Dos cosas se contraponen tensa y preocupantemente en estos días.
De un lado, una turbulencia social con algunos puntos de origen focalizados y motivaciones presuntamente no ajenas al humalismo nacionalista, cuyos vínculos de financiamiento venezolano desestabilizador tampoco se descartan.
(La aparición no desmentida hasta hoy de Ollanta Humala y su familia, disfrutando de sol y piscina en el Hotel Hilton de isla Margarita, en Venezuela, despierta dos interrogantes: ¿Tan buena vida de lujo puede darse alguien que busca consolidar un partido político de cara a los pobres y desposeídos del país? ¿O no es más que parte de una generosa invitación del gobierno venezolano a costo cero en dinero pero a un alto precio de subordinación política, ocultada a los electores?).
De otro lado, la aparición de un Sistema de Inteligencia Nacional, a una de cuyas unidades, la de la Marina de Guerra, empieza a vérsele el fustán de sus flaquezas más pobres: la venta de información secreta a terceros que operan en el negocio de la seguridad empresarial.
El espionaje imperfecto se pone así a prueba frente a una inseguridad interna que tiene al narcoterrorismo y a los cocaleros ilegales como tenaza amenazante y al primer ministro Jorge del Castillo como desactivador de las bombas de tiempo sociales que precisamente el narcoterrorismo y los cocaleros ilegales alientan desde las sombras.
Si para la periodista Sally Bowen su libro "El espía imperfecto" aludía a Vladimiro Montesinos y su manejo mafioso del poder político subarrendado a Fujimori, la situación actual del Sistema Nacional de Inteligencia alude a la imperfección prácticamente endémica de los cuadros de espionaje de los institutos armados y policiales.
Con lo que podemos concluir que mientras nuestra fuente potencial de información secreta se presenta vulnerable, la continua desactivación de explosivos sociales servirá de poco o nada.