Como el ajedrez es un juego que se basa en la inteligencia, el que pierde tiene la sensación de que el ganador es más inteligente que él
Por Francisco Miró Quesada Cantuarias
Filósofo
El ajedrez es un juego cuyo origen es lejanísimo. Según la tradición, fue inventado por los indios. De los indios lo aprendieron los árabes y de estos pasó a España, cuando la invadieron los musulmanes y permanecieron 700 años en ella. De este país pasó a Francia y desde el Viejo Continente se propagó al mundo entero. Es absurdo que en los diarios se le considere como deporte. Un integrante del deporte es el fuerte gasto de energía física, pero en el ajedrez solo funcionan el cerebro y la memoria, pues los jugadores no hacen ningún esfuerzo muscular.
Todos los juegos se basan en dos cosas: la habilidad y el azar. Un campeón puede ser derrotado por un principiante si a este le han tocado cartas buenísimas y el primero ha tenido una pésima mano.
El ajedrez no tiene nada que ver con el azar, salvo que el contendiente sea tan malo que cualquiera pueda derrotarlo. El rey de los juegos es pura inteligencia y buena memoria. Se basa únicamente en la lógica y en la capacidad de recordar. Un campeón verdadero, es decir de categoría mundial, no debe olvidar los movimientos que ha hecho, cuál fue su error al mover una pieza ni los movimientos que ha hecho el adversario. Además, puede derrotar a los mejores jugadores cuando no están a su misma altura. Como todo lo que se basa en la lógica, en que partiendo de las premisas se llega, necesariamente, a la conclusión, el avance del campeón es implacable. Por más que se concentre el contrincante, será derrotado en unas pocas jugadas. Si es muy buen jugador, podrá luchar un buen tiempo, pero a la larga perderá.
Como el ajedrez es un juego basado en la inteligencia, quien pierde tiene la sensación de que el ganador es más inteligente que él. Y si es vanidoso, se sentirá sumamente incómodo pues, por lo general, se cree muy inteligente. Sin remedio, el vanidoso se picará. En cambio, si es modesto (relativamente, pues nadie lo es de manera absoluta) perderá tranquilamente, sin sentir que es mentalmente inferior a su oponente y encantado de haber visto buenas jugadas. Al final de la partida le pedirá consejos para mejorar su juego.
Hablando de vanidad, conocí a una persona que, un día, le ganó la partida a un estupendo jugador. Probablemente de casualidad hizo alguna movida extraordinaria y eso le permitió ganar. Y cuando este le pidió revancha se negó contundentemente. Era tan vanidoso, que no podía soportar la idea de que alguien lo derrotara.
Sin embargo, para consuelo de los vanidosos, los grandes ajedrecistas, fuera de que pueden vencer a casi todo el mundo, no han hecho nada interesante desde el punto de vista mental. En cambio los 'maletas' son a veces grandes poetas, importantes novelistas, magníficos pensadores o extraordinarios artistas.
Si son vanidosos, como es ine-vitable entre los seres humanos, pues, fuera del propio Jesucristo o de San Francisco de Asís, ¿quién no es vanidoso? El que diga que no, que tire la primera piedra.
Por último, para consuelo de los tontos, la mejor crítica que se ha hecho al ajedrez ha sido la de Leibniz, uno de los más grandes filósofos de la historia humana: "El ajedrez es demasiado serio para tomarlo en juego y demasiado juego para tomarlo en serio".