Análisis político: El piso de arriba y el piso de abajo

Por Juan Paredes Castro

Si recordamos el rigor que le tomó al presidente Alan García componer su Gabinete, no entendemos por qué el Gobierno no hace en los pisos de abajo lo que logró hacer en los pisos de arriba. Tanto es así que los ministros que resultan demasiado expuestos a errores y que por esos errores exponen a su vez la imagen y responsabilidad del Gobierno, parecen no contar con cuadros de segunda línea técnicamente eficientes ni asesores capaces de medir tendencias a vuelta de esquina.

El propio presidente Alan García no puede darse el lujo de supervisar sus tareas como jefe de Gobierno con el solo apoyo de su secretario general. Por sus manos pasan tantas cosas, desde resoluciones supremas de nombramientos lejanos --que ya no deberían requerir su firma-- hasta reuniones ministeriales sumamente complejas. Cualquier proyecto importante del país podría arruinarse únicamente por desinteligencia u desorganización nunca advertidas. En este caso, los excesos de austeridad del mandatario podrían llevarlo a cometer errores más graves que el que provocó la designación del ex primer ministro del fujimorismo Alberto Pandolfi.

Una prueba de despachos ministeriales con segundas líneas burocráticas competentes la encontramos en Economía y Finanzas, Defensa, Transportes y Comunicaciones, Relaciones Exteriores, Educación, Producción y, por supuesto, la Presidencia del Consejo de Ministros, aunque esta resultara episódicamente afectada por el paso furtivo en las cumbres del poder de un inhabilitado como Pandolfi.

El hecho de que al mejor cazador se le haya ido la paloma, luego de que como bombero anduviera apagando incendios sociales, no quiere decir que en política todo es posible, y que si Jorge del Castillo falló una vez puede volver a fallar y los demás sentir que el consuelo de los tontos se funda en el mal de muchos. El presidente García y su Gabinete tienen que mirar los escalones abajo del Gobierno y dotarlos sin demora de los mejores cuadros profesionales y técnicos. Estamos hablando no solo de cuadros que vayan a potenciar la administración pública, sino de aquellos que representen importantes cambios de actitud y de valores.

Antes de anunciar, como lo ha hecho García, la contratación de una consultora para calificar la reforma del Estado, sería bueno que se comenzara por el principio y no por el final, vale decir por una verdadera reingeniería de gestión pública.

¿Quiénes van a articular, por ejemplo, las mesas de trabajo del presidente en Piura, orientadas a acortar la brecha entre el cerco político de Lima y el abandonado archipiélago provinciano?

Los resultados de ese despacho presidencial descentralizado serán inútiles si cuadros de segunda línea no los gerencia bien.