El buen pastor

Los espías opacos

Por Ricardo Bedoya

El buen Pastor está dirigida por Robert de Niro, ese actor tenso, concentrado, interior, crispado, perfeccionista. Su segunda película -la anterior se llamó A Bronx Tale (1993)- es, sin embargo, dilatada, suelta y errática por momentos, excesiva en sus explicaciones, planteada como una parábola de acentos solemnes, ajena a cualquier exabrupto o explosión emocional. El actor Robert de Niro es el anverso convulsivo del director Robert de Niro, incapaz de permitirse un gesto de histeria o de desborde.

A El buen pastor le ocurre lo mismo que a María Antonieta, de Sofia Coppola: es irregular, pero atractiva; con altibajos, pero siempre bajo control; es superior, de lejos, al promedio del cine norteamericano actual, ya que tiene un punto de vista claro, tratamiento definido y un sentido del relato y del estilo, y eso no es frecuente en estos días.

El buen pastor narra la historia del nacimiento de la CIA y, de paso, ya que es una cinta de enormes ambiciones, da cuenta de ese período de la historia del siglo XX que va del inicio de la Segunda Guerra Mundial hasta el incidente de la Guerra Fría que estalló en Bahía de Cochinos, en Cuba. Más de dos décadas que pasan por delante de un personaje, Edward Wilson (Matt Damon), el joven de la clase alta norteamericana impulsado, casi por un destino trágico, a ser organizador y testigo de tramas ocultas, administrador de secretos, patriota más allá de su voluntad, encarnación de los designios ocultos de la maquinaria política internacional, sujeto y objeto de todas las traiciones e infidencias: espía.

Una actuación mineral

Robert de Niro apuesta todo a la capacidad de Matt Damon como presencia central de su película. Algunos dicen que se equivocó y que el papel excede las posibilidades y recursos del actor de Los infiltrados. No estamos de acuerdo. Damon hace una de esas actuaciones que se suele calificar de inexpresiva y monótona, pero que es, sobre todo, ajustada y fría, casi mineral, concebida para hacer lo menos posible y con el mayor provecho expresivo ante una cámara cercana, casi sofocante en su proximidad. El personaje de Wilson se convierte en una presencia y en un concepto.

Es el joven WASP (White Anglo-Saxon Protestant), de infancia traumática, que trata de superar su sino de fin de estirpe involucrándose en esas sociedades secretas clasistas y excluyentes que son el fermento del pensamiento más conservador en los Estados Unidos. Su destino está marcado por el signo de la exclusión social (las consecuencias de la conducta de su padre) y el impulso de incluirse a toda costa, de convertirse en pieza, palanca, motor de aquello que hace andar al sistema. Wilson purga las culpas familiares del pasado ofreciéndose como cordero del sacrificio, listo para ser inmolado por los sacerdotes más siniestros del teje y maneje de los servicios secretos.

Matt Damon es el hombre que nunca estuvo pero que, paradójicamente, siempre está allí. Es el espía invisible, el marido ausente, el padre desconocido, el funcionario discreto; pero también es el arquetipo del servidor leal aunque no siempre eficiente y del asesino por procuración: no se mancha las manos, no se arrepiente, no lamenta nada. Estólido frente al dolor, ni el cuerpo ni el gesto de Damon cambian o se alteran; son tan fijos como su peinado y su vestido. El paso de los años tampoco lo transforma. Apenas unas canas dan cuenta de las dos décadas en las que transcurre su historia. Y eso no es un defecto de caracterización ni una carencia en el desempeño del actor. El personaje es inmutable, robótico, programado.

Comunidad de espías

El tono es sombrío, la ambientación es perfecta, el punto de vista sobre el asunto es desengañado: la CIA organiza catástrofes, sacrifica a sus hombres, les hace perder dedos, se deja timar e infiltrar sin importar cuán dura sea la tortura aplicada a los sospechosos enemigos de América. Los espías trabajan por la patria y contra ellos mismos y disfrazan su torpeza real con ridícula solemnidad y códigos ceremoniales de reconocimiento. Una comunidad de espías que resulta tan cerrada, rígida y sectaria como el clan Corleone. Sólo que los gangsters son más eficientes que los espías, aunque éstos sean la encarnación del mal ordinario y banal.

 

En El buen pastor sólo se mueven las pequeñas historias de fracaso y traición. Una amante infiltrada; una dictadura centroamericana populista molestada por una plaga de langostas; unos agentes soviéticos que alegan ser una y la misma persona; el fracaso de la invasión a Bahía de Cochinos, con la que arranca la acción y a la que se vuelve para encontrar una clave del misterio del filme y de la derrota moral del personaje. Son historias secundarias que se suceden y se multiplican. Algunas son más tensas y logradas que otras, pero su discurrir nunca impone una línea que sostenga la consistencia de la película hasta el fin. Lo único constante es el notable nivel de las actuaciones. Destacan Michael Gambon y William Hurt.

Hay un costado demostrativo y almidonado que perjudica a la película; cierta rigidez en la demostración y en las correspondencias casi geométricas entre causas y efectos: las relaciones entre padres e hijos; las sanciones y castigos morales sobre estos y aquellos; los retratos paralelos entre las mujeres: la que traiciona y la que mantiene la fidelidad.

El buen pastor es una película de espías desprovista de suspenso -que es un efecto eventual, acotado- y tratada como un drama íntimo, de consecuencias funestas. Esa singularidad la destaca.