna de las víctimas conseguía escabullirse a sus captores, los oyentes podían telefonear a la estación de radio para informar sobre su paradero. Todo un país estaba movilizado para la caza humana, una caza perpetrada mayoritariamente cuerpo a cuerpo, con machetes. Los asesinos no se detuvieron ante mujeres, ni ante niños, a algunos de los cuales les introdujeron en la boca los miembros amputados a sus padres. Ya habría querido Dallaire contar con la misma organización y capacidad de movilización de los asesinos para poder proteger a sus víctimas. O, al menos, con un mandato más amplio.

En una sociedad globalizada, los problemas se comparten. La miseria de los países más pobres se exporta en forma de migración. El consumo de drogas en Estados Unidos se traduce en violencia política en Colombia. El terrorismo yihadista tiene seguidores en Londres. Nuestros sistemas políticos aún no están preparados para enfrentarse a la nueva naturaleza de las dificultades. Tenemos organismos multilaterales para resolver conflictos comerciales y financieros --como la OMC, el Banco Mundial o el FMI--, pero hasta el momento hemos sido más eficientes para ocuparnos del libre flujo de capital que de las personas.

La ONU debería cubrir ese vacío, pero fue moldeada para equilibrar las fuerzas en el mundo bipolar que dejó la Segunda Guerra Mundial. Ruanda fue la muestra más escandalosa de que, tras la caída del muro de Berlín, muchas de sus facultades y procedimientos quedaron obsoletos.

Además, el libro de Melvern muestra que la mayoría de los países que comparten responsabilidad en el fracaso de Ruanda --como Bélgica, Francia, Reino Unido, EE.UU.-- eran democracias avanzadas. Muchos de ellos sabotearon y obstruyeron el trabajo de la misión desde el Consejo de Seguridad. Algunos, con el dinero de la cooperación internacional, terminaron financiando las armas con que se realizó el genocidio.

Aun si sus gobiernos estaban ciegos, sus ciudadanos podían exigirles un papel más firme. A diferencia de los ruandeses, los ciudadanos occidentales gozaban de libre expresión y acceso a la información sobre lo que ocurría. Pero no había tal información, porque también la prensa fracasó. Solo había quince reporteros extranjeros en el terreno, y Ruanda estaba demasiado lejos del planeta. En esos años, la otrora Yugoslavia acaparaba las primeras planas. La cobertura periodística internacional describió los hechos como enfrentamientos tribales, y tardó en emplear el término genocidio para referirse a Ruanda. La única prensa que se movía con soltura en el terreno y ofrecía información actualizada era la local Radio-Télévision Libre des Mille Collines, desde la cual se alimentaba el odio racial, se ordenaban asesinatos y se llamaba a los tutsis "cucarachas".

El sistema de libertades democráticas y la ONU fueron concebidas precisamente para evitar lo que terminaron respaldando. Que resulten cómplices de un genocidio es uno más de los aspectos deprimentes de esta historia. Pero también debería ser el más esperanzador, porque significa que algunas catástrofes se pueden evitar.

En una dictadura, los ciudadanos de un país le dicen al gobernante: "toma tú las decisiones, nosotros no somos capaces de decidir nuestro futuro". En una democracia, en cambio, los ciudadanos pueden escoger cómo quieren vivir y qué políticas les convienen. Y, por cierto, deciden también sobre la vida de otra gente. A medida que el mundo se interconecta, deciden incluso por gente que vive en otros continentes. Como toda libertad, la libertad de la democracia implica responsabilidad y solo puede funcionar si los ciudadanos, los políticos, los periodistas están a la altura de esas responsabilidades. Cuando no es así, nos convertimos en Roméo Dallaire: funcionarios de la nada en medio de una masacre con una radio que no funciona.