Crítica de arte: Gioconda y Raborg

Por Élida Román

La serie de cuadro-objetos que Eugenio Raborg dedica a la célebre Gioconda de Leonardo (Galería Artco) permite reencontrar a un artista maestro en el arte de la ironía como instrumento de la reflexión, del humor como pasadizo a la mirada más atenta. Sin duda La Gioconda --o Mona Lisa, como también se le conoce-- es una de las pinturas más famosas de la Historia, convertida por diversas circunstancias en un ícono especial, utilizado por artistas y escritores a los que ha servido como soporte para las más diversas propuestas, desde arcanos y complots clericales (El código da Vinci) hasta acción de desmitificación artística (Duchamp). Quizás esta categoría se deba al extraño misterio que aparece en la expresión retratada, misterio que pareciera extenderse a las ambigüedades del ser. Ícono perfecto, popularizado a escala universal, más aun en nuestro tiempo mediático y veloz, Raborg lo utiliza como modelo y trabaja sobre él con varios propósitos.

A primera instancia pareciera que una broma general se plasma en el conjunto, una insolencia sin agresión que sólo busca jugar con lo familiar y desacralizarlo llevándolo a lo cotidiano y hasta farsesco, identificándolo con la frase común o la visión popularizada. Pero no es solo el ejercicio lúdico. Lo que se plantea en todos es esa posibilidad de la mirada múltiple, de las ubicaciones imprevistas: la irrupción de lo conocido y aceptado, intervenido, descontextualizado y reorganizado en una percepción muy ligada al absurdo aceptado como normalidad. La visión a través de los medios de esta época, el juego óptico que nos muestra la relatividad de la apariencia ("Opt-Mona") y hasta la superposición con pares de otros tiempos y espacios, como puede verse en "La Checonda" o "La Kotoshconda".

También se interna en la anécdota, en que la obra ha sido protagonista, como en "El robo" o en la estupenda "La Yokonda", única pieza en que la suplantación por la figura de Yoko Ono, ícono ella también, apunta a un juego de sillas del concepto, que alude al primer encuentro con John Lennon, hecho artístico en sí mismo. Lo deseable en estos casos --y en otras de las piezas que resultan un tanto indescifrables para el público no habituado o no informado-- sería el auxilio de una descripción del origen, propósito o anécdota que originaron la concepción de la obra.

La exposición se propone como un paseo interactivo y coloquial. Desafía la imaginación sin facilitar los desciframientos, despierta curiosidad luego de la simpatía y desdeña toda distancia solemne, que favorece una relación no solo sensible sino también intelectual.

A este buen resultado contribuye una técnica impecable y una cuidada elección de vocablos y conceptos interactuantes. Es el caso, por ejemplo, de la imagen de Gioconda que viste la boina característica del Che Guevara, impresas en un lienzo que recuerda el sudario.

Y por último, un título que juega con el recuerdo de la obra de Almodóvar y deja suspendido el juicio sobre el verdadero lugar de esta pieza maestra en nuestro imaginario cultural.