Por Renato Cisneros
Son las 10 de la noche del miércoles 2 de mayo. Estoy en la camioneta polarizada del primer ministro, Jorge del Castillo. Hace frío. El tablero electrónico del auto indica que el aire acondicionado alcanza los 19 grados centígrados. "Deténgase en el Berizzo", le ordena amablemente Del Castillo a su chofer. Bajamos, nos sentamos en una mesa, ordenamos un café y una vez que estamos frente a frente --clic-- enciendo la grabadora.
Mientras absuelve mi cuestionario, pienso que el primer ministro se ha pasado todo el día dándole respuestas a medio mundo. Por la mañana, en el Congreso, sorteó las 40 interrogantes de la interpelación. Hace media hora estuvo en Canal N, donde Jaime de Althaus lo sometió a una batería de 14 preguntas, y --aunque él todavía no lo sabe-- dentro de 40 minutos Rosa María Palacios le planteará 25 inquietudes más en la entrevista central de "Prensa Libre".
Pero tanto trajín tiene su recompensa. Cuando el jefe del Gabinete se vaya esta noche a la cama, lo hará con la satisfacción de haber dribleado una censura y apagado el enésimo incendio público en su breve trayectoria de 'bombero'.
Por muy común que se haya hecho, todavía es extraña esta versión exitosa de Del Castillo. Es extraña, sobre todo, si uno piensa en que hace diez años eran otros los adjetivos a los que la opinión pública apelaba para calificar sus arremetidas mediáticas. La gente lo creía tonto y los cómicos lo caricaturizaban día y noche como un ganso torpe que no ataba ni desataba.
"En la campaña municipal de 1986 muchos pretendieron hacer chanza contra mí, pero solo lograron hacerme popular. Como yo era el menos conocido, esas caricaturas me hicieron un gran favor. Luego, cuando fui al debate con Luis Bedoya y Alfonso Barrantes, probé que estaba en igualdad de condiciones", replica serenamente el ex alcalde.
Pero incluso después de esa elección, cuando ya estaba en la municipalidad, Del Castillo continuó sufriendo la célebre fama de inepto. Desde la TV, el imitador Jorge Benavides (JB) creó a Jorgito del Zoncillo, el divertido clon bobo del entonces burgomaestre.
"Yo sabía muy bien que Del Castillo era un tipo inteligente, por eso en mi imitación él aparecía en un plan más infantil. Jorgito actuaba como un niño y al momento de celebrar algo levantaba los brazos y gritaba yeeeeeeee", cuenta por teléfono su tocayo JB.
Antes de colgar el artista me dice que su imitado nunca se molestó con él. "Pero, por si acaso, cada vez que me encuentro en la calle con su hijo el grandote, salgo corriendo".
Entre sorbo y sorbo, le pregunto a Del Castillo si esas bromas lo mortificaban, y él, entre sorbo y sorbo, me contesta que no. "Esa imagen, si bien pretendía denigrarme, nunca afectó mis valores morales: Nunca se me presentó como un deshonesto. Además, fue la expresión de la piconería política de los que no supieron perder. Se confabularon contra mí. Yo hoy sigo con la misma actitud y capacidad intelectual de toda la vida".
Pero más que sus palabras, hay una estadística que desmantela por completo esa mitología de gaznápiro que se le creó: Del Castillo no ha perdido una sola elección. Quiso ser regidor de Barranco y fue elegido. Postuló a la Alcaldía de Barranco y ganó. Candidateó a la Municipalidad de Lima y obtuvo el triunfo. Y, para remate, las tres veces que tentó una curul (una como diputado y dos como congresista) se quedó con ella. Hasta el más encendido humalista tendría que saber ponderar ese récord.
NO ES PARA REÍRSE
Pero no todo es tan chistoso cuando uno revisa el pasado del primer ministro. Al leer un "Monos y Monadas" de 1987 advierto una viñeta que, bajo el nombre de Gorgojo, hacía constante mofa de Del Castillo. La sátira escondía una crítica: en 1988 se descubrió en los depósitos de la municipalidad un cargamento de avena podrida, llena de gorgojos. El descuido derivó en una crisis que se agudizó más cuando Del Castillo, en lugar de dar explicaciones, improvisó un viaje a Corea del Sur para ver los partidos de la selección peruana de vóley en las Olimpiadas de Seúl.
"Yo no tuve responsabilidad en el tema de la avena. Por otro lado, si fui a Seúl fue por una invitación del alcalde de esa ciudad. Quizá no fue un viaje pertinente, ni políticamente correcto", reconoce hoy el primer ministro.
(Adelantándose a los suspicaces, don Jorge promete resistir la tentación de repetir el viajecito este año, cuando nuestra celebrada selección Sub 17 dispute el Mundial de fútbol justamente en Seúl).
A pesar de ese duro resbalón --y del enorme tortazo en contra que resultó el utópico proyecto del Tren Eléctrico--, Del Castillo se precia de haber completado un muy digno gobierno municipal al lado de ilustres regidores como Henry Pease, Lourdes Flores, Ántero Flores-Aráoz y Richard Amiel. "Al principio, los regidores de oposición eran muy críticos, pero luego cambiaron su conducta hacia mí. La gestión terminó bien equilibrada. Yo salí y no tuve un solo juicio", subraya, con justificado pavoneo.
Otra de las taras que limitaron al primer ministro en su afán de ganar terreno en el imaginario popular fue su condición de entusiasta defensor de Alan García. Donde unos advirtieron lealtad a prueba de balas, otros leyeron zalamería, y no fue difícil que lo calificaran de escudero ejemplar y eterno segundón con igual contundencia.
Para el periodista Fernando Vivas, ese trance tuvo un balance positivo. "Él asumió la defensa política de García desde su casi desaprobación total hasta su retorno expectante en el 2001 y, como secretario general del Apra, bregaba para posicionar su partido en el frente amplio que se trajo abajo a Fujimori y Montesinos".
Para el propio Del Castillo, esa polémica se reduce al poco ventilado hecho de que él cumplió un deber partidario: "Hay gente que lo toma como servilismo, pero nadie sabe que en 1990 el partido me dio el encargo de defender al presidente García, eso nadie lo entiende. Felizmente, siento que cumplí ese papel exitosamente, tanto así que él volvió y hoy es presidente".
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LA PRÓXIMA DE JORGITO
Pregunta suelta al lector: ¿Del Castillo es o no presidenciable? ¿Usted lo imagina el 2011 heredando la banda de Alan? Para muchos, la jefatura del Gabinete es el techo máximo al que él podría aspirar, pero nunca se sabe. En una entrevista en Canal 11, él contaba que su abuelo José Gálvez Chipoco (sí, el que le da el nombre al estadio de Barranco) le auguraba un destino de jefe de Estado.
Cuando le recuerdo esa anécdota familiar, el primer ministro remueve su cuchara en la taza varias veces y responde con astuta reserva. "Sería presuntuoso arrogarme una condición presidenciable prematuramente. Si hago mi ejercicio de primer ministro pensando en una candidatura, distorsionaría la limpieza de mi labor", dice, clavando la mirada en la grabadora.
Presidenciable o no, él sabe muy bien que les lleva cuerpos de ventaja a otros 'compañeros' que quieran intentar calzarse en el futuro la pesada camiseta de candidato. Su gran activo, su ventaja diferencial, es esa capacidad para ubicarse a igual distancia de los empresarios, los derechistas, los conservadores, los izquierdistas, los nacionalistas, los radicales de la CGTP y los 'caviares' de las ONG. Comparado con el refunfuñón Mauricio Mulder, el deteriorado Luis Alva Castro o la poco progresista Mercedes Cabanillas, Del Castillo parece (ojo, parece) el último bastión de la cordura aprista.
Su hijo Miguel --joven dirigente del Apra-- explica esa diferencia así: "Muchas veces no se entiende la sagacidad que deben tener los políticos para hacer acuerdos con Dios y con el diablo. Un político tiene que saber ser de derecha cuando tiene que atraer inversiones y ser de izquierda cuando tiene que defender al pueblo".
Nuevamente en el sillón posterior de su camioneta, rumbo esta vez a Canal 4, le pregunto al primer ministro por qué luce menos aprista que los demás. Su respuesta me gusta porque se tiñe de una modernidad que suele ser poco valorada: "El partido te da las oportunidades, pero depende de ti aprovecharlas. En el Apra hay una competencia sana. Pero, ojo, el aprismo no se hace leyendo solo los libros del aprismo".
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EL APRISTA QUE SÍ CAMBIÓ
Del Castillo enarca las cejas cuando le dicen que se ha vuelto un poco soberbio. "Si me agreden, respondo, pero eso no es soberbia", arguye. También se fastidia cada vez que alguien le recrimina su simpatía con los fujimoristas, a los que antes fiscalizaba. "Yo no tengo la culpa de lo que digan los fujimoristas. No tenemos ningún compromiso", se defiende. Y por último se descompone un tanto cuando los periodistas le preguntan por las obras del Gobierno. "En política no se da a luz a los nueve meses, sino a los cinco años", sermonea. Pero lo que menos le gusta es que husmeen en su intimidad. Su hijo Miguel asegura que la familia Del Castillo ha madurado políticamente con él. "Somos así, nunca nos metemos en ningún escandalete social ni farandulero".
La agenda del primer ministro es absolutamente intensa. Se levanta a las 6 de la mañana y se acuesta al rozar la medianoche. Sus asesores --con orgullo y resignación-- dicen que "el doctor no para nunca". Él se justifica diciendo que solo una vez en la vida se puede ser primer ministro y que vale la pena sacrificarse cinco años. Tiene sentido.
Mi impresión, sin embargo, es distinta. Pareciera que Del Castillo está reescribiendo su propia historia política y no le importa invertir todo el tiempo que sea necesario con tal de lograrlo. Sabe que se ha ganado el respeto de las mayorías y no está dispuesto a perder ese capital. Ya no es más el tonto de los chistes. Ese Jorgito murió. Este Jorge, en cambio, está más vivo que nunca.
LA FICHA
Nombre: Jorge Alfonso Alejandro del Castillo Gálvez.
Nacimiento: Lima, 2 de julio de 1950 (56 años).
Estado civil: Casado (con Carmen Haas). Hijos: Jorge (32), Miguel (31), Manuel (25), Rodrigo (16), Daniela (15) y Joaquín (3). Nieto: Miguel Ignacio (2).
Estudios: Derecho en U. de San Marcos. Maestría en Derecho Constitucional (U. Católica).
Cargos públicos más relevantes: alcalde de Barranco (1984) y de Lima (87-89), diputado (90-92), congresista (1995-2001) y primer ministro.
Punto de vista: La fortaleza Del Castillo
Álvaro Rojas Samanez
Politólogo
La frase no alude a un edificio bien resguardado y protegido, sino a un personaje que, conforme pasa el tiempo, va mostrando condiciones poco usuales en la política local: competencia para afrontar retos, habilidad para producir negociaciones satisfactorias y capacidad de convertirse en interlocutor válido para distintos sectores, incluyendo dirigentes sindicales, líderes comuneros, empresarios y hasta políticos opositores.
Esta rara avis, además, ha logrado reemplazar el diminutivo coloquial de antaño (Jorgito) por un respetable y bien merecido don Jorge. Me refiero a Jorge del Castillo, hoy líder indiscutido del régimen y figura de primer nivel en su partido y la política peruana.
Todo lo anterior, dicho por distintos voceros y dirigentes, es cierto. Pero también lo es que su futuro político está ligado al de Alan García. Su carrera dirigencial se vincula con la figura presidencial desde que pasó de alcalde distrital a alcalde de Lima. Prosiguió con su labor como esforzado escudero y defensor cuando García se exilió en 1992. Se ha forjado en estos años con una trayectoria partidaria que lo llevó a ser el candidato natural a la secretaría general.
Sin embargo, Del Castillo no escapa al influjo de los líderes apristas con eventuales sucesores. Aunque las comparaciones son odiosas, es inevitable pensar en Manuel Seoane durante la vigencia de Víctor Raúl Haya de la Torre.
Son situaciones distintas, y quizá es prematuro decirlo, pero en el Apra no son fáciles los liderazgos. Ni la sucesión.
Del Castillo tiene virtudes esenciales: lealtad, capacidad para reciclarse y manejar coyunturas. Es el menos confrontacional, tiene excelentes lazos afuera del Apra. ¿Le servirá para el futuro? Al ser hombre disciplinado, la respuesta no depende de él. Sin embargo, por su trayectoria es uno de los que pueden ayudar para que los partidos se reconcilien con la sociedad.