"Nos encontrábamos, de pronto, en un hospital regional que nos gritaba a la cara "esto es el Perú". En una camilla sollozaba una mujer"
Por Abelardo Sánchez León
Quien haya leído a Paul Auster sabe que la línea que separa la vida de la muerte es sumamente delgada. Cerca del Club Social Ica, camino a Huacachina, está el hospital regional, lugar al que llegó de emergencia después de haber sufrido una crisis inesperada.
No era capaz de controlar sus músculos y se encontraba sumergido en una especie de demencia atroz. Ingresó tal como había salido al despuntar el amanecer, en calzoncillos, cubierto por un polo encontrado al azar. La zona de emergencia estaba atiborrada de gente y él estaba sentado en una salita desvaída, en una silla de ruedas, demacrado. Preguntábamos por el doctor. "¡ El doctor, el doctor, dónde está el doctor!". Una de las preocupaciones del hospital regional era que se cancelaran las recetas. Debían hacer un análisis previo para poder medicarlo correctamente. "¡El doctor!", gritábamos. De pronto, la voz del enfermero nos dijo que el doctor era aquella mujer que teníamos al lado. Se trataba de una mujer joven, delgada, menuda, vestida de uniforme verde.
Nos encontrábamos, de pronto, en un hospital regional que nos gritaba a la cara "esto es el Perú". En una camilla sollozaba una mujer. La doctora nos dijo que nos tranquilizáramos, la situación era grave, pero ha podido ser trágica. ¡Qué lejos se encontraba el Club Social Ica! y, sin embargo, estaba a unos cuantos pasos. Desde el club se distinguían las empinadas dunas. El sol brillaba como una espada. La piscina, limpia, recibía los cuerpos brillantes de los nadadores. En sus inmediaciones la vida se regodeaba en el olor de la hierba.
Al salir del hospital tratamos de aspirar el aire puro. Nos temblaban las manos, las piernas, nos retumbaba el corazón. La muerte se había paseado por su rostro y gracias a Dios que no se detuvo en la dureza de sus pómulos. Siguió de largo hasta perderse lentamente en el desierto. Él nos miró, nos abrazó e intentó caminar por sus propios medios; deseaba estar cerca de la piscina. Mi amor por las piscinas me pone nervioso. Pero esta vez me lancé a sus aguas, sumergí la cabeza, me deslicé en su nombre y una eventual victoria era poca cosa frente al hecho simple y hermoso de que estuviera en aquella brisa tan tenue que apenas mueve las hojas en Ica.
Al salir del hospital regional firmé: "salida voluntaria". Le pregunté su nombre a la doctora. Y con toda la belleza de su rostro sin maquillar, esta profesional valiente, eficiente y generosa ante la pobreza y el dolor del Perú, me dijo que se llamaba Vanessa. La doctora Vanessa, nuestro ángel de la guarda.