Las industrias culturales en la sociedad de la información

La cultura en bits

La semana pasada se realizó un interesante seminario sobre industrias culturales en el C.C. de la Universidad Católica. Uno de los expositores, el profesor, historiador y sociólogo Nelson Manrique habla de los cambios en la producción y el consumo cultural a partir de Internet.

Por Jorge Paredes

¿Cómo definir actualmente el término industria cultural?

Tradicionalmente, los productos culturales eran obra de autores individuales mayormente anónimos. Una canción como "Adiós pueblo de Ayacucho" viajó de pueblo en pueblo y cada intérprete la fue haciendo suya porque en las sociedades premodernas los creadores eran productores materiales, generalmente agricultores, comerciantes, arrieros, artesanos, que no se dedicaban exclusivamente a producir cultura. En cambio, las industrias culturales surgen con la organización industrial. Siguiendo con el ejemplo de la música, una canción es producida por una industria, se contratan compositores, arreglistas y gente dedicada al video y la difusión. Igual como una fábrica. Es gente que se gana la vida haciendo cultura y el producto cultural se convierte en una mercancía, hecho específicamente para ser vendido. Por lo tanto, el derecho de autor es fundamental. Y como estos productos llegan a millones de personas, quienes los hacen adquieren un gran poder, no solo económico sino también político. Las industrias culturales sirven para imponer determinadas ideas y modas.

Este proceso es producto de la expansión del capitalismo.

Sí, pero es un fenómeno ambivalente, porque no desaparecen las formas de producción tradicionales, sino que continúan subordinadas a las industriales mundiales. Un retablo, por ejemplo, ha dejado de ser un objeto ceremonial o religioso para convertirse en un objeto de consumo, cuyos temas son decididos por consumidores urbanos y del extranjero. Esto da lugar a una enorme polémica. Los puristas piensan que el mercado tergiversa el verdadero arte y quienes opinan que todos estos productos deben ser hechos en serie. La cuestión es lograr un equilibro entre las raíces y lo nuevo porque no podemos negar que los hijos de estos artesanos van al colegio, ven televisión, ven MTV, migran, viajan, conocen otros mercados, y sus perspectivas son diferentes a las de sus padres.

Lo que le decía era cómo estas industrias culturales, herederas de la industrialización, cambian a partir de la revolución de Internet, inclusive la propia idea del derecho de autor comienza a ser relativa. Hoy importa más la circulación de una canción, de un video, de una fotografía en la red, que quién hizo ese producto.

Estamos viviendo la transición entre la fase industrial del capitalismo y lo que se ha denominado la sociedad de la información. El orden industrial ha entrado en crisis. La manifestación más evidente de esto es la desaparición de la gran empresa. Henry Ford llegó a tener bajo un mismo techo a 103 mil trabajadores. Ahora una empresa de automóviles como Toyota trabaja subcontratando otras 40 mil empresas en muchos países del mundo. En los años setenta, cuando Velasco quiso controlar la prensa, la expropió. Eso sería imposible ahora con Internet, pues cada persona es potencialmente un emisor. Un blog se hace desde una cabina pagando 30 centavos de dólar. El problema ya no es dinero, sino conocimiento. Y estas transformaciones están volviendo a crear condiciones semejantes a las de la era preindustrial. Yo tengo en mi casa mis medios de producción, computadora, impresora, scanner, conexión a Internet. Y desde aquí envío mi producto por red. Igual trabajaba en su casa un artesano de la etapa preindustrial. Gran parte del desconcierto actual es por la incomprensión de este nuevo momento, en que lo viejo, lo industrial, está en crisis, y lo nuevo, vinculado a la sociedad de la información, está en expansión.

¿Cómo afecta esto las industrias culturales? Vemos como las grandes empresas discográficas están en crisis porque ahora cualquiera puede bajar una canción de Internet y llevarla a su reproductor, sin siquiera pasar por el filtro de la radio.

Lo virtual está cambiando totalmente la producción y el consumo cultural. La base tecnológica del cambio está en que los cuadros, las poesías, los ensayos, las sinfonías, las canciones, se pueden convertir en bits de información, en ceros y en unos. Y cuando yo convierto en una cadena de ceros y unos un poema de Vallejo, una sinfonía de Mahler, una película de Lynch, los pongo en un formato infinitamente maleable, y si quiero puedo combinar todo esto y crear un producto nuevo. La autoría está defendida en la sociedad industrial por el formato analógico. Pero, ¿qué sucede en el espacio virtual, cuando todo puede ser convertido en bits? Otra cosa interesante es que aparece nuevamente la producción gratuita. La gente hace cosas no para venderlas, sino para compartirlas en la red. Los propios diarios se han visto obligados a colgar gratuitamente sus versiones online. Es errado pensar que Internet sea solo un espacio de imposición del antiguo orden. Internet es un espacio de lucha política, donde todavía se pueden articular iniciativas ciudadanas y hay que aprender a moverse en ella.