La biblioteca como imaginación

En La biblioteca de noche el escritor y crítico Alberto Manguel explora en el complejo universo que traman los libros, la lectura y los lectores, a partir de la imagen de la biblioteca, un espacio que simboliza el orden y la memoria de los hombres, pero que también deja lugar a relaciones secretas y azarosas. Aquí, un adelanto de este espléndido volumen editado por Norma.

Alberto Manguel (*)

Soñar un libro es tan fácil como difícil escribirlo.

Balzac. Le cabinet des antiques

"(.) A la luz leemos las invenciones de otros; en la oscuridad inventamos nuestras propias historias. Muchas veces, sentados bajo mis dos árboles, mis amigos y yo hemos descrito libros que nunca han sido escritos, títulos que nunca han sido publicados. Hemos llenado bibliotecas con relatos que nunca nos hemos sentido impulsados a escribir. "Imaginar el argumento de una novela es una tarea placentera", dijo alguna vez Borges. "Escribirla es una exageración". Él disfrutaba llenando los espacios de una biblioteca que no podía ver con relatos que nunca se molestó en escribir, pero para los cuales, en ocasiones, se dignó componer un prefacio, un resumen o un comentario. Cuando aún era joven, el hecho de conocer la inminencia de su ceguera había estimulado en él la costumbre de imaginar complejos volúmenes que nunca llegarían a adoptar la forma de libros impresos. Había heredado de su padre la enfermedad que poco a poco, implacablemente, iba debilitando su vista, y el médico le había prohibido leer con poca luz. Un día, durante un viaje en tren, estaba tan absorto en la lectura de una novela policiaca, que continuó leyendo, página tras página, a la luz menguante del crepúsculo. Poco antes de llegar a su destino, el tren entró en un túnel. Cuando salió de él, Borges no veía más que una neblina coloreada, la "oscuridad visible" que Milton pensó que era el infierno. En esa oscuridad vivió el resto de su vida, recordando o imaginando historias, reconstruyendo en su mente la Biblioteca Nacional de Buenos Aires o su propia y limitada biblioteca. A la luz de la primera mitad de su vida, escribió y leyó en silencio; en la penumbra de la segunda mitad, dictó y le leyeron otros en voz alta.

En 1955, poco después del golpe militar que derrocó la dictadura del general Perón, ofrecieron a Borges el puesto de director de la Biblioteca Nacional. La idea procedía de Victoria Ocampo, la formidable editora de la revista Sur y amiga suya desde hacía muchos años. Borges consideró "una locura" nombrar bibliotecario a un ciego, pero luego recordó que, curiosamente, dos de los anteriores directores lo habían sido: José Mármol y Paul Grossac. Cuando se propuso su candidatura, la madre de Borges sugirió que podían acercarse hasta la biblioteca para ver el edificio, pero Borges, supersticioso, se negó. "No hasta que haya conseguido el puesto", dijo. Pocos días después se confirmó el nombramiento. Para celebrar la ocasión, escribió un poema sobre la "espléndida ironía de Dios" que le concedía simultáneamente "los libros y la noche".

Borges trabajó en la Biblioteca Nacional durante dieciocho años, hasta su jubilación. Disfrutaba tanto del cargo que celebró allí casi todos sus cumpleaños. En su despacho panelado de madera, bajo un alto techo tachonado de flores de lis y estrellas doradas, permanecía sentado a una mesa pequeña durante horas, de espaldas al magnífico escritorio redondo que era la atracción principal de la habitación, una copia del que había pertenecido al primer ministro francés Georges Clemanceau y que a Borges le parecía demasiado ostentoso. Ahí dictaba poemas y ficciones, hacía que le leyeran libros sus complacientes secretarios, recibía las visitas de amigos, estudiantes y periodistas y dirigía grupos de estudio de anglosajón. El trabajo tedioso y burocrático quedaba en manos del subdirector, José Edmundo Clemente.

En muchos de los relatos y ensayos de Borges se mencionan libros que él inventó, pero nunca se molestó en escribir. Entre ellos, las muchas narraciones del escritor imaginario Herbert Quain (tema de una ficción semejante a un ensayo), quien varía un solo argumento en progresión geométrica hasta que el número de argumentos llega a ser infinito; el maravilloso relato policiaco El acercamiento a Almotásim, "del abogado Mir Bahadur Alí de Bombay" (.); la obra Los enemigos que Jaromir Hladik dejó inacabada pero que pudo acabar en su mente en un largo instante que Dios le concedió antes de su ejecución; el volumen en octavo, de infinitas páginas, que lleva las palabras "Holy Writ" y "Bombay" en el lomo y que (nos dice Borges) tuvo en sus manos poco antes de jubilarse como director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires.

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Coleccionar libros imaginarios es una antigua ocupación. En 1532 apareció en Francia un libro firmado por el erudito apócrifo Alcofribas Nasier (anagrama del doctor Francois Rabelais) titulado Los horribles y portentosos hechos y proezas del muy renombrado Pantagruel, rey de los dipsodas, hijo del gran gigante Gargantúa. En el séptimo capítulo del libro segundo, el joven Pantagruel, después de estudiar "muy bien" en Orleans, decide visitar París y su universidad. Sin embargo, no es esta docta institución la que atrae su atención, sino la abadía de St. Victor, porque es aquí donde encuentra "una magnífica biblioteca", llena de libros excelentes. El catálogo que Rabelais copia para nosotros ocupa cinco páginas e incluye maravillas como las siguientes: La bragueta del derecho, La granada de los vicios, El mustardero de la penitencia, El tripón de buen pensamiento, La gollería de los curas, Los anteojos de los romeros, La codicia de los abogados, Apología del mismo contra los que dicen que la mula del Papa sólo come a sus horas, El culo pelado de las viudas, El vermífugo de los hipócritas, el fuelle de los alquimistas, El tripón de los presidentes.

En una carta que envía a su hijo desde Utopía con fecha del 17 de marzo, Gargantúa aconseja a Pantagruel que haga buen uso de la lectura, "por la que en su estado mortal puede adquirir una especie de inmortalidad". "Está el mundo entero lleno de sabios, de doctísimos preceptores, de amplísimas bibliotecas, de suerte que me parece que ni en tiempos de Platón, ni en los de Cicerón o Papiniano existió tanta facilidad para el estudio como ahora. Son más doctoslos bandoleros, los verdugos, los aventureros y los palafreneros de hoy que los doctores y predicadores de mi tiempo". La biblioteca que Rabelais inventa es quizá la primera "biblioteca imaginaria" de la literatura. Ridiculiza (a la manera de sus admirados Erasmo y Tomás Moro) el mundo erudito y monástico de su tiempo, pero, lo que es más importante, proporciona al lector el placer de imaginar los argumentos que se esconden detrás de tan cómicos títulos. En otra de las abadías de Gargantúa, en la de Theleme, Rabelais escribe el lema: "Fays ce que voudra" ("Haz lo que quieras"). En su biblioteca de St. Victor podría haber inscrito "Lys ce que voudra" ("Lee lo que quieras"). Yo he escrito esas palabras sobre una de las puertas de mi biblioteca".

(*) Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) es escritor y crítico. Entre sus libros se cuentan Guía de lugares imaginarios (1993) Una historia de la lectura (1997) y En el bosque del espejo (2002). Ha recibido importantes distinciones como el premio McKitterick First Novel (Reino Unido, 1992), el Roger Callois (Francia, 2004) y en 1996, en Francia. le fue conferido el título de Caballero de la Orden de las Artes y las Letras.