Jamel es francés de origen árabe. Es el último en subirse al Thalys rumbo a Bruselas. Jadeante, se instala en su asiento, la frente empañada de sudor, la mirada llena de odio. Jamel tiene su pasaje, pero le faltaba el 'look' y le sobraba el color. Minutos antes había sido el único pasajero registrado: "Deje su equipaje en el suelo, y póngase contra el muro, con las piernas abiertas y las manos en alto", le ordenaron.
"Me palparon hasta el alma", cuenta, "sin ninguna delicadeza, ni consideración, ¿por qué?", pregunta a los que lo rodean. Uno de ellos simpatiza con él y responde: "Es siempre lo mismo, escogen a sus víctimas por el color, este es un país racista, nadie se atreve a decirlo en alto, pero es verdad, y será nuestra maldición si no cambiamos".
El vagón entero se pone a hablar. Algunos pasajeros se expresan en voz alta, otros cuchichean y apenas se atreven a justificar a los guardias: "Es por nuestra propia seguridad", dice una señora.
Las puertas se cierran y el tren sale como una seda del andén de la Gare du Nord. Mientras alcanza su velocidad de crucero, 320 kilómetros por hora, Jamel mira absorto por la ventana y sentencia: "Ahora entiendo a esos vándalos que lo queman y destruyen todo".