"Los congresistas se han ganado la imagen de hacer lo que les da la gana. Ahora harán lo que deben hacer"
Por Juan Paredes Castro
Hace mucho tiempo le dijimos a Mercedes Cabanillas que hiciera lo que ha hecho por fin ayer: empezar a quitarle a los congresistas la corona de impunidad que la gente tanto rechaza y que a ellos los hace tan impopulares.
Han lucido tanto tiempo esta corona en sus cabezas que les costará acostumbrarse a estar sin ella. Tampoco faltarán los que, con todo derecho, quieran ver para creer, más allá de la nueva norma que en breve tiempo regirá su conducta.
En efecto, esta corona de impunidad se apoyaba en un reglamento con fuerza de ley del que se agarraban con uñas y dientes porque sencillamente se trataba de un montón de artículos apañadores de pillerías.
Aparentemente, Cabanillas no ha querido mostrar más pus en las heridas dejadas por las asesorías escandalosas descubiertas últimamente. Ha preferido amputar esta pierna enferma del Congreso y presentar más bien lo que será válido más adelante: que toda asesoría en el Congreso tenga como exigencia mínima su carácter profesional competente.
Adiós a los amigotes de campaña, a las 'otoronguitas' de mandil o de jeans y cabellos sueltos, a los acomedidos cargadores de maletines y celulares, a los acompañantes de turno (como si los parlamentarios temieran perderse en el camino), a los choferes y ayudantes y a los parientes cercanos que encontraron la oportunidad de ganarse alguito sin título ni oficio.
Todos ellos fungiendo de asesores. Todos ellos demasiada cosa vergonzosa para ser mostrada en una página web. De ahí que comprendemos por qué la presidencia del Congreso no podía atreverse a abrir descarnadamente una vitrina como esta.
El reglamento propuesto por Mercedes Cabanillas no debe convertirse en una ley más en el papel. Tiene que estar reforzado por la voluntad política de ella y de la Mesa Directiva de que este debe ser, en verdad, el nuevo evangelio de la conducta parlamentaria. Y si es así, bienvenido sea. Es más: nos pondremos de su lado contra toda posibilidad de que el reino de la impunidad termine desprestigiando aun más el Congreso.
Bien que Mercedes Cabanillas se haya atrevido a dar este paso. Solía temer a aquello de que los congresistas no tienen mandato imperativo. A la hora de defender valores y acabar con pillerías (estimada doctora) ¡deben tener mandato imperativo, y muy fuerte!
Finalmente, quienes quieren ampararse en la inmunidad para negarse a comparecer ante la justicia merecen también una línea sin contemplaciones en el reglamento. Que así se haga.