La semana que pasó

Por Pedro Ortiz Bisso

"Me equivoqué en ir a la discoteca, pero ya pasó, ahora es momento de mirar para adelante", "Estaba con estrés cuando firmé la resolución", "Yo no conocía el contrato firmado con esos diarios, es imposible que lea todos los contratos", "Mi secretaria mandó un artículo que no era mío", "No pude hacer nada, solo he respetado lo que dispuso la asamblea de delegados". Palabras más, palabras menos, estas han sido las explicaciones que hemos escuchado, o leído, sobre los diversos escandaletes que han sazonado nuestros agitados últimos días. Aunque los involucrados tuvieron el tino de no esconderse detrás de algún biombo apenas detonó cada bombita, quizá les hubiera convenido hacerlo ante la fofa consistencia de sus acrobáticas justificaciones.

Es que no deja de indignar la pobre estimación que tienen de la capacidad de raciocinio de los ciudadanos de a pie. Justificaciones como "no sabíamos que el secuestrado conducía el carro, por eso disparamos nomás" son --disculpando la expresión-- difíciles de tragar.

No basta con decir: "perdón, me equivoqué" o, peor aun, soplarle la pluma al de abajo, al eslabón más débil de la cadena, como ha pasado con un ahora desempleado gerente de comunicaciones y una secretaria, quien supuestamente no solo era diestra en birlarse textos ajenos, sino también en 'maquillarlos' para sorpresa de su talentoso pero muy distraído jefecito.

No se trata tampoco de exigir actos de autoflagelación públicos que activen el morbo del populacho o hagan salivar a los enemigos. Basta con asumir la responsabilidad de los errores cometidos con su activo y pasivo, que al "me equivoqué" no se añadan justificaciones risibles y se tenga la capacidad para afrontar sus consecuencias sin temores ni dobleces.

Si en el fútbol el "casi-casi" nos define, el "y aquí no pasa nada" --frase emblemática de don Humberto Martínez Morosini-- podría ser lo que resuma nuestra historia reciente.

La grandeza de los hombres está también en no esconderse tras el error. No le pongamos zancadillas a nuestra dignidad.