Por Renzo Valencia Castillo
En la desmesurada proliferación de imágenes que la actualidad impone, se observa que una entidad -de difusos contornos, pero de gran influencia e impacto social- asume la misión de proponer un orden de significaciones prevalecientes. Nos referimos a un espacio institucionalizado, plenamente reconocido por todos: el museo, ámbito abocado a la memoria, preservación y difusión de significativos vestigios e imágenes a través del tiempo.
La relevancia de la institución museística se comprueba en la multiplicidad de sus funciones: salvaguarda de la memoria colectiva, esfera de afianzamiento de valores culturales, útil herramienta en el proceso educativo, plataforma para refuerzos ideológicos, fuente y reserva de conocimiento y, por extensión, de poder. En las sociedades prósperamente consolidadas se puede verificar la articulación eficaz de todas estas funciones, que promueven la exhibición enfática y sostenida de sus mayores bienes patrimoniales.
Convendría precisar que el auge de los museos en el mundo contemporáneo es producto de una configuración sociocultural arraigada en el devenir histórico de Occidente. La palabra museo proviene del griego 'museión' (lugar de las musas); asimismo, es conocida su filiación con las colecciones renacentistas y los denominados "gabinetes de curiosidades". Dichos lugares en realidad cuentan solo como referentes pretéritos del espacio museístico actual, al que entendemos como un recinto de libre acceso al público, destinado a la exposición metódica y didáctica de colecciones constituidas según específico ordenamiento. Este punto de inflexión en el que se origina el museo moderno guarda nexos con las orientaciones ideológicas y programáticas del iluminismo dieciochesco europeo. Tanto los presupuestos conceptuales como el correlato político del proyecto ilustrado burgués -valores igualitarios, racionalismo, perspectivas universalistas-, determinantes del actual proceso de modernidad, están en la base misma de la institución museística.
Como fenómeno cultural de larga data, el museo detenta sus propios signos evolutivos. Para citar un ejemplo reciente, observamos cómo en la Primera Cumbre Hemisférica de los Museos de las Américas (San José de Costa Rica, 1998) se dieron acuerdos orientados a establecer mejoras viables en el marco concreto de las realidades latinoamericanas. En uno de esos acuerdos destaca la siguiente afirmación: "Debido a su diversidad y ámbito enciclopédico, que cubre las disciplinas del arte, la ciencia, la historia, y el ambiente natural y construido, los museos califican como mediadores ideales y animadores de la herencia cultural y el desarrollo sostenible". Este aserto, a la vez que permite comprender mejor la relación entre los museos y su heterogénea participación en la vida cultural de los pueblos, revela el interés que hoy tiene la institución museística por contribuir organizada y positivamente con aquellas comunidades que requieren potenciar sus niveles de desarrollo.
Consecuencia de los nuevos planteamientos, hay una extensión de exigencias y objetivos. De ahí una cada vez mayor disposición hacia el concurso de diversos conocimientos y especialidades; así lo consigna al menos el saber privativo del museo: la Museología. Dicha disciplina centra su estudio en la actividad inherente a los museos, el rol social que desempeñan y su optimización en términos de gestión. Ya que se alude a especificidades de la práctica, ha de señalarse entonces una fase fundamental en la concreción de todo proyecto museístico, la instancia museográfíca. Ésta se encarga de disponer condiciones y modalidades encaminadas a contextualizar los objetos dentro un espacio integrado, adecuando procedimientos para presentar lo exhibido de manera sugerente. Para tal propósito la práctica museográfica cuenta con una cadena de profesionales (arquitectos, especialistas en iluminación, diseñadores gráficos, artistas plásticos, etc.) dispuestos a interactuar creativamente a través de sus respectivas competencias.
A las operaciones identificables con la labor museística se han añadido los aportes de la tecnología reciente, así como la asimilación de inéditas formas en áreas de comunicación y difusión. No obstante, promover e incorporar elementos poco ortodoxos o innovadores no siempre ha generado entusiasmo en todos los involucrados con el quehacer museístico.
Nuestra propia trayectoria museística podría graficar aquel aspecto de reticencias y límites a las transformaciones. En los albores del Perú republicano la regulación de los incipientes museos constaba ya como imperiosa; así lo acredita la elaboración, en 1841, del primer Reglamento orgánico del Museo de Historia Natural. Su noveno punto estipula que está "prohibido llevar niños al museo", una figura normativa que actualmente juzgaríamos como obsoleta y opuesta a la función educadora que hoy los museos consagran. En todo caso, debilidades y desaciertos mayores se encuentran, más bien, cerca de nosotros. Sobra decir que éstos se originan en la escasa importancia que nuestros dirigentes le otorgan a la prédica museística, en la inoperancia de la conducción estatal a la hora de materializar una política cultural eficiente. Una sola odiosa comparación al respecto: el Museo Nacional de Antropología de México. En cuanto a patrimonio y derrotero histórico se refiere, la nación mexicana ostenta perfiles similares a los del Perú, que atesora parte sustantiva de sus bienes patrimoniales en un ex-local bancario, fortuitamente cedido por el Estado hace dos décadas. ¿A qué será atribuible esto? ¿Veremos algún día un museo peruano de real magnitud, diseñado según sus propias peculiaridades?
En Europa occidental, lugar de origen de los museos, las dificultades y riesgos son de muy distinta índole. En cierta medida, Theodor Adorno logró entreverlos al advertir más de una similitud entre los términos 'museo' y 'mausoleo' -sobre todo a lo que este último se refiere, como depositario de aquello que ya no está vivo-. Desde una distinta orientación, Gilles Lipovetsky también se ha referido al fenómeno museístico. En Los tiempos hipermodernos reexamina los distintivos signos de la sociedad postmoderna, y en particular la creciente y descontrolada tendencia 'museificable' ("la nueva valoración del pasado se caracteriza por la hipertrofia, la saturación, la ampliación infinita de las fronteras del patrimonio y de la memoria"). A dicha lectura se puede vincular lo previsto por Nietzsche en la segunda de sus Consideraciones intempestivas, aquella de sugestivo título: "Sobre la ventaja y la desventaja de la historia para la vida". Allí se distinguen tres modos de asumir la ineludible historicidad del sujeto: la historia monumental -cristalizada en la audacia de los proyectos que desde la historia se emprendan-, la historia crítica -que repercute en los procesos del pasado siempre bajo el tamiz de lo presente- y la historia anticuaria -el anquilosamiento y estática admiración por las tradiciones del pasado-.
La inserción del museo en comunidades con niveles de desarrollo todavía precarios, la supervivencia de la institución museística en sus parámetros actuales, o el gran interés que propician los museos (y su posible conversión en mera oferta turística), son temas a analizar que exceden los límites de esta síntesis.