ENTREVISTA. CON JUAN VILLORO

"Las buenas crónicas son literatura"

Escritor, cazador de historias, coleccionista de personajes, Juan Villoro (México, 1956) es un nato observador de un entorno que está repleto de historias. Ha incursionado en la crónica, novela, ensayo, cuento, guión y libros para niños. Sus crónicas están reunidas en los libros: Los once de la tribu (1995), Dios es redondo (2006) y Safari Accidental (2006), su última recopilación.

Texto y fotos: Carlos Batalla

Me encontré con Juan Villoro en Bogotá, en medio de la feria del libro, un sábado por la noche y quedamos en vernos al día siguiente muy temprano para la entrevista en su hotel. Mala idea: Juan no despertaba a las nueve. Hora pactada. La rumba bogotana fue intensa, pensé, hasta que a las nueve y media observé a un Villoro impecable, como si en la noche anterior todo hubiese estado en calma. Cosas de cronista. Empezamos a hablar.

En el debate de ayer sábado con Alberto Fuguet indicabas que los escritores no debían involucrarse en política, sino que, más bien, su ubicación debía ser la crítica. ¿Cómo defines el papel que cumplen los escritores en la sociedad actual?

Creo que hay muchísimas maneras de ejercer el oficio literario, todas ellas pueden ser provechosas. Respeto mucho a los escritores que desde un aislamiento total, desde la famosa "torre de marfil" escriben magnífica poesía o teatro excepcional. También respeto a los autores que, de una manera muy apasionada, se involucran con una causa y asumen un compromiso político en sus escritos; muchas veces son autores que tienen ideas contrarias a las mías, pero me parece muy fecundo que haya una discusión de ideas amplia y plural. Creo en los favores de la discrepancia; en cambio, desconfío del escritor que se asume como un profeta que siempre tiene la razón, que cree iluminar y explicar todas las zonas de la realidad, y que no se deja convencer nunca por los demás ni juzgar que ellos también pueden tener la razón.

Eres un escritor de crónicas, por encima de todo, ¿qué ventajas te ha dado esa labor en la comprensión de tu entorno social, político y cultural?

Justamente, el ejercicio de la crónica me ha ayudado a ver que muchas veces las razones están fuera de ti; que no dependen de lo que estás pensando, ni puedes articular la realidad conforme a las ideas que ya tienes formadas. La realidad es la que te desafía. Creo que el papel del cronista, del intérprete de la realidad no es tener una respuesta definitiva, sino interrogar a la realidad, y estar abierto a las perplejidades que te ofrece. Es decir, plantear más preguntas que respuestas. Esto es muy importante para aclarar los debates, allí es donde puede tener una intervención social importante. Esa posibilidad puede hacer que, a través de la mirada, lo que hoy nos parece confuso, se convierta en el sentido común del futuro, es decir, pase a ser la sensatez de otra generación; tal y como nos ocurre, por ejemplo, cuando leemos crónicas de sucesos que ocurrieron hace 30 años, cuya veracidad más que en los datos duros están en la forma que supieron verlos ciertos testigos de excepción. Entonces, ante el famoso tema del compromiso, pienso que es válido hacer literatura sin interesarte en la cosa pública, o al mismo tiempo, como es mi caso, escribir y estar alerta a tu realidad inmediata.

¿Haces alguna diferencia entre el cronista que trabaja con los hechos reales, con una estrategia de reporteo y una narrativa, y el escritor de ficción pura?

Pienso que hay muchas diferencias en técnicas, pero en el fondo se trata del mismo proceso literario; han habido escritores como Hemingway o Vargas Llosa y García Márquez, que han combinado de manera fecunda ficción y no ficción. La diferencia que hago es técnica, porque el contrato fundamental de la crónica es con la verdad. Por supuesto que la verdad es una noción resbaladiza, nadie puede estar muy seguro de tener la verdad definitiva. Muchas veces la verdad no es otra cosa que algo que damos por cierto, hasta que aparezcan pruebas en contra. Cuando éstas aparecen cambiamos nuestra noción de verdad; pero aún así debemos aspirar a acercarnos a esa verdad, ese es el contrato fundamental del cronista o periodista. Por su parte, el escritor de ficción puede desentenderse de esta categoría y escribir historias inventadas, con lo que no quiero decir que sean falsas, porque la invención e imaginación forman parte de nuestra realidad cultural. No son mentiras, simplemente son situaciones sin verificación posible. Creo que la estructura del relato de ficción es muy parecida a la del milagro religioso: partes de sucesos que podrían haber sucedido y esos sucesos son creídos, en el caso de lo religioso debido a que hay un estatuto de fe; en el caso de la ficción literaria, la verosimilitud, que es una técnica literaria que te permite hacer creíble que una persona se fue volando al cielo o que viva 200 años. Creo que como ejercicio literario, uno puede hacer ficción y no ficción, indistintamente.

Aquí en el pabellón de homenaje a García Márquez, se lee una cita del escritor en la que se dice que la realidad es, a veces, más fantástica que la propia fantasía. Si aplicamos esa idea a la elección de un personaje para una crónica o perfil, ¿qué condiciones debe cumplir?, ¿debe ser en esencia una persona extraordinarios, fuera de lo normal?

Eso depende mucho del enfoque periodístico. En Estados Unidos hay una obsesión por la cultura de la celebridad; el periodismo de allí tiene que ver con grandes casos. No es casual que algunos de los mejores ejemplos del género tengan que ver con el clan Kennedy, con Marylin Monroe, con los grandes astronautas del Proyecto Espacial Mercury, o con los grandes asesinos seriales; o sea, figuras ya famosas cuyo perfil trata de llegar a la intimidad, a su vida secreta. Alguna vez García Márquez dijo que todos tenemos una vida pública, una vida privada y una vida secreta; por supuesto, la más importante es la secreta, porque esa vida, incluso, puede ser ignorada por el propio protagonista; eso fue lo que hizo García Márquez con Relato de un náufrago, donde el personaje solo se dio cuenta de que era el héroe de una historia cuando leyó las crónicas del escritor.

A diferencia de esa cultura de la fama o del éxito, en otros países u otras culturas, como en México, quizás en Perú, una de las tragedias de la gente es que caen en el olvido sin haber sido nunca conocidas. Es decir, es un olvido que sólo sus más allegados saben porque supieron que hubo un gran héroe del radioteatro, o un gran caricaturista o un compositor de 50 boleros que hicieron morir a la gente de amor, y sin embargo no los conocemos. Entonces, hay perfiles que surgen del exceso de la información para tratar de llegar a la vida secreta del personaje; pero en otros casos, hay perfiles que son muy valiosos justo por lo contrario, porque son un afán de restitución, de hablar de alguien que no fue conocido como debía, teniendo una vida excepcional.

¿El "periodismo de calidad" puede ser catalogado como una forma de hacer literatura?

Creo que esto viene de lejos. Por ejemplo, si pensamos en la figura de Daniel Defoe (siglo XVIII), vemos a un escritor que parte de un hecho real para escribir una obra de ficción, como es el caso de la novela Robinson Crusoe (1719). Allí el autor extrema un naufragio auténtico de Alexander Selkirk. Pero, tres años después, publica El año de la peste, una historia de su infancia, no un hecho coetáneo como el primer caso. Volvió al tema por recuerdos, investigó e hizo este gran reportaje. Entonces, podemos decir que la crónica tiene un estatuto de gran literatura desde hace mucho tiempo. Lo que pasa es que ésta coexiste con formas perecederas del periodismo, y esto porque sencillamente no todas las noticias pueden ser epigramas literarios maravillosos. Dentro de esa maraña pienso que sí hay crónicas que siguen manteniendo una fuerza literaria muy grande.

 

 

El periodismo digital se ha convertido en la señal de avanzada más evidente para las nuevas generaciones de periodistas. ¿La crónica tiene espacio en ese nuevo lenguaje?

- El periodismo digital tiene un problema: extrema la brevedad en los reportes, es muy difícil leer en pantalla un texto de diez páginas. Exige una brevedad. El periodismo digital es un espacio para velocistas, es como estar corriendo cien metros planos en distintas pistas durante todo el día, porque se va actualizando y cambia muchísimo como las arenas del desierto. Creo que es un espacio para la información dura, no tanto para la lectura pausada. Pienso que la crónica requiere de una elaboración en el tiempo, como su mismo nombre lo indica; tiene que ver con un registro en el tiempo, pero también con una recuperación de ese tiempo. Las buenas crónicas tienen que desplegarse un poco para poder llegar a una profundidad. Creo en el periodismo de investigación que puede darse con crónicas profundas. En ese sentido, pienso que Internet es un recurso paralelo; es un canal de investigación muy útil, muchas veces encuentras información, estableces contactos, abres pistas de indagación. Me parece que Internet forma parte del apoyo. Para el cronista debe ser como una tertulia periodística, donde él recibe informaciones, brinda iniciativas, pone a prueba sus fuentes. Por ejemplo, es muy útil colgar una noticia para ver cómo reacciona la gente, a ver quién te dice algo; es una herramienta maravillosa de hoy. Pues bien, la tertulia siempre ha sido uno de los ejercicios de los periodistas. Todos los periódicos están rodeados de cafeterías y de bares.

¿Ese rol lo cumplen los blogs?

- Exactamente. Los blogs son los bares de la aldea global, donde dices algo y te contestan; creo que eso es muy importante, porque siempre necesitas verificar y ampliar las informaciones.