Francisco Lombardi incursiona en el teatro

Cita a ciegas

Una mirada al reciente montaje de Cita a ciegas, obra del dramaturgo argentino Mario Diament, bajo la dirección de Francisco Lombardi.

Por María Amelia Fort de Cooper

Se apaga la luz de la sala y se abre el telón. Aparecen tres árboles que representan un parque iluminado tenuemente, lo que facilita la ambientación de un clima, posiblemente otoñal, creado por la fuerza de la situación dramática con la que Diament ha dotado a su obra y que el director interpreta creativamente.

En este parque solo hay dos bancas. En una de ellas, sentado, se encuentra un solitario ciego vestido con terno y corbata y apoyado en un bastón. El actor Carlos Gassols aparece aquí interpretando al ciego; no a cualquier ciego sino a "este" ciego. Parece que Mario Diament se inspiró en Borges y, sin decirlo, lo evoca. A ello se debe, acaso, que Gassols construya un personaje que se distancia del prototipo del ciego esquemático, e interpreta a uno singular, individual, lejos del muñeco animado o la marioneta; incluso es expresivo dentro de las limitaciones de su ceguera y de su única posición en un sólo espacio.

A la otra banca, en el parque, llega muy pronto el segundo personaje (interpretado convincentemente por Gustavo Bueno), quien entra en diálogo con el ciego y le cuenta que es un banquero de 50 años no bien vividos. Ambos conversan y el ciego, que es un escritor conocido, lo que marca más la evocación a Borges, le confiesa al banquero que él ve más allá de sus ojos; también le habla del azar y de la casualidad y, finalmente, le revela el encuentro, muchos años atrás en el Metro de París, con una mujer con la que experimentó para siempre el amor a ciegas.

En la segunda escena aparece el tercer personaje, una joven escultora (rol interpretado por Wendy Vásquez) que también entabla conversación con el ciego-escritor -a quien conoce de oídas- y le expone su atormentada vida personal. El ciego escucha a la joven con sabiduría y le advierte que algunas de sus actitudes podrían ser peligrosas.

Habiendo ya conocido a dos personajes llenos de problemas, no es de extrañar que en la tercera escena, surja la psicóloga con su paciente, ya no en el parque, sino en un consultorio. Las dos nuevas actrices son Elsa Olivero, en el papel de la psicóloga y Ana María Jordán en el de la paciente. Ambas están estupendas en sus respectivos roles: la primera, en sus movimientos tan característicos en una terapeuta; la segunda, en la economía de los gestos que, sin embargo, son intensos y reveladores.

En cuanto al ritmo de la pieza, esta escena es la mejor. El diálogo es como un contrapunto en el que las palabras adquieren el valor de notas musicales y, entre estas, se da la revelación de la tercera sorpresa. Y seguirán llegando otras acompañadas de su emoción y una especie de suspenso que es otro elemento básico para que la atención del espectador no decaiga. En la escena número cuatro que, sin ser mala es, a mi gusto, la más previsible, su problema no se corrige ni con la gritería ni con las palabras toscas, pero a pesar de todo la escena logra mantenerse.

Finalmente, llegamos a la quinta y última escena, donde nos encontramos con dos revelaciones, una de carácter doloroso y otra más bien redentora, lo que nos habla de un equilibrio: no se llega al melodrama porque la emoción está muy bien dosificada.

Mención aparte merece la labor del director, Francisco Lombardi. Ha sabido escoger un excelente elenco y lo ha sabido dirigir. A los actores los ha guiado de manera que aparezcan sus mejores potencialidades, esa es siempre la labor de un buen director, el único público verdadero que tienen los actores hasta el momento del estreno.

En lo que respecta al uso de la situación dramática que le ofrece la pieza de Mario Diament -con las asombrosas coincidencias que van tejiendo toda la trama de una interesante y, a pesar de todo, atractiva historia- es notorio que el director la ha aprovechado con gran destreza.

Es cierto, sin embargo, que esta situación dramática se sitúa dentro de una obra que no es compleja, por lo tanto el montaje no requiere de una gran elaboración. Lombardi no ha pretendido desvirtuar esto, apelando a efectos especiales, saltos, correrías u otros elementos ajenos a la situación dramática, limitándose a aquilatar y respetar los elementos de la historia.

El resultado es una emocionante pieza que es también un logro teatral, en la medida en que se consigue una conjunción entre el autor y el director y entre este último y sus actores.