El amor viaja por el mundo

VIAJEROS. Hace catorce años decidieron abandonar sus trabajos para recorrer el planeta. Comenzaron en Indonesia y este mes aterrizaron en Lima. Viven en hoteles, cargan once maletas y no tienen hijos. Lo primero que buscan cuando llegan a un lugar es una lavandería. Son Audri y Dimitri|contracorrinte|e|editorcronicas@comercio.com.pe

Por Milagros Leiva Gálvez

Aquella noche llamó a su amigo y pidió lo de siempre:

--¡Consígueme una novia!

Dimitri Moursellas, un ingeniero electrónico experto en software, amante de los erizos y hombre racional hasta el desborde, había regresado a Los Ángeles después de un año de viajes en América del Sur, pero nuevamente la soledad humedecía su almohada. Tenía 47 años cuando guardó su pudor para pedir una cita a ciegas. Luego se sentó a esperar. Tres días más tarde la ansiedad quedó espantada. Dos nombres llegaron:

Audri, abogada exitosa, 42 años, independiente, poderosa y adicta al trabajo (para que no digas que no te avisamos, advirtió el confidente).

Y...

... Amnesia. De la otra apenas recuerda nombre y profesión.

Dimitri apuntó los números y llamó a las mujeres. Solteras ardientes de amor, pero no desesperadas. Independientes:

--Me gustaría verte una hora, en tu casa, nada de lugares públicos. Yo llevo un postre y tú preparas café. Si nos gustamos seguimos adelante, si no pasa nada, ningún problema, cierras la puerta y cada uno sigue su camino.

Audri escuchó divertida la voz del famoso Dimitri que le proponía la cita más original de su historia. Ya le habían advertido que era un hombre práctico y directo. ¿Así que solo tenía que preparar café y esperar sentada en su casa? ¿Así que no debía correr ni preocuparse de tener buenas maneras en la mesa? ¿Así que no tenía que vestirse apretada? La idea le pareció perfecta. Una taza de café, ocho de la noche... un poco temprano considerando que ella trabajaba 16 horas al día, pero no sonaba mal. Aceptó.

La otra dama elegida cortó la llamada argumentando que de ninguna manera dejaría a un desconocido entrar en su propiedad privada y menos con un postre, que sabe Dios qué costumbres eran esas. ¿Y qué tal si era un psicópata de esos que aparecen en los noticieros y la cortaba en pedazos y encima la embetunaba con crema chantilly? No, señor, ni hablar; o en un restaurante o en un bar o en cualquier lugar público, ¿pero en la casa? ¿Y preparando café? Demasiado raro para que el amor tocara la puerta de esa manera. Colgó.

Dimitri descartó a la segunda. Si era tan ilusa como para creer que un amigo podía presentarle a un asesino no convenía conocerla.

Se quedó con Audri Engleman.

La cita fue fijada una noche de junio de 1987. Faltando dos horas para el encuentro, Dimitri corrió a comprar baklaba. El postre oriental fue elegido para sorprenderla, además le recordaba su infancia. A Dimitri Moursellas, un griego que pasó sus primeros años en Egipto, las aventuras lo excitaban y aquella noche sentía la misma emoción que terminó abrazándolo cuando tenía 16 años y abandonó El Cairo para estudiar y trabajar en Nueva York. A veces se recuerda solo en el avión, atisbando desde la ventanilla su ciudad dormida mientras imaginaba la América desconocida de la que tanto hablaba su familia. Con esa misma emoción caminó de manera correcta para impresionar a la exitosa y trabajadora Audri.

Fue en el monte Sinaí donde Audri quedó convencida. Dimitri, para entonces consultor internacional y experto en desarrollar software, ya era su marido y la había persuadido de realizar un viaje de nueve meses haciendo las paradas que les provocara, sin agencias de viaje y sin guías que estorbaran. Desde Yakarta hasta Estambul. La mejor ruta para conocer el Oriente. Antes había sido él mismo quien terminó empujándola a mudarse de Los Ángeles a Washington y de Washington a Indonesia:

--Yo te sigo, mujer, yo después encuentro trabajo. Tú solo acepta.

Así era Dimitri, un hombre que no temía su cargo de abogada erudita. Audri trabajó para el Gobierno de Estados Unidos en Washington y luego para el Banco Mundial en Indonesia. Para 1993 ya era una experta en finanzas y administración pública. Dimitri disfrutaba su trabajo como consultor informático. Ambos ganaban mucho dinero. En la luna de miel de nueve meses lanzó la propuesta:

--Hay que retirarnos, mujer, para qué trabajamos tanto, vamos a conocer el mundo, ponemos el dinero ahorrado en fondos mutuos y cruzamos los continentes. Viajemos, Audri, mira que nos estamos poniendo viejos y seguimos trabajando, anclados a la misma rutina.

Así era el ingeniero que la sedujo la primera noche comiendo baklaba. Un viajero impenitente, un hombre que trabajaba solo para ahorrar y después viajar. Un trotamundos sediento de países, de culturas, comida y gente distinta. Un nómada moderno que viajaba, pero con la seguridad de que tendría una buena cama, un buen hotel y una buena comida. Un aventurero con chequera y tarjeta dorada.

Escalando el monte Sinaí, Audri escuchó una voz que salía de su ombligo y asintió. Cogió un lapicero y firmó el contrato que Dimitri dibujaba en el aire: Acepto seguirte adonde los aviones y el dinero nos lleven. Acepto tu filosofía. Adiós al derecho, a mi puesto en el Banco Mundial, al Gobierno de Estados Unidos, a Washington, mi ciudad natal; a mi casa de cuentos, adiós a mis sastres de mujer poderosa.

--Adiós Audri, bien pagada y estudiosa abogada. Bienvenida aventurera del Sinaí.

Así recitó Dimitri en el monte. El hombre que no se arrepentía de ninguna decisión por más alocada que pudiera parecer, el racional que decía no temer a nada salvo a cualquier enfermedad degenerativa que pudiera dejarlo postrado, tomó entre sus brazos a su mujer y la meció como si estuviera recién parida. El viento se encargó de recordarle aquella primera noche en Los Ángeles, cuando cruzó el umbral de su casa con el baklaba bajo el brazo y la vio servir el café. Dimitri escuchó nuevamente las risas y la conversación sobre el feminismo y los derechos de la igualdad que los mantuvo absortos durante cuatro horas. Aquella tarde, en el monte Sinaí ambos juraron viajar por siempre. Y ya cumplieron catorce años sin dirección postal.

En su habitación del hotel, Audri cuenta las maletas: Once. Siempre son once para mantener gastos fijos en el equipaje. Audri es quien lleva más equipaje: Dimitri apenas cuenta cuatro pares de zapatos, ella triplica la ración. Sobre la mesa dos computadoras están prendidas. Audri escribe todos los días su experiencia por el mundo y Dimitri se encarga de bajar las fotos en su página web. Ambos revisan y ponen estrellas a su lista de los mejores restaurantes en cada país que visitan porque principalmente adoran comer bien. Desde que conoció a Dimitri, Audri se siente mejor persona, no solo ha conocido lugares exóticos e inolvidables, también ha aprendido a adaptarse a las circunstancias. Algunos llaman a eso tolerancia.

Hace tres meses llegaron al Perú y ya conocen el norte y la selva, ahora quieren ir al Cusco, después quién sabe adónde irán a parar. La única certeza es que cargarán su seguro médico y sus dos almohadas de toda la vida para acomodarlas en el siguiente hotel. Lo único seguro es que no se quedarán.