El resplandor de la palabra

Entre la seda y el fuego

Jorge Nájar.
Allí donde brota la luz. Bogotá:
Común Presencia Editores, 2007.

Hora Zero constituyó la aventura poética colectiva más importante de la segunda mitad del siglo XX. Fue la culminación de una serie de grupos poéticos de corta vida animados por jóvenes estudiantes de la Universidad Federico Villarreal, muchos de ellos provincianos y de sectores socioeconómicos emergentes. Sus orígenes públicos se remontan al primer número de la revista Hora Zero (1970) que contenía "Palabras urgentes", manifiesto beligerante que enjuiciaba al proceso y a los actores poéticos del Perú de esa época. Por primera vez, fuera de la Universidad de San Marcos crecía un movimiento poético limeño que se proyectaba a nivel nacional. La primera recepción crítica significativa fue la antología editada por Manuel Velázquez Rojas, El corazón del fuego. Hora Zero (1972), que incluía once poetas y varios documentos del grupo. Entre los antologados, se encontraba Jorge Nájar (Pucallpa, 1946) con tres poemas.

A pesar de algunos esfuerzos y manifiestos posteriores, el proyecto colectivo de Hora Zero está sepultado definitivamente desde hace muchos años, pero queda un puñado de poetas que han proseguido su devenir en el bosque de la poesía, recorriendo sendas individuales y obteniendo hallazgos personales de alto valor. Nájar es uno de ellos, autor de varios poemarios y fino traductor, este año nos entrega Allí donde brota la luz. El libro forma parte de la colección de poesía Los conjurados de Común presencia Editores que se edita en Colombia y reúne en sus sobrios y bellos volúmenes textos literarios en diálogo con la obra gráfica de artistas contemporáneos. El compañero de ruta del poeta es Fernando de Szyslo.

El poemario está dividido en tres secciones denominadas: "Canto Ciego", "Linderos" y "Resurrección". El gran significante del libro es la travesía que se manifiesta en la figura de La Ruta de la Seda, el mítico y milenario viaje que unía Oriente y Occidente, el espacio del cruce de lenguas y religiones. La seda se convierte en metonimia de la lujuria, el placer y el dinero, y paralelamente, el viaje en una reflexión sobre la vida desde un espacio de enunciación más próximo al final que al crepitar de las ilusiones.

El primer cuerpo del poemario está compuesto por un solo poema que formaliza la autoconciencia del hablante lírico sobre los riesgos del viaje a iniciar: "Volar en pos del alivio y solo hallar el grito./ Correr sobre el clamor y caer en el vacío./ Y al final solo humeante ceniza, la residencia de tu voz" (18). Este inevitable peregrinaje implica la combustión del cuerpo y de sus deseos.

La segunda sección compuesta por numerosos poemas breves traza las fronteras horizontales y verticales del viaje, no se trata de un mero desplazamiento, sino de los extravíos que nos conducen por una ascesis invertida a nuestras esencias: "La vida arde allí donde se ama,/ allí donde los ríos que nos merodean/ arrastran remolinos que corren/ atropellando la noche con sus silbidos" (30). El fuego, el ardor de las pasiones es inagotable; por ello, "el alma no descansa ni con el deseo satisfecho" (30).

La última sección está integrada por un conjunto de pequeñas prosas poéticas que como aforismos van señalando el camino de la disolución de las figuras de la persona y su comunión nuevamente con la gran matriz, el paso del devenir al trascender: "Vivir y amar en el desorden , en el caos, en la risa. / Y cuando llegue el hundimiento en el azul, envolver el espacio, romperse y volver a unirse en una voluntad ardiente" (88).

El registro formal de este poemario recuerda al más entrañable Martín Adán, el que puede reflexionar desde y en el reino del lenguaje del fuego intransitivo de la vida. Los poemas de Nájar poseen una simplicidad engañosa que oculta el laborioso trabajo del orfebre. Un ritmo melodioso y modelado por numerosos signos de puntuación conducen al lector por sentidos y sonidos articulados, interrumpidos de vez en cuando por un verso coloquial que estalla como un certero latigazo. Con este poemario, Nájar inicia un nuevo ciclo en su poesía que ya es una de las más importantes de su generación.

Dejando una constelación inigualable de obras maestras en el siglo XX, los poetas de la denominada Generación del 50 empiezan a abandonarnos. Por su parte, los jóvenes iracundos del otrora Movimiento Hora Zero y sus coetáneos empiezan a ocupar con diversidad y talento el centro de nuestra escena poética. Paradójicamente, la muerte de José Watanabe no simboliza el declive, sino que marca el inicio de la hegemonía de sus contemporáneos en la poesía nacional.

[Marcel Velázquez Castro]