Con razón y con pesar

Hora de decisiones firmes

La situación grave del Congreso ha vuelto a supurar con este asunto de los 'asesores' incapaces para semejante función

Por Rossana Echeandía
Editora

Así como las personas suelen reflejar su interior en la forma como se relacionan con los demás, en la forma en la que hablan y hasta cómo se mueven, lo mismo pasa con las instituciones que, al fin y al cabo, no son nada en sí mismas sino en función de las personas que las forman. Es posible engañar con modales fingidos, palabras ajenas y disfraces elegantes durante algún tiempo, pero tarde o temprano el verdadero yo sale a flote.

En el Congreso, sin embargo, ni los disfraces más sofisticados logran, a estas alturas, engañar a nadie. Hace tiempo sabemos que allí las cosas no andan bien: ¿Habrá que cambiar reglamentos? ¿Revisar procesos? ¿Pagar más? ¿Pagar menos? Todo eso se ha ensayado, pero nada, la decadencia sigue galopando desbocada sin que se atisbe siquiera cómo detenerla y transformarla. Y lo que se ve no es producto del fastidio con que lo miramos, es lo que refleja debido a las personas que lo forman. Obviamente, no a todas, tal vez ni siquiera a la mayoría, pero esas pocas son tan llamativas en su mediocridad que atraen todas las luces sobre sí y ocultan con sus escándalos las buenas cosas que también se producen en el Congreso.

Peor aun, ciertos congresistas se quejan de que hay una campaña en su contra para desprestigiar a ese poder del Estado o a su bancada parlamentaria. Esa reacción no hace otra cosa que demostrar hasta dónde llega el ensimismamiento que los hace incapaces de verse como son, sobre todo en algo tan evidente. Es probable que el disfraz elegante sí haya engañado a algunos, pero solo a ellos mismos. Pobrecitos, enfermos que se niegan a ver su mal y, en consecuencia, se niegan a la posibilidad de sanar. Defenderse diciendo que las denuncias en contra de congresistas sinvergüenzas de su partido son parte de un complot, debería poner colorado a quien lo dice.

Es cierto que aquellos elegidos por los pueblos del Perú en las elecciones generales no tienen que ser expertos en todo, ni siquiera haber pasado por una universidad. Para eso, precisamente, están los asesores, ellos sí tienen que ser técnicos o profesionales expertos, tal como tan bien lo dijo Enrique Bernales en la entrevista con Mariella Balbi que publicamos el lunes.

La situación grave del Congreso ha vuelto a supurar con este asunto de los 'asesores' incapaces para semejante función, o amantes colocadas allí por machos valentones que después lamentan el dolor causado a su familia... etc., etc., o parientes desocupados que consiguen una platita para pasar el mes sin trabajar. ¿Qué podemos esperar de semejantes congresistas? ¿Acaso podemos ser tan necios de pretender que de estos salga algún proyecto realmente útil? No, pero permítannos ser un poco optimistas para esperar que el resto de congresistas, aquellos que sí son capaces de ver dónde está el problema de la institución de la cual son parte vital, reaccionen con firmeza y con rapidez. Las enfermedades tienen etapas, si no se curan al principio, probablemente lleguen al punto en que lo único que le salve la vida al paciente sea una amputación.